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Mi esposo se llevó a nuestro hijo a Vallarta en Año Nuevo y me mandó una foto con su exnovia: “¿Me vas a pedir que me regrese antes? 😏”. No le contesté ni un emoji. Esa noche saqué seis carpetas de colores y me quité el anillo. Él creía que yo nomás hacía cuentas. Cuando regresó, aventó la sexta carpeta contra la pared… sin saber que adentro estaba la verdad sobre la mujer de la foto.

Capítulo 6: «Afectados Torre Marea»

Empecé por lo más sencillo. El RFC.

Venía en las facturas que Priscila le mandaba a Gustavo por correo, y que Gustavo me reenviaba sin abrir “para que las metas a la contabilidad”.

Lo busqué en el SAT.

Marea Desarrollos Costeros, S.A. de C.V. Fecha de alta: 26 de agosto.

Diez días después de la reunión de exalumnos.

Luego metí cada factura en el verificador del SAT, donde cualquiera puede revisar si una factura es válida.

Las cuatro decían lo mismo. CANCELADA. Y las cuatro se habían cancelado el mismo día en que se emitieron.

Priscila le mandaba la factura a Gustavo, Gustavo la veía, y una hora después ella la cancelaba. Como si ese dinero nunca hubiera pasado por ningún lado.

Gustavo nunca se dio cuenta. Gustavo nunca revisaba facturas.

Para eso estaba yo.

Después vino el terreno.

En el folleto de la Torre Marea venía la ubicación: un lote en Bucerías, Nayarit, a quince minutos de Vallarta. Por internet pedí al Registro Público de la Propiedad de Nayarit un certificado de libertad de gravamen. Cualquier persona puede pedirlo. Cuesta unos cuantos cientos de pesos.

Me llegó a la semana.

El lote no era de Marea Desarrollos Costeros.

Era de una familia de Bucerías, los Guerrero, que lo tenían desde 1987 y nunca lo habían vendido.

Le hablé al Ayuntamiento de Bahía de Banderas. Una señorita muy amable de Desarrollo Urbano buscó en su sistema.

—No, señora. No hay ninguna licencia de construcción para ninguna Torre Marea. Ni en trámite.

Colgué.

No había torre.

Nunca la hubo.

Esa noche, ya muy tarde, escribí en el buscador de Facebook: “Torre Marea Bucerías”.

Me salió un grupo privado.

“Afectados Torre Marea”.

Pedí entrar. Contesté las preguntas: “¿Diste dinero a Marea Desarrollos?” Escribí: “Mi esposo. 380 mil.”

Me aceptaron a la mañana siguiente.

El grupo tenía cuarenta y tantos miembros. Veintitrés familias. De Tepic, de Zacatecas, de Aguascalientes, de León, de Guadalajara. Entre todos, treinta y un millones de pesos en “enganches”.

El administrador era un ingeniero civil de Tepic. Benigno Osuna Medrano. Le escribí por mensaje privado.

Me contestó a los diez minutos. Me dio su número. Hablamos una hora.

Era un hombre de cincuenta y dos años, con la voz cansada.

Me contó que conoció a “la licenciada Priscila” en una comida de exalumnos de la universidad, en enero. Que ella fue muy dulce. Que le habló de “empezar de nuevo”. Que en marzo le dio un millón cuatrocientos mil pesos, todos sus ahorros y lo de la venta de su casa en Tepic.

—Me convenció de llevar a mi hija a Vallarta un fin de semana, “para que conozca dónde va a vivir” —me dijo—. Ahí nos tomó una foto en el lobby. A mí, a mi hija y a ella. Me dijo que se la mandara a mi esposa. “Para que vea que no le tienes miedo.”

Se le quebró la voz.

—Mi esposa la vio y se fue de la casa con mi hija. Y yo me quedé solo, con un departamento que no existe. Ahora a mi hija nomás la veo en vacaciones.

Le pregunté si tenía esa foto.

Me la mandó por WhatsApp.

Me quedé fría.

El lobby de un hotel de Nuevo Vallarta. Un hombre de camisa de lino. Una niña de once años con gorra. Y del otro lado de la niña, una mujer de vestido color arena.

Con una mano de uñas color vino sobre el hombro de la niña.

La misma pose. El mismo vestido. La misma mano.

—Ella nos tomó esa foto a todos los que tenían hijos —me dijo el ingeniero—. A los que no tenían, se las tomaba con la mamá, o solos. Siempre en un lobby. Siempre se las mandábamos a nuestras esposas. Y siempre las esposas se iban.

—Para que ustedes se quedaran solos —dije.

—Solos y con el dinero en la mano. Listos para “empezar de nuevo”.

Me contó que él y otras seis familias la habían denunciado en la Fiscalía de Nayarit en junio. Que en noviembre un juez ya había librado una orden de aprehensión contra ella por fraude.

—Pero no la encuentran, señora. Cambia de teléfono, de domicilio, de nombre de empresa. Desaparece y aparece en otro lado. Si usted sabe dónde va a estar, en algún momento… avíseme. Por favor.

Le dije que sí.

Colgué. Imprimí la foto del ingeniero.

Y empecé a armar la sexta carpeta.

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