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Era el cumpleaños siete de mi hijo, y mi mamá le dio regalos a todos sus nietos menos a él. “Lo suyo, la próxima vez”, dijo, mientras mi hermana sonreía a su lado. No grité ni hice un escándalo: tomé a mi hijo de la mano y me fui. Pero esa misma noche, un mensaje de mi mamá me hizo entender que esa fiesta nunca fue un descuido.

Capítulo 14 de 16

Yo también me acuerdo

El lunes 30 de noviembre pasé por ella a las nueve.

Me esperaba en la banqueta, con su bolsa en el hombro y el cardigan lila. Se subió al carro sin decir buenos días.

Fuimos a la Notaría 23. El licenciado Abundio Zertuche nos recibió en su oficina, la misma donde firmamos la compraventa hace cinco años. Tiene una foto de mi papá jugando dominó colgada detrás de su escritorio.

Mi mamá sacó de la bolsa una copia del poder de la Notaría 41 y se la puso enfrente.

“Licenciado, quiero quitarle esto a mi hija.”

El licenciado leyó el poder despacio. Luego levantó los ojos.

“Doña Imelda, ¿usted sabía que este es un poder general amplio? No nada más para pleitos. Aquí dice actos de administración y actos de dominio.”

“¿Y eso qué quiere decir?”

“Que con este papel, su hija podía vender cualquier propiedad suya. El local. Su casa. Sin preguntarle.”

Mi mamá se agarró del borde del escritorio.

“El notario me lo leyó”, dijo, muy bajito. “Me acuerdo que me lo leyó. Pero Karla me dijo que así se hacía siempre, que era para el juicio. Yo nomás quería que se acabara rápido.”

El licenciado Zertuche preparó la revocación esa misma mañana. Mi mamá la firmó con letra temblorosa. El licenciado se comprometió a notificarla a la Notaría 41 y a la otra parte.

De ahí, fuimos con la licenciada Mireya. Mi mamá firmó un escrito para desistirse de la demanda. La licenciada le explicó que, de todos modos, la jueza tenía que resolver, y que el abogado de Karla ya no la representaba a ella.

Y de ahí, a la Fiscalía.

Ella sola entró a la agencia del Ministerio Público. Yo me quedé afuera, en una banca. No me pidió que entrara, y yo no quise. Era su denuncia. Era su dinero. Era su hija.

Salió dos horas después con una hoja en la mano.

“Le conté todo al licenciado”, me dijo. “También que en el juzgado dije una mentira por vergüenza. Que eso lo vea él.” Abuso de confianza. Ciento noventa y dos mil pesos. Una carpeta de investigación con un número largo.

“El licenciado dice que el ingeniero Valdés también vino a denunciar. Por fraude. Hoy temprano.” Dobló la hoja en cuatro y la guardó en la bolsa. “Ellos van a ver qué es delito y qué no. Yo nomás les conté.”

En el carro, de regreso a la colonia República, no prendí el radio.

Ella habló cuando íbamos por el bulevar, en el mismo semáforo donde Mateo me preguntó si había hecho algo malo.

“Te quedaste con la panadería de tu papá cuando yo todavía estaba de luto”, dijo, viendo por la ventana. “Eso me dolió, Fabián. Me sentí como si me hubieran quitado lo último de él. Y luego Karla me dijo que ya no me pagabas. Y yo pensé: claro. Así es. Primero me la quitó y luego ni la paga. Y Karla, que no tiene nada, era la que me daba para el gasto. ¿A quién querías que le comprara regalos?”

“A tu nieto, mamá. Mateo no tenía la culpa de nada.”

Se quedó callada mucho rato.

“Yo no sé pedir perdón, Fabián. Nunca supe. Tu papá era el que pedía perdón por los dos.”

“Ya sé.”

Llegamos a su casa. La cochera estaba vacía. Ya no estaba el carro de Karla, ni los juguetes de Thiago en el patio, ni el letrero de brillantina, que alguien había arrancado de la pared y dejado en la basura.

Mi mamá no se bajó. Se quedó con la mano en la manija de la puerta.

“Yo también me acuerdo, ¿sabes?”

“¿De qué?”

“De tu cumpleaños de siete años.”

👉 Continúa en la siguiente página: Capítulo 15, «Lo que le tocó a cada quien»