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Era el cumpleaños siete de mi hijo, y mi mamá le dio regalos a todos sus nietos menos a él. “Lo suyo, la próxima vez”, dijo, mientras mi hermana sonreía a su lado. No grité ni hice un escándalo: tomé a mi hijo de la mano y me fui. Pero esa misma noche, un mensaje de mi mamá me hizo entender que esa fiesta nunca fue un descuido.

Capítulo 1 de 16

Lo suyo, la próxima vez

El sábado 10 de octubre, mi hijo Mateo cumplió siete años.

Me levanté a las cuatro de la mañana, como todos los días. Soy panadero. A esa hora mi cuerpo ya no sabe dormir.

Pero ese sábado no fui a la panadería. Me quedé en la cocina de mi casa, en silencio, para no despertar a nadie, y le hice a mi hijo su pastel de tres leches. Tres capas. Fresas encima, partidas en abanico, como le gustan. Siete velitas azules guardadas en una bolsita.

Rocío, mi esposa, bajó a las seis y me encontró batiendo crema.

“Te va a quedar más bonito que el de cualquier pastelería”, me dijo.

“Es lo único que sé hacer bien”, le contesté.

La fiesta era en casa de mi mamá, en la colonia República, aquí en Saltillo. Ella misma la ofreció, un mes antes, por teléfono.

“Aquí se la hacemos, como Dios manda. Que venga toda la familia.”

Me dio tanto gusto que no pregunté nada. Le mandé a mi hermana Karla seis mil pesos para la decoración, porque ella se dedica a eso. Le pedí algo sencillo: camioncitos azul con amarillo, como las camionetas de reparto de la panadería de mi papá.

Mateo trae siempre dos de esos camioncitos en las manos. Uno azul y uno amarillo. Se los regaló su abuelo Ernesto el día que cumplió un año. Cuatro meses después, mi papá se murió.

Mateo no se acuerda de él. Pero no suelta esos camiones ni para dormir.

Llegamos a las cuatro de la tarde.

Abrí la puerta de cristal del patio y me quedé quieto.

Todo era rosa y morado.

Manteles de bolitas moradas. Banderines rosas colgados del techo. Globos. Un pastel rosa de dos pisos en medio de la mesa, con una corona de azúcar encima. Y en la pared, con letras de brillantina:

“Feliz cumple, Sofi”.

Sofi es la hija de Karla. Cumple cinco años el martes.

Mi hermana vino hacia nosotros con su blusa coral y su sonrisa de anuncio.

“¡Ay, qué bueno que llegaron! Es que ya tenía el material, y como está toda la familia, pues aprovechamos, ¿no? Los dos cumpleaños de una vez.”

Los dos cumpleaños. En el letrero solo había un nombre.

Rocío se quedó parada a mi lado con nuestro pastel en las manos. Buscó un lugar en la mesa. No había. El pastel rosa, los platos de Sofi, los dulces de Sofi. Nadie le hizo espacio. Se quedó así, cargándolo, como quien carga algo que nadie pidió.

En una esquina, recargado contra el pastel rosa, estaba el celular de Karla. Grabando.

“Para que Sofi tenga el recuerdo”, dijo, cuando vio que lo miraba.

Entonces salió mi mamá de la cocina. Cardigan lila, collar de perlas, el pelo recién peinado en el salón. Traía dos regalos enormes, envueltos en papel brillante, con moños más grandes que mi cabeza.

Uno para Sofi. Otro para Thiago, el niño de Karla, de cuatro años.

Los niños gritaron. Los tíos aplaudieron.

“¡Bravo, Sofi!”, gritó mi hermana, mientras su hija abrazaba la caja.

Mateo estaba junto a mí, pegado a mi pierna. Con sus dos camioncitos, uno en cada mano.

Con la cabeza agachada.

No lloraba. Mateo no llora frente a la gente. Aprieta la boca y mira el piso, igualito que yo a su edad.

Luego levantó la cara. Tenía los ojos llenos de agua.

“¿Todavía puedo soplar mis velitas?”

Abrí la boca.

No me salió nada.

Treinta y ocho años de tragarme las cosas, y en ese momento ni siquiera eso me salió.

Respiré. Miré a mi mamá.

“¿Y a Mateo le compraste algo?”

Ella cerró los ojos, sonrió y movió la mano en el aire, como quien espanta una mosca.

“Lo suyo, la próxima vez.”

La próxima vez.

Yo conocía esa frase. La conocía de memoria. Me la dijo a mí, el día que yo cumplí siete años.

Sentí cómo se me apretaba la quijada. Karla se acercó y se paró al lado de mi mamá, sonriendo, como si estuviéramos posando para una foto.

Y mi mamá agregó, bien tranquila:

“Solo es un cumpleaños. No se acordará.”

Yo sí me acuerdo, mamá.

Treinta y un años después, me sigo acordando.

Toda mi vida me tragué todo. Por mi papá. Por la paz. Por “la familia”. Para que nadie dijera que el hijo mayor de los Echeverría hacía escándalos.

Ese día no.

“Nos vamos.”

Lo dije sin gritar. Ni siquiera lo dije fuerte. Pero en la sala se hizo un silencio que se oyó hasta el patio.

Tomé la mano de mi hijo. Estaba fría.

“Vámonos.”

Rocío nos siguió con el pastel en las manos. Nadie nos detuvo. Mi mamá se quedó con la boca abierta, y Karla también, por un segundo.

Solo por un segundo.

Porque cuando ya estaba en la puerta, oí la voz de mi hermana detrás de mí:

“Ándale, vete. Al cabo ya te va a llegar lo tuyo.”

Pensé que hablaba de un regalo.

Tardé cinco días en entender que hablaba de otra cosa.

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