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Era el cumpleaños siete de mi hijo, y mi mamá le dio regalos a todos sus nietos menos a él. “Lo suyo, la próxima vez”, dijo, mientras mi hermana sonreía a su lado. No grité ni hice un escándalo: tomé a mi hijo de la mano y me fui. Pero esa misma noche, un mensaje de mi mamá me hizo entender que esa fiesta nunca fue un descuido.

Capítulo 6 de 16

La demanda

La señora se presentó como actuaria del juzgado. Me pidió mi INE, me leyó en voz alta un párrafo que no entendí y me hizo firmar de recibido en tres hojas.

Luego me entregó un paquete engrapado. Treinta y dos hojas.

“Tiene usted nueve días hábiles para contestar, señor. Le recomiendo buscar un abogado.”

Se fue. Yo me quedé parado en medio de la panadería, con el paquete en las manos y doña Pacita viéndome desde la caja.

En la primera hoja decía, en mayúsculas:

“IMELDA SALDAÑA RAMOS, por conducto de su apoderada general KARLA ECHEVERRÍA SALDAÑA, VS. FABIÁN ECHEVERRÍA SALDAÑA. JUICIO ORDINARIO CIVIL. RESCISIÓN DE CONTRATO DE COMPRAVENTA CON RESERVA DE DOMINIO.”

Me senté en un costal de harina, el mismo donde me comí la concha con mi papá hace treinta y un años, y leí.

Decía que yo había dejado de pagar desde noviembre de 2024. Veinticuatro mensualidades. Ciento noventa y dos mil pesos.

Decía que mi mamá, “persona de la tercera edad”, había tenido que vivir de la caridad de su hija.

Pedían que se cancelara el contrato, que yo devolviera el local, y que todo lo que había pagado se quedara como “renta por el uso del inmueble”.

Cinco años de pagos. Convertidos en renta.

Y pedían algo más: una anotación preventiva en el Registro Público de la Propiedad, para que todo el mundo supiera que el local estaba en juicio.

Busqué la fecha. Al final, junto al sello de recibido de la Oficialía de Partes.

Viernes 2 de octubre de 2026.

Ocho días antes de la fiesta de Mateo.

Me quedé viendo esa fecha hasta que se me nubló.

Cuando mi mamá me dijo “Aquí se la hacemos, como Dios manda”, ya habían decidido demandarme. Cuando Karla aceptó mis seis mil pesos, ya tenía la demanda en el juzgado. El letrero de Sofi, los regalos enormes, el celular recargado en el pastel rosa.

No había sido un descuido.

Necesitaban que yo explotara. Necesitaban un video del hijo malo que deja llorando a su mamá, para que cuando llegara la demanda, nadie en la familia me creyera.

Y yo se los di. Con la quijada apretada y la mano de mi hijo en la mía.

Esa misma tarde fui a ver a la licenciada Mireya Galindo. Tiene un despacho chiquito en la calle Aldama, arriba de una farmacia. Su mamá nos compra pan desde hace veinte años. Rocío la conocía de la secundaria.

Era una mujer de mi edad, de lentes, que leía muy rápido y no decía nada mientras leía.

Leyó la demanda. Leyó el contrato de la notaría. Revisó la libreta verde página por página. Luego le enseñé en mi celular los sesenta y seis comprobantes.

“¿Todos a la misma cuenta?”

“Todos.”

“¿Quién abrió esa cuenta?”

“Karla. Ella me dio el número.”

“¿Tienes algo que lo pruebe? ¿Un mensaje, un correo?”

“Un papelito con pluma rosa. Hace cinco años. No sé dónde quedó.”

Ella anotó algo. Luego volteó la demanda y me señaló un párrafo.

“Aquí dice que tu hermana es apoderada de tu mamá desde el 3 de julio de 2026. Poder general, otorgado ante la Notaría 41. Eso significa que tu mamá firmó ante un notario para que Karla actúe en su nombre. ¿Tú sabías?”

“No.”

“Pues ella lo planeó desde julio, Fabián. Como mínimo.”

Me froté la cara con las dos manos. Me olían a levadura.

“Licenciada, ¿y si nada más le llevo los comprobantes al juez? Ahí está todo. Fecha, hora, cuenta. Yo pagué.”

Ella se quitó los lentes y los limpió con la blusa.

“Tus comprobantes prueban que mandaste el dinero. No prueban que tu mamá lo recibió.”

👉 Continúa en la siguiente página: Capítulo 7, «Sofi»