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En plena Nochebuena, frente a treinta personas, mi nuera me quitó el plato de la mesa y me dijo: “Aquí tú no pagas nada.” Mi hijo solo me pidió que no hiciera pleito. Así que dejé la servilleta sobre el plato vacío, tomé mi bolsa y me fui sin decir una palabra… con el sobre que pensaba abrir a las doce todavía adentro.

Capítulo 10 de 16

Novecientos mil

El lunes 11 de enero, a las ocho de la mañana, Gerardo me habló llorando.

No lo oía llorar desde el entierro de su papá.

“Amá. Me llegó un citatorio de la Fiscalía.”

Llegó a mi departamento en veinte minutos. Me puso en la mesa un papel con el escudo del estado. Fiscalía General de Justicia de Nuevo León. Se le citaba a comparecer el día 19, en calidad de investigado. Por el delito de fraude. Denunciante: Grupo Inmobiliario Lomas del Roble, S.A. de C.V.

“Siéntate y empieza por el principio, Gerardo.”

No empezó por el principio. Empezó por el final, como empiezan los que tienen miedo.

“Me prestaron novecientos mil pesos. En octubre. Firmé un papel. Ahora dicen que los engañé.”

“¿Qué papel?”

“Una promesa de compraventa.”

“¿De qué?”

Me miró. No dijo nada. No hacía falta.

En ese momento me sonó el teléfono. Un número que no tenía guardado. Un mensaje largo.

“Doña Aurora, buenos días. Soy Iván. Supongo que Gerardo ya le contó. No quiero que esto llegue a más. Lomas del Roble está dispuesta a retirar la denuncia si usted nos vende la propiedad en 9,000,000 de pesos. Es un precio justo considerando las circunstancias. Le adjunto la propuesta. Tiene hasta el 29. El mismo día que usted les dio para salirse. Me parece poético.”

Nueve millones. En agosto me ofrecía trece y medio. En enero, quince ochocientos. Ahora que tenía a mi hijo agarrado del cuello, nueve.

Le enseñé la pantalla a Gerardo. Se tapó la cara.

“¿Le firmaste algo a Iván sin leerlo, hijo?”

“Lo leí, amá. Pero no lo entendí.”

Esa tarde fui con la licenciada Amaranta Leos. Me la recomendó el licenciado Villagómez: “Es la mejor que conozco para cuando algo civil se vuelve penal”. Despacho en la colonia Obispado, una oficina sin adornos, con un solo cuadro de Benito Juárez.

Le expliqué todo lo que sabía. Ella escuchaba tomando notas en una libreta amarilla. Cuando terminé, se recargó.

“Doña Aurora, le voy a hablar claro, porque usted es de las que prefieren lo claro.”

“Por favor.”

“Si su hijo recibió dinero prometiendo vender una casa que no era suya, eso tiene riesgo. No digo que sea delito. Eso lo decide la Fiscalía y, en su caso, un juez. Pero una persona que recibe novecientos mil pesos por algo que no puede entregar puede verse en problemas. Y Lomas del Roble lo sabe. Por eso lo denunciaron. No para meterlo a la cárcel. Para tenerla a usted.”

“¿Y si vendo?”

“Retiran la denuncia. Su hijo se salva. Usted pierde la casa a la mitad de lo que vale. Y el señor Guajardo gana una fortuna.”

“¿Y si no vendo?”

La licenciada cerró su libreta.

“Necesito ver ese contrato. Completo. Cada cláusula. Y necesito que su hijo me diga la verdad, toda, aunque le cueste. Sin eso, no le puedo prometer nada.”

Esa noche no pude cenar. Me senté en el sillón de Eliud, con la luz apagada.

Pensé en La Huerta. En los ochenta nogales. En la promesa que le hice a mi esposo en el hospital y que rompí por su hijo. Pensé que a lo mejor esto era el castigo. Que a lo mejor lo justo era vender, salvar a Gerardo y regresar a mi departamento con mis diecisiete cajas.

Tres días después, el jueves 14, a las 11:30 de la noche, me llegó otro mensaje. Iván otra vez.

Esta vez no había texto. Solo un enlace a Facebook. Y una carita sonriente.

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