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Mi esposo se llevó a nuestro hijo a Vallarta en Año Nuevo y me mandó una foto con su exnovia: “¿Me vas a pedir que me regrese antes? 😏”. No le contesté ni un emoji. Esa noche saqué seis carpetas de colores y me quité el anillo. Él creía que yo nomás hacía cuentas. Cuando regresó, aventó la sexta carpeta contra la pared… sin saber que adentro estaba la verdad sobre la mujer de la foto.

Capítulo 5: «Pris»

En la casa tenemos un iPad viejo. Lo usa Patricio para sus tareas y para ver videos de goles de las Chivas.

Hace años, Gustavo le puso su propia cuenta, para descargarle los juegos sin usar mi tarjeta.

Nunca se acordó de que, con esa cuenta, a ese iPad también le llegaban sus mensajes.

El viernes 14 de noviembre, a las nueve de la noche, Patricio me lo trajo a la cocina, enojado.

—Mami, le sale a cada rato una señora que se llama “Pris”. No me deja ver mi video.

Arriba de la pantalla, encima de un gol de las Chivas, había una notificación.

“Pris: ¿Ya le dijiste lo de Año Nuevo? 🌊”

Le quité el iPad con mucho cuidado. Le cambié el video. Le di un vaso de leche con Choco Milk. Le leí dos páginas de Harry Potter.

Y cuando se durmió, me senté en la sala con el iPad en las piernas.

Leí durante dos horas.

No voy a contar todo. Hay cosas que una no tiene por qué repetir.

Pero hubo mensajes que copié a mano en una libreta, con fecha y hora, igual que hacía en el despacho. Y a cada pantalla le saqué foto con mi celular.

Priscila, 18 de octubre, 9:40 am: “¿Y? ¿Ya firmó?”

Gustavo: “No quiso. Lo leyó.”

Priscila: “Te dije que no se lo dieras en la casa. Esa mujer lee todo.”

Priscila: “No importa, amor. El local es bien mancomunado. Once años de casados. Si se divorcian, la mitad es tuya. Nada más hay que apurarla.”

Gustavo: “¿Cómo?”

Priscila: “Con el niño. Ella vive por ese niño. Si se pone difícil, el niño es tu carta.”

Gustavo: “No sé, Pris.”

Priscila: “La provocas hasta que explote. Que grite, que te insulte, que maneje como loca, enfrente del niño. Tú la grabas. Con eso cualquier juez te da la custodia. Y ya con el niño contigo, ella firma lo que sea para verlo.”

Gustavo: “Xóchitl no grita. Nunca grita.”

Priscila: “Todas gritan. Año Nuevo. Te traes al niño a Vallarta, solo ustedes dos. Yo llego al hotel. Les tomo una foto a los tres en el lobby y se la mandas a las siete, cuando esté sola cocinando. Ninguna mujer aguanta eso.”

Priscila: “Y le dices al niño que si su mamá se enoja por teléfono, te avise rápido. Que es un juego.”

Gustavo: “Va.”

Más abajo había otros mensajes. Fotos de un folleto. “Torre Marea, Bucerías. Departamentos con vista al mar. Preventa. Entrega 2027.” Un plano. Un render de una alberca infinita.

Priscila: “Ya llegó tu tercer pago, mi vida. Ya casi es nuestro. Nuestra nueva vida.”

Y un correo reenviado, del 21 de noviembre.

“Colegio Bahía Azul, Nuevo Vallarta. Confirmación de inscripción. Alumno: Patricio Lárraga Ruvalcaba. Cuarto grado. Ingreso: 2 de febrero.”

Mi hijo.

Inscrito en una escuela a 330 kilómetros de su casa.

Sin que nadie me preguntara.

Apagué el iPad y me quedé sentada en la oscuridad de la sala, oyendo el refrigerador.

No lloré esa noche.

Lloré tres días después, en la regadera, con el agua abierta para que Patricio no me oyera.

Luego me sequé. Me vestí. Y volví a la oficina de la licenciada Zertuche.

Leyó todas las fotos. Cuando llegó a la parte de la foto en el lobby, se quitó los lentes.

—¿Usted sabe lo que tiene aquí, señora?

—Un esposo que me quiere quitar a mi hijo y mi local.

—Tiene un guion. Le acaban de dar el guion de lo que va a pasar. Y quien conoce el guion no se equivoca de escena.

Le pregunté si tenía que impedir el viaje.

Lo pensó mucho.

—Es su papá. Un viaje de vacaciones con su papá no es delito. Si usted lo impide sin una orden, a escondidas, el que va a tener el video de la mamá histérica es él. La inscripción es para febrero. Él no se va a llevar al niño a vivir allá antes de tener el dinero del local. Y ese dinero no lo tiene, porque usted no firmó. Deje que se vaya. Y cuando llegue la foto…

—No contesto.

—No contesta. Y mientras tanto, armamos la demanda.

Antes de irme, me hizo una última pregunta.

—¿Usted sabe quién es Marea Desarrollos Costeros?

—No.

—Averígüelo. Usted fue auditora. Ése es su trabajo.

Tenía razón.

Antes de ser “la que nomás hace cuentas”, yo pasé siete años encontrando empresas que no existían.

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