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Era el cumpleaños siete de mi hijo, y mi mamá le dio regalos a todos sus nietos menos a él. “Lo suyo, la próxima vez”, dijo, mientras mi hermana sonreía a su lado. No grité ni hice un escándalo: tomé a mi hijo de la mano y me fui. Pero esa misma noche, un mensaje de mi mamá me hizo entender que esa fiesta nunca fue un descuido.

Capítulo 7 de 16

Sofi

El video de Karla llegó a treinta y un mil reproducciones en cuatro días.

Lo compartieron en el grupo de la colonia República, en el de los exalumnos de mi secundaria y en una página que se llama “Saltillo Chismoso”. Alguien lo subió también a la página de la panadería, debajo de una foto de las roscas del año pasado.

“Ya no les vuelvo a comprar. El que no respeta a su madre no merece mi dinero.”

“Pobre señora. Y uno pensando que era gente decente.”

Esa semana vendimos cuatrocientas piezas menos que la anterior. Doña Pacita lo apuntó en su libretita sin decirme nada, y luego me la dejó abierta encima del mostrador, para que yo la viera.

Pero lo peor no fue eso.

El viernes, Rocío fue por Mateo a la escuela. Lo encontró sentado solo en la banca de la entrada, apretando los camioncitos.

En el carro, él preguntó, muy bajito:

“Mamá, ¿yo hice llorar a la abuela?”

Un niño de su salón le había dicho que vio el video en el celular de su mamá. Que su papá era malo. Que su abuelita estaba llorando por culpa de su papá.

Cuando Rocío me lo contó, en la noche, me fui al patio y me quedé ahí, parado en la oscuridad, hasta que dejé de temblar.

El sábado temprano manejé a la colonia República.

No le avisé a nadie. Llevaba la libreta verde y una carpeta con los sesenta y seis comprobantes impresos. Mi plan era sencillo: sentarme en la cocina de mi mamá, ponerle los papeles enfrente y no irme hasta que los viera.

Me estacioné en la calle. El carro de Karla estaba en la cochera, con la ventana del copiloto abierta.

Toqué el timbre.

Abrió Joel. En shorts, con una taza de café en la mano. Se recargó en el marco de la puerta, ocupándolo completo.

“No te quiere ver, Fabián.”

“Que me lo diga ella.”

“Te lo estoy diciendo yo. Esta es su casa.”

“También es la casa donde yo crecí.”

“Pues ya no vives aquí.”

Detrás de él, en la ventana de la sala, se movió la cortina. Vi la cara de mi mamá. El pelo color miel, las perlas. Me miró dos segundos.

Y cerró la cortina.

Me quedé ahí con la carpeta en la mano, como un vendedor al que le cerraron la puerta.

Ya me iba cuando oí unos pasitos en el patio. Sofi salió corriendo por un lado de la casa, descalza, con su vestido de tul rosa todo arrugado. Traía algo envuelto en una servilleta.

“¡Tío Fabián!”

Se paró frente a mí, jadeando.

“Te guardé un pedazo de mi pastel. Lo tenía en el refri desde mi fiesta. Es para Mateo. Porque a él no le tocó.”

Me lo puso en las manos. Una rebanada de pastel rosa aplastada, envuelta en una servilleta de papel con dibujos de unicornios.

“¿Le dices que es de parte mía?”

“Se lo digo, mi amor.”

Me agaché y le di un beso en la frente. Ella no tenía la culpa de nada. Tenía cinco años, el vestido sucio y un pedazo de pastel guardado desde hacía una semana para su primo.

“¡Sofía! ¡Métete!”, gritó Joel desde la puerta.

Ella se fue corriendo.

Caminé hacia mi carro con el pastel en una mano y la carpeta en la otra. Pasé junto al carro de Karla. La ventana del copiloto seguía abierta.

En el asiento había una carpeta de plástico transparente. Adentro se veía la primera hoja. Un logotipo con dos letras, “VD”, en azul marino. Y debajo, un título:

“Valdés Desarrollos Inmobiliarios — Propuesta de compra. Local calle Allende.”

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