Capítulo 8: «Cinco carpetas»
Gustavo entró con Patricio dormido en un brazo y un ramo de rosas rojas en el otro.
Venía a hablar. Lo supe por las rosas. Tres días sin una sola respuesta mía lo habían puesto nervioso. Esperaba encontrarme llorando, o furiosa, o lista para suplicar.
Y todavía necesitaba mi firma.
Maite se levantó del sillón de la sala y le quitó a Patricio de los brazos, con cuidado.
—Me lo llevo a dormir a mi casa, cuñado. Mañana te lo regreso, Xóchitl.
—¿Qué? ¿Por qué…?
Maite ya iba por la puerta.
Entonces Gustavo vio el comedor.
A su mamá sentada en la cabecera, con la bolsa en las piernas y el rosario enredado en los dedos.
A una mujer de traje gris que no conocía.
Y la mesa.
Seis carpetas de colores. Una demanda. Un anillo.
—¿Qué es esto?
—Siéntate, Gustavo —le dije—. Ábrelas en orden.
—Xóchitl, no me hagas un show enfrente de mi mamá.
—No es un show. Es una auditoría. Tú siempre dices que yo nomás hago cuentas. Pues aquí están las cuentas.
Se sentó. Miró a la mujer de traje gris.
—Licenciada Inés Zertuche. Abogada de la señora Ruvalcaba. Mucho gusto.
Abrió la carpeta azul.
Adentro estaba nuestra acta de matrimonio, con el régimen subrayado en amarillo: separación de bienes. Y abajo, el acta constitutiva de Muebles Lárraga, S.A. de C.V., de 2019.
Se rio, nervioso.
—¿Y? Ya sé cómo nos casamos.
—Abre la verde.
La carpeta verde tenía la escritura del local de la calle Independencia. Año 2016. Compradora: Xóchitl Ruvalcaba Íñiguez. Y pegado atrás, el contrato de venta de las doce hectáreas de agave de mi abuelo, con la transferencia de mi cuenta a la notaría.
Doña Amada estiró la mano y jaló la escritura. La leyó dos veces.
—¿Cómo que tuyo? —Me miró a mí y luego a su hijo—. Gustavo, tú me dijiste que ella nomás había ayudado con una parte.
Gustavo no contestó.
—Ese local no es bien mancomunado, señor Lárraga —dijo la licenciada, con voz tranquila—. Ni lo fue nunca. Es patrimonio propio de su esposa, pagado con una herencia. Y ustedes están casados por separación de bienes. Si se divorcian mañana, usted no tiene derecho ni a un metro.
Gustavo se puso pálido debajo del bronceado.
—Abre la amarilla.
La carpeta amarilla tenía cuatro avisos del banco. Septiembre, octubre, noviembre, diciembre. Cuatro renglones marcados con resaltador.
“95,000.00. Asesoría inmobiliaria. Marea Desarrollos Costeros.”
—Trescientos ochenta mil pesos de la cuenta de la mueblería —dije—. La mitad de ese dinero es de tu mamá.
Doña Amada se acercó las hojas a la cara.
—¿Marea qué? ¿Qué es esto, Gustavo?
—Una inversión, mamá. Un departamento en la playa. Es para el negocio.
—¿Con el dinero de tu papá? ¿Sin decirme?
Él no la miró.
—Abre la naranja.
La carpeta naranja tenía hojas impresas. Las pantallas del iPad. Con fecha y hora.
“Si se pone difícil, el niño es tu carta.”
“La provocas hasta que explote. Tú la grabas.”
“Les tomo una foto a los tres en el lobby. Ninguna mujer aguanta eso.”
Y abajo, la copia del poder que me quiso hacer firmar como “papeles del SAT”.
Gustavo se quedó mirando las hojas como si estuvieran en otro idioma.
—¿De dónde sacaste esto?
—Del iPad de tu hijo. Donde tú mismo pusiste tu cuenta.
Doña Amada leyó la primera hoja. La segunda. En la tercera se tapó la boca con la mano.
—¿Ibas a usar a mi nieto? —dijo bajito—. ¿Para quitarle su casa a tu esposa?
—Mamá, no es lo que parece…
—Abre la roja —lo interrumpí.
En la carpeta roja estaba la confirmación del Colegio Bahía Azul. Patricio Lárraga Ruvalcaba. Cuarto grado. Nuevo Vallarta. Ingreso: 2 de febrero.
Gustavo cerró los ojos.
—El jueves 8, cuando el juzgado regrese de vacaciones, presentamos la demanda —dijo la licenciada Zertuche—. Pedimos la guarda y custodia provisional para la madre, pensión para el niño y que el menor no cambie de domicilio ni de escuela sin autorización de la jueza. Esta inscripción va como prueba.
—Vas a seguir siendo su papá —le dije—. Lo vas a ver. Yo nunca le voy a hablar mal de ti. Pero de esta casa no te lo llevas.
Miró la última carpeta. La morada.
Yo se la acerqué.
—Falta una. Ésta no es para quitarte nada. Ésta es para que sepas quién es ella.
Y entonces Gustavo hizo algo que no esperaba.
Agarró la carpeta morada y la aventó contra la pared. Las hojas se regaron por el piso.
—¡Ya estuvo! —gritó—. ¿Querías humillarme enfrente de mi mamá? ¡Ya lo hiciste! No voy a abrir nada más.
Se paró. Sacó el celular. Salió al patio marcando.
Lo oí hablar en voz baja, rápido, desesperado. “Pris… sí… todo… no, no la abrí…”
Cuando regresó, ya no estaba pálido. Tenía otra cara. Una que yo nunca le había visto.
—Te metiste a mi cuenta, Xóchitl. Eso es un delito. Y esto no se queda así.
Agarró las llaves y se fue.
Doña Amada se quedó sentada un rato, con la escritura en las manos. Luego se levantó sin mirarme.
—Necesito pensar —dijo. Y se fue.
Recogí las hojas moradas del piso, una por una.
El domingo a las nueve de la mañana me marcó Maite. Lloraba.
—Xóchitl, perdóname. Vino Gustavo. Dijo que era su papá y que tenía derecho. Pato se fue corriendo con él. No pude hacer nada.
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