Capítulo 8 de 16
La cuenta de quién
El lunes 26 de octubre, la licenciada Mireya presentó mi contestación en el juzgado.
Treinta y ocho hojas. Los sesenta y seis comprobantes, cada uno con su número de rastreo. Copia de la libreta verde. Copia del contrato de la notaría.
Y una petición: que la jueza le pidiera al banco, por medio de la Comisión Nacional Bancaria, toda la información de la cuenta de mi mamá. Quién la abrió. A quién le entregaron la tarjeta. Qué número de celular estaba registrado en la aplicación. A dónde se había ido el dinero.
“Eso tarda”, me advirtió la licenciada. “A veces semanas. A veces más.”
“¿Y mientras?”
“Mientras, esperas.”
No esperé mucho. Nueve días después, la otra parte contestó.
La licenciada me llamó a las siete de la noche. Yo estaba amasando.
“Fabián, ¿estás sentado?”
“Estoy amasando.”
“Pues deja la masa.”
El abogado de Karla, un licenciado Héctor Rosales, había presentado un escrito con una declaración firmada por mi mamá. Decía que ella nunca había tenido tarjeta de esa cuenta. Que nunca la había usado. Que nunca había recibido “ni un peso” del demandado desde noviembre de 2024.
Y decía algo más.
Que la cuenta la había abierto yo. Que yo tenía la tarjeta. Que yo mismo me transfería el dinero de una cuenta a otra para “fabricar comprobantes” y aparentar que pagaba.
“Es mentira”, dije. “Es mentira de principio a fin.”
“Ya sé. Pero ahora es tu palabra contra la de tu mamá. Y frente a un juez, una señora de sesenta y seis años que dice que su hijo la está engañando pesa mucho, Fabián.”
Colgué. Me lavé las manos. Me quedé viendo la masa, que seguía creciendo en el bol como si nada.
Esa semana empezaron a llegar las otras consecuencias.
El banco donde tengo la cuenta de la panadería me había aprobado, en septiembre, un crédito de trescientos cincuenta mil pesos para comprar un horno nuevo. El horno grande de mi papá ya tiene cuarenta años y se le va la temperatura.
El miércoles me llamó el ejecutivo.
“Señor Echeverría, apareció una anotación preventiva en el Registro Público sobre el inmueble de la calle Allende. Mientras el local esté en litigio, tenemos que suspender el crédito.”
El jueves, el proveedor de harina, el mismo que me dio el pésame en el velorio de mi papá, me dijo que a partir de esa semana tenía que pagarle de contado.
“No es nada personal, Fabián. Pero ya ves lo que se dice.”
Lo que se dice.
El qué dirán. Lo que mi mamá cuidaba más que a sus propios nietos.
El viernes en la noche hice cuentas en la mesa de la cocina, con Rocío. Rocío lleva la contabilidad de la panadería desde que nos casamos. Sabe sumar más rápido que yo y no se le escapa nada.
Pagando la harina de contado, sin el crédito, con cuatrocientas piezas menos por semana y nueve sueldos que cubrir cada quince días, la panadería aguantaba tres meses. Cuatro, si yo dejaba de cobrar mi sueldo.
“¿Y cuánto tarda el banco en contestar el oficio de la jueza?”, preguntó Rocío.
“Semanas, dice la licenciada. A veces más.”
Rocío cerró la libreta.
Nos quedamos los dos callados, oyendo el refrigerador.
Si el banco tardaba, yo iba a perder la panadería de mi papá antes de que una jueza pudiera decir quién mentía.
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