Capítulo 3: «La reunión de exalumnos»
Todo empezó un sábado de agosto, en la reunión de los veinticinco años de la generación de Gustavo, en un salón de eventos de Tlaquepaque.
Yo fui. Me puse un vestido azul marino y tacones bajos.
Gustavo estaba nervioso desde la mañana. Se cambió tres veces de camisa.
A las diez de la noche entró Priscila Montes.
Vestido color arena. Pelo planchado. Uñas color vino.
Todos voltearon.
Había sido la reina de la primavera de su generación. Y la novia de Gustavo dos años, hasta que se fue a estudiar a Monterrey y lo dejó por carta.
Ahora vivía en Puerto Vallarta. Decía que era asesora inmobiliaria. Que vendía departamentos de lujo en la Riviera Nayarit.
—El mes pasado le vendí un penthouse a un futbolista de las Chivas —contaba, bajando la voz, como si fuera un secreto—. No puedo decir quién. Pero ustedes lo conocen.
Me saludó con un beso en el aire.
—Así que tú eres la famosa Xóchitl. La de las cuentas.
—Mucho gusto.
—Ay, qué bonito que te dejas el pelo natural. Yo no me atrevería.
Sonrió. Yo también.
Luego, como si nada, mientras se acomodaba el pelo:
—Oye, ¿y la mueblería sigue en el mismo local de la calle Independencia? ¿Todavía lo rentan?
—Ya no es rentado —le dije, sin pensar.
—Ay, qué bien. —Se le iluminaron los ojos un segundo—. Eso vale oro en Tlaquepaque.
Esa noche hizo algo que en ese momento me pareció una tontería.
Fue de mesa en mesa pidiendo fotos. Pero no con todos. Con los hombres casados que habían ido solos o cuyas esposas estaban en el baño. Se paraba a su lado, les ponía la mano en el hombro, decía “para el recuerdo” y le pedía a alguien que les tomara la foto con el celular de ellos.
Con el celular de ellos. No con el suyo.
A Gustavo le tomaron tres.
A la una de la mañana le dije que ya me quería ir.
—Ve tú, flaca. Yo me voy con el Chato. Quiero platicar con la banda.
Llegó a las tres y media.
Oliendo a un perfume que no era mío. Hablando de “oportunidades de inversión en la costa”.
Una semana después, era el cumpleaños sesenta y siete de doña Amada.
Esa mañana llegó a casa de mi suegra un arreglo enorme de rosas blancas, con una tarjeta: “Para la mujer que crio al hombre más noble de mi generación. Con cariño, Priscila.”
Y un video, que Gustavo le puso a su mamá en el celular. Priscila, con el mar atrás, cantándole Las Mañanitas.
Doña Amada lloró.
—¿Ya ves? —me dijo, enseñándome las rosas—. Eso es educación. Eso es una mujer de mundo. Se acordó de mí, que ni me conoce.
Yo le había hecho el pastel de tres leches que estaba en la mesa. Desde las seis de la mañana.
Nadie lo mencionó.
A partir de ese domingo, Priscila apareció en cada comida. No en persona. En la boca de mi suegra.
—Priscila esto. Priscila aquello. Esa muchacha tiene su propio negocio. Viaja. Vende departamentos de millones.
Y luego me miraba de arriba abajo.
—No como otras.
Gustavo no decía nada. Pero cada vez que su mamá la mencionaba, sonreía con la boca chueca, mirando su celular.
En septiembre, cambió la contraseña del token del banco de la mueblería.
—El banco lo pidió —me dijo, sin verme—. Por seguridad. Tú ya no necesitas entrar. Los estados de cuenta te los paso yo.
Fue la primera vez en once años que me quitaba acceso a algo.
Le dije que estaba bien.
Ese fue mi segundo error. Decir “está bien” cuando no lo estaba.
Pero Gustavo olvidó una cosa.
El banco mandaba solo, sin que nadie se lo pidiera, un aviso por cada transferencia grande. Y el estado de cuenta en PDF, el día cinco de cada mes. Todo al correo de la mueblería.
Y ese correo lo revisaba yo. Porque yo hacía la conciliación. Porque yo nomás hacía cuentas.
El 5 de septiembre, a las 11:48 de la mañana, me llegó un aviso del banco.
Y en ese aviso, entre el pago de la luz y el de la madera de parota que yo misma había programado, había un renglón que no conocía.
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