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Era el cumpleaños siete de mi hijo, y mi mamá le dio regalos a todos sus nietos menos a él. “Lo suyo, la próxima vez”, dijo, mientras mi hermana sonreía a su lado. No grité ni hice un escándalo: tomé a mi hijo de la mano y me fui. Pero esa misma noche, un mensaje de mi mamá me hizo entender que esa fiesta nunca fue un descuido.

Capítulo 3 de 16

Una vela en una concha

Yo tenía siete años la primera vez que oí “la próxima vez”.

Era el domingo 1 de octubre de 1995. Mi cumpleaños. Y también el bautizo de Karla, que tenía año y medio, porque mi mamá había esperado a que pasara el calor para que la niña no sudara el ropón.

Desde una semana antes yo sabía que mi cumpleaños y el bautizo caían el mismo día. Mi mamá me lo dijo en la cocina, sin voltear, mientras planchaba el ropón blanco de mi hermana:

“Lo tuyo lo festejamos la próxima vez, ¿sí? Este domingo es de la niña.”

Dije que sí. A esa edad uno siempre dice que sí.

En la fiesta hubo mole, arroz, dos cazuelas de frijoles charros y un pastel blanco de tres pisos con una palomita de azúcar arriba. Vinieron los padrinos de Monterrey. Vinieron las tías de Ramos. Nadie me cantó. Nadie se acordó.

Yo me pasé la tarde sentado en la banqueta, viendo pasar los carros.

A las nueve de la noche, mi papá salió a buscarme. No dijo nada. Me subió a la camioneta de reparto, la azul con amarillo, y manejó hasta la panadería, en la calle Allende.

Prendió las luces. Olía a levadura y a piloncillo.

Agarró una concha de vainilla de la charola del día, la puso en un plato y le clavó una vela de las de la virgen, una vela blanca, chueca, que tenía guardada en el cajón para cuando se iba la luz.

“Ándale, pide algo.”

Le canté yo solo, porque él no sabía la letra completa. Soplé. Nos comimos la concha entre los dos, sentados en un costal de harina.

“Tu mamá no lo hace con mala intención, mijo”, me dijo. “Es que la niña es chiquita.”

Nunca hubo próxima vez.

Ni a los ocho, ni a los nueve. Siempre había algo: la primera comunión de Karla, la quinceañera de una prima, una gripa, el gasto. Mi mamá no era mala. Solo tenía una manera de querer que alcanzaba para uno.

Y el uno no era yo.

Por eso, cuando escuché “Lo suyo, la próxima vez”, no me enojé por el regalo. Me enojé porque vi a mi hijo sentado en la misma banqueta donde me senté yo.

El domingo en la mañana, Mateo bajó a desayunar con los camioncitos.

Se sentó, puso el azul a un lado del plato y el amarillo al otro, y me preguntó sin levantar los ojos:

“Papá, ¿ya no somos de la familia de la abuela?”

Rocío me miró desde la estufa.

“Claro que sí, mijo”, le contesté. “Nada más que la abuela está enojada conmigo, no contigo.”

“¿Por qué?”

“Eso es lo que voy a averiguar.”

Salí al patio y le marqué a mi mamá.

Sonó cinco veces. Me mandó a buzón.

Volví a marcar. Buzón.

A la tercera, contestaron. No era su voz.

“¿Qué quieres, Fabián?”

Karla.

“Pásame a mi mamá.”

“Mi mamá no quiere hablar contigo. Está muy mal. Ayer se puso mala de la presión por tu numerito.”

“Karla, mi mamá me mandó un mensaje anoche. Dice que llevo dos años sin pagarle. Yo tengo cada transferencia apuntada. Quiero que lo veamos juntos, los tres, con los comprobantes en la mesa.”

Hubo un silencio corto. Uno de esos silencios que, si no estás poniendo atención, no notas.

Yo estaba poniendo atención.

“Ay, Fabián”, dijo, con esa voz suave que usa con los clientes. “Ya no es momento de hablar. Tú escogiste irte. Mi mamá ya no va a estar rogándote.”

“No le estoy pidiendo que me ruegue. Le estoy pidiendo que vea los papeles.”

“Pues los papeles los va a ver otra persona.”

“¿Quién?”

“Mi mamá no quiere hablar contigo. Te va a buscar su abogado.”

Y colgó.

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