Capítulo 15 de 16
La familia Guajardo
El viernes 22 de enero, a las diez de la mañana, la licenciada Amaranta Leos y yo entramos a la Fiscalía General de Justicia del Estado. Gerardo venía con nosotras.
Nos atendió el licenciado Genaro Ayala, agente del Ministerio Público. Un hombre joven, de corbata delgada, que leía rápido.
Presentamos dos cosas. La primera, nuestra comparecencia en la carpeta que Lomas del Roble había abierto contra Gerardo: el contrato de promesa con su cláusula cuarta, que demostraba que el comprador sabía desde el principio que la casa no era de Gerardo. La segunda, una denuncia nueva, de Gerardo, por los hechos del SAT: el acuse que no existía, la notificación abierta con la e.firma, los mensajes de Iván.
No dijimos qué delitos eran. La licenciada Leos me lo explicó antes de entrar: “Nosotras contamos los hechos y entregamos las pruebas. La Fiscalía investiga. Un juez decide.”
El licenciado Ayala leyó la cláusula cuarta dos veces. Levantó la vista hacia Gerardo.
“Aquí su cuñado escribió que la dueña era su mamá.”
“Sí, licenciado.”
“Entonces no lo engañó usted a él.” Anotó algo. “Vamos a citar al señor Alanís.”
El domingo 24, Iván convocó a la familia. Un mensaje al grupo de WhatsApp de los Guajardo: “Reunión en casa de mis papás, 5 pm. Hay que hablar de lo de Aurora, por el bien de Emilia.” Marcela me lo reenvió.
Fui. Con la licenciada Leos. Con una carpeta.
La sala de los Guajardo estaba llena. Las mismas caras de la Nochebuena, las mismas de la Rosca. Don Eustaquio en su sillón. Doña Mirna en la cocina, asomada. Iván de pie junto a la vitrina, con camisa blanca y la tablet en la mano.
“Doña Aurora. Qué bueno que vino. Venimos a buscar una solución…”
“Ya la traigo”, le dije.
Abrí la carpeta en la mesa del comedor. Saqué los papeles uno por uno, en orden de fecha, como en el archivo. Los fui nombrando en voz alta.
El acta de Lomas del Roble, con su nombre. Las tres cartas. El certificado de noviembre. La promesa, con la cláusula cuarta. El acuse que no existía. La notificación del SAT abierta el 4 de marzo con la firma de una empresa que él manejaba.
Iván se rió. Una risa corta.
“Todo eso tiene explicación. Esto es un asunto de negocios que Gerardo no entendió.”
Entonces Marcela sacó su teléfono. Lo puso en la mesa. Le subió el volumen.
“Mañana ponla en su lugar. Que todos vean quién manda en esa casa.” Lo leyó ella, en voz alta. Luego le dio play al video. Siete minutos. Hasta el susurro.
“Ya, ya. Que se vaya. Y que venda.”
Nadie respiraba.
Don Eustaquio se levantó del sillón. Despacio. Le costó.
“¿Esa es tu voz, Iván?”
Iván ya no se reía. Me miró a mí. Y ahí, por primera vez, le salió lo que llevaba guardado siete años.
“¿Y qué? Usted me quitó a mi papá con una frase, señora. ‘Yo no le presto a quien vende lo que no existe.’ Delante de él. Desde ese día mi papá me ve como un ratero. Yo nomás quise hacer negocio con una casa que usted ni habita. ¿Qué le quitaba? ¡Si usted vive en un departamento!”
“Tu hermana y tu sobrina viven en esa casa”, le dije.
“Iba a haber departamento para ellas.”
“En el piso veinte”, dijo Marcela. “Después de dejarnos en la calle.”
Don Eustaquio se acercó a su hijo. No le gritó.
“En 2021 pagué un millón cien mil pesos por tus mentiras. Fue la última vez.” Luego se dio vuelta hacia su hija. “Y tú, Marcela. Tú le quitaste el plato a una señora en su propia casa.”
Marcela bajó la cabeza. Se le cayeron las lágrimas en la blusa.
Iván agarró su tablet y salió por la puerta del patio sin despedirse.
El martes 26, la licenciada Leos me habló. Darío Alanís se había presentado a declarar. Con su propio abogado. Dijo que él solo había puesto el nombre, que Iván manejaba todo, que el dinero del anticipo era de Iván, que las cartas las redactaba Iván. Altamira Desarrollos le mandó un escrito al Ministerio Público: no tenían ninguna relación contractual con Lomas del Roble, solo “pláticas preliminares”.
Esa noche Gerardo vino a mi departamento. Me ayudó a guardar las cajas otra vez contra la pared, una por una, en orden.
Cuando terminamos, se quedó en la puerta.
“¿Y la casa, mamá?”
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