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Era el cumpleaños siete de mi hijo, y mi mamá le dio regalos a todos sus nietos menos a él. “Lo suyo, la próxima vez”, dijo, mientras mi hermana sonreía a su lado. No grité ni hice un escándalo: tomé a mi hijo de la mano y me fui. Pero esa misma noche, un mensaje de mi mamá me hizo entender que esa fiesta nunca fue un descuido.

Capítulo 9 de 16

La alcancía

Mi compadre Lalo tiene una refaccionaria en Ramos Arizpe. Es padrino de Mateo. El domingo 8 de noviembre le hablé.

“Necesito que me prestes ciento noventa y dos mil pesos, compadre.”

No preguntó para qué. Nada más dijo:

“Dame una semana.”

Esa noche se lo conté a Rocío en la cocina. Mi plan era pagarle a mi mamá las veinticuatro mensualidades otra vez. Depositarlas en el juzgado, con un escrito de la licenciada, y que se acabara todo. Que retiraran la demanda, que quitaran la anotación, que el banco me soltara el crédito.

Rocío dejó de secar el plato que tenía en la mano.

“No.”

“Rocío, es la panadería de mi papá.”

“Por eso. Si pagas dos veces, estás aceptando que no pagaste la primera. Y le estás diciendo a tu hermana que le funcionó.”

“¿Y qué quieres que haga? ¿Que me siente a ver cómo se cae todo?”

“Quiero que hagas lo que hace tu papá en tu libreta. Que apuntes. Que revises. Tú eres el que nunca pierde un número, Fabián. Encuéntralo.”

No le contesté. Me fui a acostar enojado, sin darle las buenas noches. Fue la primera vez en diez años.

En la mañana, cuando bajé a la cocina, había algo en la mesa.

La alcancía de Mateo. Un cochinito de barro pintado de verde, con la panza rota. Al lado, un montoncito de monedas y tres billetes doblados en cuatro, muy bien acomodados. Y un papel de su cuaderno, con su letra grandota de primero de primaria:

“PARA LA PANADERIA DEL ABUELO. 437 PESOS.”

Había oído todo desde la escalera.

Me senté en la silla y me tapé la cara.

Mateo bajó en pijama, con los camioncitos.

“¿Alcanza, papá?”

“Alcanza para mucho, mijo.”

“¿Para que no nos quiten la panadería?”

Lo abracé tan fuerte que se le cayó el camión amarillo.

Ese día no fui a la panadería a las cuatro. Me quedé en la mesa de la cocina con la libreta verde, los comprobantes impresos y una taza de café que se me enfrió dos veces.

Rocío tenía razón. Yo no pierdo un número.

Empecé a revisar los conceptos de cada transferencia, uno por uno. Mayo de 2021. Junio. Hasta que llegué a una línea apuntada aparte, en la orilla de la hoja, con tinta roja.

“24 dic 2024. Aguinaldo mamá. $2,000. 21:01.”

Y me acordé.

El celular de Karla vibrando sobre el mantel. Boca abajo, tan rápido. Un minuto después de mi transferencia.

¿Qué celular avisa cuando le llega dinero a la cuenta de otra persona?

Uno que tiene instalada la aplicación de esa cuenta.

Le marqué a la licenciada Mireya a las siete y media de la mañana. Le conté lo de la Nochebuena.

“¿Estás seguro de la hora?”

“Está en el comprobante. Las 21:01. Y Rocío estaba sentada junto a ella. Lo vio también.”

La licenciada se quedó callada un momento.

“Vamos a pedirle a la jueza que amplíe el oficio. No nada más el estado de cuenta. También el número de celular registrado en la banca móvil desde que se abrió la cuenta. Las notificaciones. Los cajeros donde se sacó el dinero. Y a qué cuentas se transfirió.”

“¿Eso lo puede pedir?”

“Lo puedo pedir. Que el banco lo conteste, ya es otra cosa.”

Esa tarde fui a la panadería. Doña Pacita me estaba esperando en la puerta de la bodega.

“El señor de lentes, el que vino con su cuñado. Me acordé de otra cosa. Su camioneta blanca traía unas letras en la puerta. Una V y una D. Azul marino.”

Las mismas letras de la carpeta en el carro de Karla.

Esa noche le devolví a Mateo sus cuatrocientos treinta y siete pesos dentro de un frasco de mermelada, porque el cochinito ya no tenía arreglo. Le dije que se los guardaba la panadería, que eran su primera inversión.

Le hablé a mi compadre Lalo y le dije que ya no necesitaba el dinero.

Y esperé.

Dos semanas, sin dormir más de cuatro horas seguidas.

El lunes 23 de noviembre, a las cinco de la tarde, me llamó la licenciada.

“Fabián. El banco ya contestó. La jueza fijó audiencia para el miércoles a las once.”

“¿Qué dice?”

“No te lo voy a decir por teléfono. Quiero que lo oigas ahí. Y quiero que tu mamá lo oiga contigo.”

👉 Continúa en la siguiente página: Capítulo 10, «Lo que dijo el banco»