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Era el cumpleaños siete de mi hijo, y mi mamá le dio regalos a todos sus nietos menos a él. “Lo suyo, la próxima vez”, dijo, mientras mi hermana sonreía a su lado. No grité ni hice un escándalo: tomé a mi hijo de la mano y me fui. Pero esa misma noche, un mensaje de mi mamá me hizo entender que esa fiesta nunca fue un descuido.

Capítulo 15 de 16

Lo que le tocó a cada quien

“Te vi por la ventana”, dijo mi mamá. “Sentado en la banqueta. Toda la tarde.”

Yo no dije nada. No podía.

“Y no salí. Tenía a los padrinos de Monterrey en la sala, tenía a la niña con el ropón, tenía el mole en la lumbre. Pensé: ahorita salgo. Y no salí. Luego vi que tu papá te subía a la camioneta y pensé: qué bueno, ya se lo llevó él. Y me sentí… aliviada. Que se encargara otro.”

Se apretó la bolsa contra el pecho.

“Treinta y un años, y todavía me acuerdo de tu espalda en esa banqueta. Y el otro día, cuando Mateo me preguntó por sus velitas, le vi la misma espalda. Y en lugar de abrazarlo, le dije lo mismo que te dije a ti. Ni siquiera lo pensé. Me salió solito.”

Se bajó del carro. Antes de cerrar la puerta, me miró.

“Dile a Mateo que la abuela le debe algo.”

Las consecuencias tardaron semanas. Algunas, meses.

El 15 de diciembre, la jueza Olga Recio dictó sentencia. Declaró improcedente la rescisión del contrato, condenó a la parte actora a pagar los gastos del juicio y ordenó cancelar la anotación preventiva en el Registro Público. La licenciada Mireya me mandó la foto de la última hoja con tres signos de admiración.

El 22 de diciembre, el banco me volvió a autorizar el crédito del horno.

El proveedor de harina volvió a fiarme. No dijo nada. Solo me trajo una caja de buñuelos para doña Pacita.

Con Karla, la Fiscalía integró las dos denuncias en una sola carpeta. En enero, un juez de control la vinculó a proceso por abuso de confianza y por fraude. El abogado le recomendó reparar el daño para buscar un acuerdo con las víctimas, y eso lo iba a decidir el juez, no nosotros. Vendió su carro y todo el material de Detalles Karla: las mesas, los arcos de globos, los manteles de bolitas moradas. Con eso y un préstamo de la mamá de Joel, le regresó a Valdés sus trescientos mil pesos y a mi mamá los ciento veinte mil que se había quedado.

La página de Detalles Karla desapareció de Facebook. También el video de la fiesta. También la foto de mi mamá llorando en el juzgado.

Joel y Karla se quedaron en Ramos Arizpe, en un cuarto en casa de la suegra de ella. Los niños van a una escuela nueva. Sofi le manda a Mateo dibujos por WhatsApp, desde el celular de su abuela paterna.

Mi mamá se quedó sola en la casa de la colonia República.

Dejó de ir al rosario de los sábados. Su comadre Queta me contó que no soportaba que la vieran. Que ya todas sabían. Que alguien en el grupo había dicho, en voz alta, que una mamá que no conoce a sus propios hijos no tiene por qué andar dando consejos.

El qué dirán, que toda la vida le sirvió de brújula, se le volteó en contra.

El 4 de enero la llevé al banco. Abrimos juntos una cuenta nueva, a su nombre. Ella pidió su tarjeta. Ella puso su número de celular. Le enseñé a abrir la aplicación con el dedo, y la abrió tres veces seguidas, como si no lo creyera.

“Aquí te van a llegar los ocho mil, mamá. El día primero. Y vas a ver cuando lleguen.”

El 1 de febrero, a las siete y dos minutos de la mañana, me mandó una foto de la pantalla de su celular. Abono recibido. $8,000.00.

Debajo, un mensaje:

“Gracias, mijo.”

Cinco años de pagos. Era la primera vez que me daba las gracias.

Pero eso fue después.

El 6 de enero, Día de Reyes, cuando le llevé a mi mamá una rosca de la panadería, me hizo una pregunta en la puerta, con la rosca en las manos y sin mirarme a los ojos:

“¿Me dejarías ir a la fiesta de Mateo?”

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