Capítulo 5 de 16
Lo que le pagaron a Jacinta
Nos sentamos en una banca del corredor, lejos de la sacristía. Luna estaba dormida en los brazos de Rafa, agotada de tanto llorar. Jacinta se retorcía las manos.
Tiene veinticuatro años, es de Tlacolula, estudia enfermería los sábados. Constanza la contrató el 26 de septiembre. Me dijo que era una amiga de una amiga, que cuidaba niños de buenas familias. Yo nunca la había visto antes de esa semana.
“Me iba a pagar ocho mil pesos por dos semanas”, me dijo. “Y veinte mil más después de la boda.”
“Veinte mil pesos por cuidar a una niña dos semanas.”
“Por cuidarla y por otras cosas.”
La primera cosa fueron unas fotos. Constanza le pidió que fuera a la casa de Teotitlán un martes en la mañana, cuando yo estaba en la cooperativa, y le tomara fotos al cuarto de Luna, a la cocina, al patio. “Son para el expediente del colegio”, le dijo. Pero le dio instrucciones muy precisas: el piso de tierra del taller de tejido, no el piso de loseta de la casa. El perro, Canelo, echado en la cama de la niña. Los trastes sin lavar.
“Yo moví al perro, señor. Lo subí a la cama. Y ella me dijo que si había ropa en el piso, mejor.”
“¿Y la nota?”
“La nota se la dio la señorita Constanza esta mañana, en la suite de las novias. Le dijo que era un secreto entre las dos. La niña la leyó con trabajo, letra por letra, y luego se quedó muy calladita. Cuando fui por un vaso de agua, se me escapó.”
La segunda cosa era la una y media. Mientras los novios salían al jardín entre arroz y fotos, Jacinta tenía que llevar a Luna por la puerta lateral hasta una camioneta gris del colegio. La abuela iba a estar ahí, con la maleta, “para que la niña no se asustara”.
“Y el señor Leopoldo me preguntó dos veces esta mañana a qué hora llegaba la camioneta”, agregó.
“¿Y yo? ¿Qué me iban a decir a mí cuando preguntara por mi hija?”
Jacinta bajó la mirada.
“Que se había quedado dormida con su abuela. Y después, que ya estaban en el viaje.”
En Bacalar. Con el celular en la caja fuerte.
Me levanté. Tenía que hacer algo antes de pensar demasiado.
En el corredor me alcanzó don Leopoldo. Me agarró del codo, con esa familiaridad de señor que sabe manejar a la gente.
“Damián. Hijo. Vamos a calmarnos. Esto es un malentendido de mujeres.”
“Su hija iba a mandar a la mía a Puebla sin decirme.”
“Mi hija quería lo mejor para todos.” Bajó la voz. “Mira, te voy a hablar como hombre. Esa solicitud del juzgado ya está en curso. Ese terreno va a acabar vendiéndose, con tu firma o sin ella. Firma la venta y te doy doscientos mil pesos para ti, aparte. Ni tu suegra se entera. Todos contentos.”
Me quedé mirándolo. Pensé en el sello del SAT en su portón. Pensé en “toda la boda” que según él estaba pagando.
“¿Cómo sabe usted que existe esa solicitud?”
Por primera vez, don Leopoldo no tuvo respuesta lista.
Salí al jardín. El mariachi estaba afinando. Las mesas tenían manteles de manta bordada y centros de mesa con flor de cempasúchil. Trescientas personas con copas de mezcal en la mano voltearon a verme. Busqué al coordinador del banquete.
“No hay boda.”
Lo dije en voz alta. Pagué los cuatrocientos veinte mil pesos del banquete y no recuperé ni un peso. Pero lo dije.
Los murmullos empezaron de inmediato. Las tías de Constanza, los compadres de mi papá que en paz descanse, los socios de la cooperativa. Ya me imaginaba lo que iban a decir en todo Oaxaca el lunes: que el viudo de Teotitlán dejó plantada a la novia en el altar.
Cuando me iba con Luna dormida en brazos, don Leopoldo me esperaba junto a la camioneta. Ya no sonreía.
“Piénsalo bien, Damián. La audiencia es el viernes 23. Con o sin ti.”
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