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Mi esposo se llevó a nuestro hijo a Vallarta en Año Nuevo y me mandó una foto con su exnovia: “¿Me vas a pedir que me regrese antes? 😏”. No le contesté ni un emoji. Esa noche saqué seis carpetas de colores y me quité el anillo. Él creía que yo nomás hacía cuentas. Cuando regresó, aventó la sexta carpeta contra la pared… sin saber que adentro estaba la verdad sobre la mujer de la foto.

Capítulo 4: «Papeles del SAT»

“05/SEP. Transferencia SPEI. 95,000.00. Concepto: Asesoría inmobiliaria. Beneficiario: Marea Desarrollos Costeros, S.A. de C.V.”

Lo leí tres veces.

Muebles Lárraga no había contratado ninguna asesoría inmobiliaria. No estaba comprando ni vendiendo ningún inmueble.

Y el único inmueble que usaba la mueblería era mi local.

No le dije nada a Gustavo.

Hice lo que hacía en el despacho cuando encontraba algo raro. Abrí una carpeta nueva, amarilla, y metí el aviso impreso.

El 3 de octubre llegó otro aviso igual. Noventa y cinco mil. Mismo concepto. Mismo beneficiario.

El 4 de noviembre, otro.

Y el 2 de diciembre, el cuarto.

Trescientos ochenta mil pesos en total.

De una mueblería que es mitad de doña Amada.

Pero entre el segundo aviso y el tercero pasó otra cosa.

Fue un viernes de octubre. El 17. Gustavo llegó temprano de la tienda, cosa rara. Traía flores de las que venden en el semáforo de López Mateos y un fólder bajo el brazo.

Me dio un beso. Me preguntó por Patricio. Me ofreció un café.

Once años de casada te enseñan a leer esas cosas.

—Flaca, fírmame aquí, ¿sí? Son unos papeles del SAT. Lo de la declaración anual de la sociedad. Ya sabes que como tú llevas los libros, el contador quiere tu firma.

Me puso el fólder abierto en la última hoja. Donde había una raya y mi nombre abajo.

Agarré la pluma.

Y luego hice lo que hago con todo papel que me ponen enfrente.

Regresé a la primera hoja. Y lo leí.

No era del SAT.

No tenía nada que ver con ninguna declaración.

Era un borrador de poder notarial. Poder especial para actos de dominio. Otorgado por Xóchitl Ruvalcaba Íñiguez a favor de Gustavo Lárraga Orozco. Sobre el inmueble ubicado en la calle Independencia, en Tlaquepaque, Jalisco.

Un poder para que mi esposo pudiera vender mi local sin mí.

Levanté la vista.

—Gustavo, esto no es del SAT.

Él se puso rojo. Luego blanco.

Me arrebató el fólder de las manos.

—Ay, ya vas a empezar. Es un trámite, Xóchitl. Para lo del crédito de la tienda. Tú de esto no sabes nada.

—Sé leer.

—Tú nomás haces cuentas. —Lo dijo fuerte, casi gritando—. Para lo demás estoy yo.

Agarró las llaves y se fue. No regresó hasta las dos de la mañana.

Esa noche no dormí. Patricio se despertó a las doce pidiendo agua y lo encontré parado en el pasillo, viéndome con los ojos hinchados de sueño.

Me senté en la sala con las carpetas abiertas. La amarilla, con las transferencias. La verde, con la escritura del local, que no había abierto en años.

Y por primera vez me hice la pregunta que llevaba meses evitando.

¿Para qué quería mi esposo vender un local que no era suyo… y mandarle dinero a una empresa de la costa?

El lunes siguiente busqué en mi celular un número que no marcaba desde hacía años. La licenciada Inés Zertuche. Abogada familiar. Su despacho había sido cliente de Garibay y Asociados. La había visto exactamente dos veces en mi vida.

Me recibió en su oficina de la avenida Chapultepec, entre libros y macetas.

Le enseñé las transferencias. Le conté lo del poder.

Me escuchó sin interrumpir, con los lentes en la punta de la nariz.

Al final se quitó los lentes y me dijo:

—¿Cuál es su régimen matrimonial?

—Separación de bienes.

—¿Y el local está a su nombre?

—Desde 2016. Lo pagué con la herencia de mi abuelo.

Ella asintió, despacio.

—Entonces su esposo no puede venderlo sin usted. Por eso necesita el poder. Y como usted no lo firmó, va a buscar otra forma de que lo firme.

—¿Qué forma?

—Eso no lo sé todavía. —Me miró fijo—. Señora Ruvalcaba, le voy a pedir algo difícil. No le reclame. No grite. No le revise el celular. Siga haciendo lo que hace siempre. Y junte todo.

—¿Y luego?

—Luego espere. Los hombres que esconden algo siempre acaban enseñando lo que quieren. Sólo hay que estar ahí cuando lo enseñen.

Salí a la calle con el corazón golpeándome.

Esperar.

Yo, que llevaba once años esperando a que alguien en esa familia me viera.

No sabía que la respuesta iba a llegar en menos de un mes.

En la pantalla de un iPad lleno de calcomanías de futbol.

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