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Mi esposo se llevó a nuestro hijo a Vallarta en Año Nuevo y me mandó una foto con su exnovia: “¿Me vas a pedir que me regrese antes? 😏”. No le contesté ni un emoji. Esa noche saqué seis carpetas de colores y me quité el anillo. Él creía que yo nomás hacía cuentas. Cuando regresó, aventó la sexta carpeta contra la pared… sin saber que adentro estaba la verdad sobre la mujer de la foto.

Capítulo 2: «El local de la calle Independencia»

Para entender lo que pasó, tienes que saber cómo llegué a esa mesa.

Gustavo es el único hijo varón de doña Amada Orozco viuda de Lárraga.

Su familia tiene una mueblería en Tlaquepaque desde 1979. Muebles Lárraga. Comedores de parota, roperos tallados a mano, salas de piel, cabeceras con la Virgen de Guadalupe para los que se casan.

La fundó su papá, don Fidencio, que en paz descanse.

Yo conocí a Gustavo en 2013. Trabajaba en un despacho de auditoría en Guadalajara, Garibay y Asociados. Me mandaron a revisar los libros de la mueblería porque un proveedor los había demandado.

Encontré el error en dos días.

Gustavo me invitó a cenar al tercero.

Era simpático, alto, con la seguridad de los que crecieron siendo “el hijo de don Fidencio”.

Ese mismo año murió don Fidencio, de un infarto, atrás del mostrador.

La mueblería quedó a nombre de doña Amada. Gustavo se quedó a cargo de la tienda, sin nombramiento, sin papeles, nomás porque era el hombre.

Nos casamos en 2014, en la parroquia de San Pedro Tlaquepaque.

En el brindis, doña Amada me abrazó, me plantó un beso en la mejilla y dijo en voz alta, para que todos oyeran:

—Ojalá sepas cocinar igual de bien que sabes sumar, mija.

Todos se rieron.

Yo también. Porque era mi boda y no quería problemas.

Ese fue mi primer error. Me reí de algo que no me daba risa, para no hacer un problema.

Lo iba a repetir mil veces.

Desde que me casé, Gustavo me pidió que le ayudara con los libros de la mueblería “nomás un ratito”. Cuando nació Patricio, en 2016, me pidió que dejara el despacho.

—Ya no necesitas andar auditando a gente extraña, flaca. Ayúdame con lo de la tienda desde la casa. Con el niño.

Llevé la contabilidad de Muebles Lárraga once años. Sin sueldo. Sin nombramiento.

Tengo una costumbre que me quedó del despacho y que en la casa les daba mucha risa. Todo lo que tiene que ver con dinero lo guardo en carpetas de colores. Verde para inmuebles. Amarillo para bancos. Azul para actas. Una carpeta por asunto, con todo: el contrato, el recibo, la transferencia, la nota.

—Ya va la licenciada con sus carpetitas —se burlaba Gustavo cuando me veía ordenando en el comedor.

En las comidas de los domingos, en su casa de la colonia Jardines del Sol, siempre era igual. Alguna tía me preguntaba:

—¿Y tú a qué te dedicas, Xóchitl?

Y mi suegra contestaba antes que yo.

—Nomás hace cuentas. Desde su casa. Qué suerte tiene, ¿verdad?

Y Gustavo, con la boca llena de pozole, se reía.

—Las cuentas las hace ella. El dinero lo hago yo.

Yo servía el agua de jamaica. Y me callaba.

Pero hay algo que doña Amada nunca supo, porque su hijo nunca se lo contó bien.

En 2016, la mueblería estuvo a dos semanas de cerrar.

El local de la calle Independencia, donde estaba la tienda desde 1979, era rentado. El dueño se murió y sus hijos lo pusieron a la venta. Dos millones seiscientos mil pesos. Si se vendía a otro, nos sacaban en tres meses.

Gustavo no tenía ese dinero. Ningún banco le prestaba.

Ese mismo año murió mi abuelo, don Eligio Ruvalcaba, en Arandas. Me dejó doce hectáreas de agave.

Las vendí. Tres millones de pesos.

Compré el local. Escriturado ante notario, en Tlaquepaque.

A mi nombre.

Lo único que no me alcanzó fueron los gastos de escrituración y el impuesto. Ciento cuarenta mil pesos. Doña Amada me los prestó con un cheque de su cuenta, firmado por ella, directo a la notaría.

Se los pagué en catorce meses. Diez mil pesos cada mes, por transferencia, con el mismo concepto: “Abono préstamo escrituración”.

Cuando le hice el último pago, doña Amada me mandó con Gustavo una tarjetita de la Virgen de San Juan. Atrás, con su letra redonda de monjas, decía: “Liquidado. Gracias, mija. Amada.”

Fue la única vez en once años que me escribió algo.

La guardé en la carpeta verde, junto con la escritura.

Gustavo le contó a su mamá que yo había “ayudado con una parte de la herencia”. Nunca le dijo que el local entero lo había pagado yo.

Gustavo estuvo conmigo en la notaría. Me abrazó afuera, en la banqueta, llorando como niño.

—Me salvaste la vida, flaca. Te juro que nunca se me va a olvidar.

Se le olvidó en menos de tres años.

Para 2019, cuando alguien le preguntaba, Gustavo decía “mi local”. En las comidas, doña Amada contaba orgullosa que “mi hijo compró el local donde empezó su papá”. Y él no la corregía.

Yo tampoco.

Ese mismo 2019 hice otra cosa por la mueblería. Convertí el negocio de doña Amada en sociedad anónima. Muebles Lárraga, S.A. de C.V. Mitad de acciones para ella, mitad para Gustavo. Y a él, por fin, lo nombraron administrador único, ante notario.

Gustavo les dijo a todos que había sido idea suya.

Yo guardé el acta constitutiva en una carpeta azul.

Y nos casamos, por cierto, por separación de bienes. Lo exigió mi papá, que vio a su hermana perderlo todo en un divorcio. Gustavo firmó en el Registro Civil sin leer, riéndose.

—Lo que es mío es tuyo, flaca. El papel es lo de menos.

El papel nunca es lo de menos.

Eso, Gustavo lo iba a aprender en una mesa de comedor.

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