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Era el cumpleaños siete de mi hijo, y mi mamá le dio regalos a todos sus nietos menos a él. “Lo suyo, la próxima vez”, dijo, mientras mi hermana sonreía a su lado. No grité ni hice un escándalo: tomé a mi hijo de la mano y me fui. Pero esa misma noche, un mensaje de mi mamá me hizo entender que esa fiesta nunca fue un descuido.

Capítulo 2 de 16

Las 11:48

En el carro nadie habló.

Mateo iba atrás, con un camioncito en cada mano, mirando por la ventana. Rocío llevaba el pastel en las piernas. Yo manejaba por el bulevar Venustiano Carranza con las dos manos en el volante, como si el volante se me fuera a escapar.

En un semáforo, Mateo habló.

“Papá, ¿hice algo malo?”

Rocío volteó hacia atrás tan rápido que casi se le cae el pastel.

“No, mi amor. Tú no hiciste nada.”

“Entonces, ¿por qué la abuela no me compró nada?”

Nadie le contestó. Se puso el verde y avancé.

En la casa, Rocío prendió solo la luz de la cocina. Puso el pastel en la mesa. Yo saqué la bolsita de velitas azules y las fui clavando, una por una, entre las fresas. Me temblaban un poco las manos. Siete.

Las prendí con el encendedor de la estufa.

“Ahora sí, campeón.”

Mateo se subió a la silla de rodillas. Rocío y yo le cantamos “Las mañanitas”. Solos. Dos voces desafinadas en una cocina de Saltillo, a las seis de la tarde.

Él cerró los ojos, pidió su deseo y sopló.

Las siete se apagaron de un jalón.

Sonrió. Por fin sonrió.

Yo no pude.

Esa noche lo acostamos con los camioncitos en la almohada. Rocío se quedó dormida a las diez. Yo no. Me quedé en la sala con el celular en la mano, esperando algo. Un mensaje de mi mamá. Un “perdóname, mijo”. Un “tráemelo mañana”.

A las 11:48, el celular vibró.

Era ella.

“Y no creas que se me olvida que llevas dos años sin pagarme la panadería de tu papá.”

Lo leí una vez.

Lo leí dos veces.

A la tercera, me levanté del sillón.

Porque yo nunca, ni un solo mes, había dejado de pagarle.

Fui al cuarto que usamos de oficina y saqué de la cajonera mi libreta verde. Es una libreta de pasta dura, de las que venden en la papelería de la calle Victoria. Ahí apunto todo. Mi papá me enseñó: “En el pan y en el dinero, mijo, todo se apunta.”

En la primera hoja, con mi letra de hace cinco años: “Pagos a mamá. Panadería. 120 mensualidades de $8,000.”

Y debajo, una línea por mes. Fecha, cantidad, número de rastreo de la transferencia. Mayo de 2021. Junio. Julio. Siempre el día primero, a las siete de la mañana, antes de abrir la panadería.

Las conté con el dedo.

Sesenta y seis. Sin un solo hueco. La última, el 1 de octubre, hacía nueve días.

Quinientos veintiocho mil pesos.

Abrí la aplicación del banco y busqué los comprobantes. Ahí estaban todos. Mismo banco destino, misma cuenta, mismo nombre: Imelda Saldaña Ramos. Todas con estatus “Liquidada”.

El dinero había salido de mi cuenta. Había llegado a la de ella.

Entonces, ¿por qué mi mamá creía que no le pagaba?

Me quedé viendo la pantalla un rato largo. Y luego, sin pensarlo, abrí Facebook.

A las 00:30, Karla había publicado catorce fotos de la fiesta.

“La fiesta de mi princesa 💜 Decoración by Detalles Karla. ¡Pregunta por tu paquete!”

Ahí estaban los manteles de bolitas. Los banderines. El pastel rosa. Mi mamá abrazando a Sofi.

En una foto se veía el borde de una camisa azul, cortado a la orilla. Era el hombro de Mateo. Lo habían recortado.

Mis seis mil pesos estaban en esas fotos. En los banderines, en los globos, en el letrero de brillantina. Mi hermana había usado el dinero del cumpleaños de mi hijo para montar el cumpleaños de su hija y anunciar su negocio.

Pero eso, a esa hora, ya no era lo que más me importaba.

Regresé a la libreta. Al principio de todo. Abril de 2021, cuando firmamos con el notario y yo pregunté a qué cuenta tenía que depositar.

Me acordé de la cocina de mi mamá. Del olor a café de olla. De mi mamá diciendo “yo de bancos no entiendo nada”. Y de una mano que me pasó un papelito doblado con dieciocho números escritos con pluma rosa.

“Aquí, hermanito. Yo le abrí la cuenta a mi mamá, para que no batalle.”

La persona que me dio ese número de cuenta fue Karla.

👉 Continúa en la siguiente página: Capítulo 3, «Una vela en una concha»