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Era el cumpleaños siete de mi hijo, y mi mamá le dio regalos a todos sus nietos menos a él. “Lo suyo, la próxima vez”, dijo, mientras mi hermana sonreía a su lado. No grité ni hice un escándalo: tomé a mi hijo de la mano y me fui. Pero esa misma noche, un mensaje de mi mamá me hizo entender que esa fiesta nunca fue un descuido.

Capítulo 10 de 16

Lo que dijo el banco

El miércoles 25 de noviembre llegué al juzgado a las diez y media, con la misma camisa azul marino que traía el día de la fiesta. No lo pensé. Fue la primera que agarré.

Rocío se quedó en la panadería. Alguien tenía que abrir.

El Juzgado Segundo Civil está en el segundo piso de un edificio del centro, con pasillos largos de piso de granito y bancas de madera pegadas a la pared. Mi mamá estaba sentada en una de esas bancas. Cardigan lila. Perlas. A su lado, Karla, con un vestido negro y el pelo recogido, como si fuera a un velorio. Y el licenciado Rosales, revisando su celular.

Mi mamá me vio llegar y volteó la cara hacia la pared.

A las once y diez nos hicieron pasar a una sala chica, con una mesa larga y una bandera en la esquina. La jueza Olga Recio era una mujer de unos sesenta años, de pelo corto y blanco, que hablaba muy despacio.

“Se recibió la respuesta de la institución bancaria al oficio girado por este juzgado. Secretaria, dé lectura a la parte conducente.”

La secretaria abrió un sobre y empezó a leer. Con voz plana, sin levantar los ojos.

Que la cuenta se abrió el 23 de abril de 2021, en la sucursal de bulevar Venustiano Carranza, a nombre de Imelda Saldaña Ramos.

Que la titular firmó una carta para que la tarjeta de débito le fuera entregada a la señora Karla Echeverría Saldaña.

Que el número de celular registrado en la banca móvil, desde la apertura de la cuenta hasta la fecha del oficio, terminaba en 47 18.

Karla se movió en su silla.

Era su número. Lo tengo guardado en mi celular desde hace diez años, con una carita sonriente.

La secretaria siguió leyendo.

Que de mayo de 2021 a octubre de 2024, cada mes, se registraron retiros en efectivo de ocho mil pesos en el cajero de una tienda de autoservicio de la colonia República, a dos cuadras de la casa de mi mamá.

Mi mamá asintió despacito. Esos ocho mil, ella los recibía en la mano. Karla se los llevaba cada mes, en un sobre.

Y luego vino lo demás.

Que a partir de noviembre de 2024, los retiros en efectivo se suspendieron. Que, en su lugar, dentro de las cuarenta y ocho horas siguientes a cada depósito, se realizó una transferencia de ocho mil pesos a una cuenta a nombre de Karla Echeverría Saldaña, con el concepto “Detalles Karla”.

Veinticuatro transferencias. Ciento noventa y dos mil pesos.

Y una más. El 24 de diciembre de 2024, a las 21:40, una transferencia de dos mil pesos a la misma cuenta.

Concepto: “navidad”.

Treinta y nueve minutos después de que yo le mandara a mi mamá su aguinaldo.

La secretaria dobló las hojas y las metió en el sobre.

Nadie dijo nada.

Miré a mi mamá. Estaba sentada muy derecha, con las manos cruzadas sobre la bolsa, igual que en misa. No se le movía la cara. Pero tenía los nudillos blancos.

Yo sabía lo que estaba haciendo en la cabeza. Estaba contando. Dos años de recibir tres mil pesos al mes de manos de su hija, “de mi bolsa, mamá, para que no te falte”. Dos años de agradecérselo. Dos años de contarle a sus hermanas, a sus amigas del rosario, a quien quisiera oírla, que Karla la mantenía y que su hijo el panadero no le daba nada.

Esos tres mil pesos eran míos. Eran de ella. Eran lo que sobraba de mis ocho mil.

La jueza se quitó los lentes.

“¿Alguna de las partes desea manifestar algo respecto de la información bancaria?”

El licenciado Rosales abrió la boca.

Pero Karla se le adelantó. Se puso de pie tan rápido que la silla rechinó contra el piso.

“Mamá. Tú me dijiste que lo usara para los niños.”

👉 Continúa en la siguiente página: Capítulo 11, «La mentira de mi madre»