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Era el cumpleaños siete de mi hijo, y mi mamá le dio regalos a todos sus nietos menos a él. “Lo suyo, la próxima vez”, dijo, mientras mi hermana sonreía a su lado. No grité ni hice un escándalo: tomé a mi hijo de la mano y me fui. Pero esa misma noche, un mensaje de mi mamá me hizo entender que esa fiesta nunca fue un descuido.

Capítulo 4 de 16

La panadería de mi papá

Mi papá se murió el domingo 14 de febrero de 2021, a las cinco y cuarto de la mañana, en la panadería.

Se le paró el corazón mientras metía la segunda charola de pan de pulque al horno. Doña Pacita, que trabaja con nosotros desde hace treinta años, lo encontró sentado en el piso, recargado en el costal de harina, con la pala todavía en la mano.

Tenía setenta años. Había abierto la Panadería Don Ernesto en 1979, con un horno de leña y dos empleados. Cuando murió, tenía nueve trabajadores, tres camionetas de reparto azul con amarillo y una deuda que nadie conocía.

Ciento noventa mil pesos. Harina fiada, cuotas del IMSS atrasadas de los trabajadores, un préstamo para arreglar el horno grande.

Yo me enteré en el velorio, cuando el proveedor de harina me dio el pésame y luego, en voz baja, me preguntó quién se iba a hacer cargo de la cuenta.

El local estaba a nombre de mi mamá, porque así lo había querido mi papá. Ella quedó viuda con una casa en la República, un local que debía dinero y ninguna idea de cómo hacer pan.

A las tres semanas, Karla y su esposo Joel ya estaban hablando de vender.

Joel vende carros usados en un lote de la salida a Monterrey. En ese tiempo debía dinero por todos lados. Karla llegó a la casa de mi mamá con un señor de traje que dijo que el local, por estar en el centro, podía valer “fácil dos millones, señora, a lo mejor más”.

Yo pensé en doña Pacita, en Beto el hornero, en los muchachos del reparto. En la pala de mi papá.

Así que hice lo único que se me ocurrió.

Le propuse a mi mamá comprarle la panadería.

Fuimos a la Notaría 23, con el licenciado Abundio Zertuche, que había sido compañero de dominó de mi papá. Un perito hizo el avalúo: un millón ciento cincuenta mil pesos, local y equipo. Yo ofrecí novecientos sesenta mil, y además me quedaba con la deuda de ciento noventa mil.

Ciento veinte mensualidades de ocho mil pesos. Diez años.

El licenciado lo explicó con mucha calma: era una compraventa con reserva de dominio. La panadería seguía a nombre de mi mamá hasta que yo terminara de pagar. Si yo dejaba de pagar, ella podía pedir que se cancelara el contrato y recuperar el local.

“Es lo más seguro para su mamá, Fabián”, me dijo.

Firmamos el jueves 22 de abril de 2021.

Cuando salimos de la notaría, mi mamá no me dio la mano. Se acomodó la bolsa en el hombro y me dijo, sin mirarme:

“Te aprovechaste de mi luto.”

Yo había pagado el avalúo, había pagado el notario y había firmado una deuda que no era mía. Pero tenía razón en algo: lo hice rápido. Lo hice rápido porque sabía que, si esperaba un mes, Karla y Joel ya habrían firmado con el señor de traje.

Esa fue la primera vez que dejé que mi mamá creyera lo peor de mí para no pelear.

Esa misma tarde, en su cocina, Karla me pasó el papelito con el número de cuenta.

“Yo le abrí la cuenta a mi mamá, para que no batalle. Yo le ayudo con el banco.”

Y yo, que no quería volver a hablar de dinero con mi mamá en mi vida, sentí alivio. Pensé: qué bueno que alguien se encarga.

Desde entonces, nunca más hablé de dinero con ella. Le transfería el día primero y no decía nada. Ella no decía nada. Así nos llevamos cinco años: sin hablar de lo único que nos unía y nos separaba.

Medio año antes, en octubre de 2020, cuando Mateo cumplió un año, mi papá le había regalado los dos camioncitos. Una réplica chiquita de las camionetas de reparto. Azul y amarillo.

“Para que maneje la panadería cuando yo ya no pueda”, le dijo, riéndose, mientras Mateo se metía el camión amarillo a la boca.

Ahora entiendo que me estaba hablando a mí.

El domingo en la noche, con la libreta abierta sobre la mesa de la cocina, me acordé de otra cosa. Algo que había guardado en un rincón de la cabeza sin saber por qué.

La Nochebuena de 2024.

Cenamos en casa de mi mamá. Bacalao, romeritos, ponche. A las nueve en punto, antes de los abrazos, le mandé desde mi celular un aguinaldo de dos mil pesos, aparte de la mensualidad. En el concepto escribí: “Feliz Navidad, mamá”.

Me acuerdo de la hora porque el celular me la marcó en la pantalla: 21:01.

A las 21:02, el celular de Karla vibró sobre el mantel. Ella lo volteó boca abajo tan rápido que casi tira su vaso de ponche.

Y esa misma noche, cuando fui a despedirme, mi mamá me apretó el brazo y me dijo bajito, con los ojos duros:

“Tú sabes lo que me debes.”

Yo pensé que hablaba de cariño.

Nunca le pregunté si había recibido el aguinaldo.

Ella nunca me dio las gracias.

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