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Era el cumpleaños siete de mi hijo, y mi mamá le dio regalos a todos sus nietos menos a él. “Lo suyo, la próxima vez”, dijo, mientras mi hermana sonreía a su lado. No grité ni hice un escándalo: tomé a mi hijo de la mano y me fui. Pero esa misma noche, un mensaje de mi mamá me hizo entender que esa fiesta nunca fue un descuido.

Capítulo 12 de 16

El ingeniero Valdés

Cuando salí al mostrador, el señor ya se había ido. Solo vi una camioneta blanca doblando la esquina de Allende y Ocampo, con las letras VD en la puerta.

Busqué “Valdés Desarrollos Inmobiliarios” en el celular. Tenían oficina en el bulevar Venustiano Carranza, en un edificio de vidrio cerca del Tec.

El viernes 27 a las nueve de la mañana, me presenté con la libreta verde, el contrato de la notaría y la carpeta de comprobantes. La recepcionista me preguntó si tenía cita. Le dije que no, pero que venía por el local de la calle Allende. Me hicieron esperar veinte minutos.

El ingeniero Ausencio Valdés era el señor de lentes. Unos cincuenta años, camisa planchada, reloj grande. Me dio la mano sin ganas.

“¿Usted es el inquilino?”

“Yo soy el dueño.”

Se le borró la cara.

“El dueño es la señora Saldaña. Yo tengo firmada una promesa de compraventa con su apoderada.”

“Con mi hermana.”

“Con la señora Karla Echeverría. Que me dijo que el local lo ocupaba un inquilino que dejó de pagar la renta hace dos años, y que en unas semanas lo sacaban por la vía legal.”

Puse el contrato de la notaría sobre su escritorio.

“Ese inquilino soy yo. Y no es renta. Es una compraventa con reserva de dominio. Llevo sesenta y seis mensualidades pagadas. La demanda que le dijeron que se ganaba en unas semanas, la jueza ya tiene en las manos la información del banco. Y la información del banco dice que el dinero que supuestamente no pagué, se lo quedó la apoderada.”

Valdés leyó el contrato. Leyó la libreta. Pidió que le dejara ver los comprobantes y los fue pasando con el dedo, en silencio, uno por uno.

Luego abrió un cajón y sacó una carpeta igual a la que vi en el carro de Karla.

“Mire.”

Promesa de compraventa. Viernes 14 de agosto de 2026.

Vendedora: Imelda Saldaña Ramos, representada por su apoderada general Karla Echeverría Saldaña, según poder otorgado ante la Notaría 41 el 3 de julio de 2026.

Precio: dos millones cuatrocientos mil pesos.

Anticipo: trescientos mil pesos, entregados en esa fecha, mediante transferencia a la cuenta de la apoderada.

Y una cláusula: el resto del precio se pagaría también a la cuenta de la apoderada, el día que el inmueble se entregara “libre de ocupantes y gravámenes”, a más tardar el 31 de diciembre de 2026.

“La cuenta de la apoderada”, repetí.

“Así lo pidió ella. Dijo que su mamá era una señora mayor que no manejaba bancos.”

Dos millones cuatrocientos mil pesos. A la cuenta de Karla. Y mi mamá, que había firmado un poder “para el juicio”, no sabía nada.

“Ingeniero, ¿mi mamá alguna vez habló con usted?”

“Nunca. La señora Karla dijo que su mamá estaba delicada de salud.”

“¿Y mi mamá sabe que usted le dio trescientos mil pesos a mi hermana?”

Valdés se quitó los lentes. Se frotó el puente de la nariz.

“Mire, señor Echeverría. Yo vendo terrenos para farmacias, para tiendas, para lo que sea. No me meto en pleitos de familia. Pero desde octubre, cuando vi que el juicio se complicaba, le pedí a su hermana que me regresara el anticipo. Ella me dijo que no me preocupara.”

“¿Cómo se lo dijo?”

Me miró un momento. Luego tomó su celular, buscó algo en el WhatsApp y le subió el volumen.

Era un audio del 30 de octubre.

La voz de Karla. La misma voz dulce de los videos del caldo.

“Ingeniero, no se preocupe, de veras. Lo del juicio es pura formalidad. Mi mamá firma lo que yo le diga. Y mi hermano, con el juicio, se queda sin nada.”

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