Capítulo 10: «Día de Reyes»
El lunes 5 de enero fui a la oficina de la licenciada Zertuche a las ocho de la mañana. Ella ya estaba ahí.
—Los juzgados familiares están de vacaciones hasta el jueves 8 —me dijo, antes de que me sentara—. Hay un juzgado de guardia, pero sólo para urgencias. Un papá que tiene a su hijo en casa de la abuela, en la misma ciudad, bien comido y jugando Play, para ellos no es urgencia.
—¿Y la policía?
—Tampoco. Él es su papá. No hay ninguna orden todavía que diga con quién vive el niño.
—Entonces me lo puede tener ahí hasta el jueves.
—Hasta el jueves. Y el jueves él va a llegar al juzgado con su contrato falso, su denuncia y la publicación de esa mujer, diciendo que usted es una ladrona que espía. Lo vamos a desmontar. Pero eso lleva semanas.
—¿Semanas sin mi hijo?
Ella no me contestó. No hacía falta.
Ese lunes fue el día más largo de mi vida.
Las mamás del salón dejaron de contestarme en el chat. Una vecina me volteó la cara en la tienda. El padre de la parroquia de doña Amada me mandó un mensaje “para platicar cuando gustes, hija”.
En la noche, a las 10:40, me sonó un número desconocido.
Era Patricio. Desde el teléfono de la casa de su abuela, a escondidas.
—Mami —dijo, llorando bajito—. ¿Ya no me quieres?
—Claro que te quiero, mi amor. Más que a nada.
—Papá dice que si firmas un papel, yo me regreso. Que tú no quieres firmar porque quieres más el local que a mí.
Me tuve que agarrar de la mesa.
—Eso no es cierto, Pato. Escúchame…
Se oyó una voz de fondo. La línea se cortó.
A las 11:05 me llegó un mensaje de Gustavo.
“Mañana es Día de Reyes. Ven a la rosca a casa de mi mamá a las 6. Va a estar toda la familia y va a venir Pris, mi mamá la invitó para presentarla. Bribiesca lleva un convenio: reconoces que el local es de la sociedad y se lo devuelves. Firmas, retiro la denuncia y te llevas al niño esa misma noche. Si no, nos vemos en el juzgado. Y el niño entra a su escuela nueva el 2 de febrero.”
Me quedé viendo la pantalla.
Esa noche no dormí. Saqué la copia del contrato de mutuo que Bribiesca había dejado “para que lo revise con su abogada”, y la puse bajo la lámpara del comedor.
La leí como leía los contratos en el despacho. Despacio. Palabra por palabra. Buscando no lo que decía, sino lo que no podía decir.
La primera vez lo leí enojada, y sólo vi mi firma falsa. La segunda vez lo leí con miedo, y sólo vi la cifra: dos millones seiscientos mil pesos.
Me paré. Me lavé la cara con agua fría. Me serví un café de la olla que había quedado de la tarde.
Y me senté a leerlo como si no fuera mío. Como si fuera el expediente de un cliente del despacho.
A la tercera lectura, a las 2:17 de la mañana, lo encontré.
Dos palabras. Y un cargo.
Me levanté. Abrí la carpeta azul. Saqué un documento que yo misma había llevado a la notaría hacía seis años y medio.
Lo puse junto al contrato.
Luego abrí la verde y busqué, entre la escritura y los recibos, una tarjetita de la Virgen de San Juan.
Ahí estaba.
Y luego hice algo que no había hecho en todo este tiempo. Fui yo la que escribió primero.
A Gustavo:
“Está bien. Firmo. Pero quiero que esté ella. Quiero que me lo diga en la cara.”
Me contestó en un minuto. “Ahí va a estar. No llegues tarde.”
Después busqué otro número. El del ingeniero Benigno Osuna, en Tepic.
Contestó a la primera, con voz de dormido.
—Ingeniero. Usted me dijo que si algún día sabía dónde iba a estar ella, le avisara.
Silencio. Luego, completamente despierto:
—¿Dónde?
—Mañana. A las seis de la tarde. En una rosca de Reyes. Colonia Jardines del Sol, Guadalajara. Le mando la dirección.
—Le aviso al Ministerio Público ahorita mismo. —Respiró hondo—. Y señora… voy a ir. Con mi hija. Ella tiene algo que decirle a esa mujer.
Colgué.
Le mandé un último mensaje a Gustavo antes de apagar la luz.
“Ahí estaré. Con mi pluma.”
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