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Era el cumpleaños siete de mi hijo, y mi mamá le dio regalos a todos sus nietos menos a él. “Lo suyo, la próxima vez”, dijo, mientras mi hermana sonreía a su lado. No grité ni hice un escándalo: tomé a mi hijo de la mano y me fui. Pero esa misma noche, un mensaje de mi mamá me hizo entender que esa fiesta nunca fue un descuido.

Capítulo 16 de 16

La próxima vez

El sábado 9 de enero de 2027, Mateo tuvo su fiesta de siete años.

Tres meses tarde. En la panadería.

Rocío y doña Pacita se pasaron la noche decorando. Camioncitos azul con amarillo hechos de cartulina colgando del techo. Manteles amarillos. Globos azules. En el aparador, en lugar de las charolas de conchas, una fila de camiones de juguete que los muchachos del reparto juntaron entre todos.

Y afuera, estacionada frente a la puerta, la camioneta de reparto de mi papá.

La vieja. La de 1998. La que se quedó tres años parada en el patio de atrás porque ya nadie se animaba a manejarla. Beto el hornero y yo la llevamos en diciembre a un taller de la colonia Bellavista y la mandamos pintar otra vez, azul con amarillo, con las letras a mano en la puerta: “Panadería Don Ernesto. Desde 1979.”

Mateo, cuando la vio, se quedó mudo. Luego levantó sus dos camioncitos, uno en cada mano, y los comparó con la camioneta de verdad, como si estuviera revisando que fueran iguales.

“Es la del abuelo.”

“Es la del abuelo”, le dije. “Y algún día va a ser tuya.”

Llegaron los niños de su salón, con sus papás. Llegó mi compadre Lalo. Llegó la licenciada Mireya con su mamá, que pidió una docena de pan de pulque para llevar.

A las cinco y media llegó Joel con Sofi y Thiago. Karla no vino. No la invité, y ella no preguntó. Sofi traía un dibujo enrollado con un listón: un niño de playera azul soplando unas velitas, y una niña de vestido rosa aplaudiendo al lado.

“Ahora sí te tocó a ti”, le dijo a Mateo.

A las seis llegó mi mamá.

Cardigan lila. Perlas. Y en los brazos, una caja grande envuelta en papel azul, con un moño amarillo.

Se paró en la puerta de la panadería. Por un momento pensé que se iba a dar la vuelta. Que el qué dirán iba a ganar otra vez.

No se dio la vuelta.

Caminó hasta Mateo y se agachó despacio, con las rodillas tronándole.

En el moño había una tarjeta escrita con su letra redonda de siempre:

“Para Mateo. Lo suyo.”

Mateo abrió la caja. Adentro venía un camión de reparto de juguete, grande, de lámina, pintado a mano de azul y amarillo. Y debajo, en un marco de plata, una foto que yo no conocía: mi papá con Mateo bebé en los brazos, en la puerta de esta misma panadería, los dos con la boca abierta, como si se estuvieran riendo de lo mismo.

“Tu abuelo te quería mucho”, le dijo mi mamá. “Y yo no supe quererte como él. Pero voy a aprender, si me dejas.”

Mateo la miró un rato largo. Luego le dio un abrazo. Uno de esos abrazos de niño, con todo el cuerpo.

Rocío sacó el pastel. Tres leches. Fresas en abanico. Siete velitas azules.

Le cantamos “Las mañanitas” treinta personas, desafinadas, entre las charolas y los costales de harina. Mateo cerró los ojos y sopló. Las siete se apagaron de un jalón.

Luego vi que mi mamá se acercaba al mostrador. Agarró una concha de vainilla de la charola y la puso en un plato. Sacó de su bolsa una vela blanca, chueca, de las de la virgen.

La clavó en la concha. La prendió.

Me la trajo.

“Feliz cumpleaños, mijo”, dijo. “Treinta y un años tarde.”

No supe qué decir. Así que hice lo que hice a los siete años. Cerré los ojos, pedí algo y soplé.

Esa noche, cuando ya se habían ido todos, Mateo se quedó dormido en un costal de harina, abrazado a su camión nuevo. Lo cargué para llevarlo al carro. Medio dormido, me preguntó al oído:

“Papá, ¿sabes qué?”

“¿Qué, mijo?”

“La abuela dijo que no me iba a acordar. Pero yo me acuerdo de todo.” Bostezó. “Pero de lo que más me acuerdo es que tú me agarraste de la mano.”

Lo acosté en el asiento de atrás.

Sobre el mostrador quedaron sus dos camioncitos, el azul y el amarillo, junto a la foto de mi papá. Afuera, la camioneta de reparto brillaba con la luz del poste, recién pintada.

Apagué las luces de la panadería.

Por primera vez en treinta y un años, no había nada que dejar para la próxima vez.

FIN