Capítulo 3 de 16
La tierra de Citlali
Conocí a Citlali Mendoza en 2016, en Teotitlán del Valle, cuando la cooperativa me mandó a revisar unas plantas de agave enfermas. Ella estaba sentada en el telar del patio de su mamá, tejiendo un tapete con grana cochinilla, y me corrigió el nombre de tres plantas sin levantar la vista.
Me casé con ella el 20 de octubre de 2018, a la manera del pueblo: la procesión por la calle principal, el chocolate de agua en jarritos, las señoras cargando canastas en la cabeza. Mi mamá no fue.
“Mi hijo no se casa entre borregos y telares”, le dijo a mi tía. A mí no me dijo nada. Nomás no llegó.
Luna nació el 3 de marzo de 2021. Citlali decía que iba a ser tejedora, agrónoma y presidenta municipal, en ese orden.
El paraje El Pozo son dos hectáreas y media a la salida del pueblo, rumbo al cerro. El papá de Citlali se las compró a un particular en 1990, con escritura, una de las pocas propiedades privadas de esa zona. Tienen algo que no tiene ningún terreno en cuarenta hectáreas a la redonda: el único pozo de agua. Ahí regábamos el agave, ahí llevábamos a Luna a ver las ranas.
Citlali se murió el 22 de enero de 2024. Una neumonía que empezó como gripa y se la llevó en nueve días. En su testamento, hecho en una notaría de Tlacolula cuando Luna nació, dejó El Pozo a nuestra hija.
Yo no supe ser viudo. Me quedé en la casa de Teotitlán tres semanas viendo el telar vacío, y luego hice lo más cobarde que he hecho en mi vida: acepté un trabajo en una planta embotelladora de Monterrey. Mi suegra, doña Eulalia, se acababa de operar la cadera y no podía cargar a una niña de casi tres años. Así que le dejé a Luna a mi madre, en su casa de Jalatlaco.
El 5 de febrero de 2024, antes de irme, fuimos a la Notaría 7 con el licenciado Plutarco Matus. Mi mamá me dijo que necesitaba un papel para inscribir a la niña en la guardería, llevarla al doctor, sacar actas. El licenciado redactó un poder general, para pleitos, cobranzas y actos de administración, y especial para todo lo relativo a mi hija. Yo firmé sin discutir. Era mi mamá.
Me quedé dieciséis meses en Monterrey. Hablaba con Luna por videollamada los domingos. Cada vez me decía menos cosas.
En mayo de 2025, en una de esas llamadas, Luna me preguntó en voz bajita si su mamá había sido “una india sucia”, porque así le decía la abuela. Esa noche renuncié.
El 1 de junio llegué a Jalatlaco un domingo a las nueve, mientras mi mamá estaba en misa. Empaqué las cosas de Luna en dos maletas y me la llevé a Teotitlán, con doña Eulalia. Le dejé a mi madre una nota en la mesa del comedor. Una nota. Así de cobarde fui otra vez.
El 9 de junio regresé a la Notaría 7 y revoqué el poder. El licenciado Matus me explicó que la revocación surtía efecto cuando se le notificara a la apoderada, y que la notaría se encargaba de mandarle la notificación. Me pareció perfecto. Así no tenía que decírselo en la cara.
Ese es mi defecto, el que Citlali me señalaba con cariño: evito los pleitos. Prefiero un papel a una discusión.
Pero tengo una costumbre que me salvó la vida más de una vez. En 2017, la cooperativa perdió un embarque completo de mezcal a Japón porque alguien extravió un certificado de origen. Desde entonces le tomo foto a cada papel que firmo y nunca borro un mensaje. Mi celular es un archivo muerto de facturas, actas, recibos y conversaciones de hace años. Rafa se burla. Dice que tengo memoria de notario.
En el celular tengo la foto de la revocación, con el sello de la notaría y la fecha: 9 de junio de 2025.
Bajo la buganvilia, le enseñé la pantalla a mi madre.
“Mamá, ese poder ya no existe. Lo revoqué hace más de un año. Con eso no podías firmar nada.”
Ella miró la foto con los ojos entrecerrados. Luego me miró a mí, como cuando yo tenía ocho años y le juraba que no había roto el florero.
“¿Revocar?”, dijo. “Yo nunca recibí nada.”
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