Capítulo 13 de 16
La promesa
Gerardo llegó el sábado 16 a las nueve de la mañana. Esta vez no traía pan.
Traía una carpeta de plástico azul. La dejó en la mesa, entre mis cajas.
“Ya habló Marcela conmigo”, dijo. “Toda la noche. Ya no hay nada que esconder.”
Se sentó. Le serví café. Esta vez empezó por el principio.
En marzo de 2023, cuando la empresa empezó a crecer otra vez, Iván se ofreció a llevarle los asuntos fiscales. “Para que no le pagues a un extraño, cuñado.” Gerardo le dio todo: los contratos, las facturas y la e.firma de Transportes Leal, con su contraseña. “Así me ahorro estar firmando cada cosa”, me dijo, y bajó la vista. “Ya sé, amá. Ya sé.”
El 4 de marzo de 2026, el SAT le notificó un crédito fiscal. Una revisión del IVA de 2022. Ochocientos setenta mil pesos.
“Iván me dijo que no me preocupara. Que tenía defensa. Que había que meter un recurso, que él se encargaba.”
El 14 de abril, Iván le mandó por WhatsApp una foto. Un acuse de recibo del SAT. “Listo, cuñado. Ya quedó impugnado. Ahora a esperar.”
Gerardo se olvidó del asunto. Hasta el 22 de septiembre. Ese día llegó una carta del SAT: requerimiento de pago. El crédito estaba firme. Si no pagaba en quince días, embargaban los tractocamiones.
“Le hablé a Iván. Me dijo que el SAT se había equivocado. Que iba a pelear. Pero que mientras, había que pagar o me quitaban los camiones. Sin camiones no hay empresa, amá. Sin empresa, veintidós familias se quedan sin nada.”
“¿Y de dónde ibas a sacar ochocientos setenta mil pesos?”
“Él me los consiguió.”
El 9 de octubre, en el despacho de Iván, en Valle Oriente, Gerardo firmó. Sacó el papel de la carpeta azul y me lo puso enfrente.
“Contrato de promesa de compraventa.” Promitente vendedor: Gerardo Leal Villarreal. Promitente comprador: Grupo Inmobiliario Lomas del Roble. Objeto: la casa de Contry. Precio: nueve millones. Anticipo: novecientos mil pesos, recibidos a la firma. Plazo para firmar la escritura: un año.
“Iván me dijo que era puro papel. Que así la empresa me podía prestar sin intereses. Que tú algún día nos ibas a heredar la casa o nos la ibas a dar. Y que entonces la vendíamos y nos íbamos a un departamento nuevo.” Se le quebró la voz. “En la torre.”
Leí el contrato entero. Dos veces. Como me enseñó mi jefe.
En la cláusula cuarta encontré lo que buscaba:
“El promitente vendedor se obliga a gestionar y obtener la firma de la propietaria registral del inmueble, señora Aurora Villarreal Cantú, para la formalización de la compraventa.”
Iván lo escribió. De su puño, en su computadora, en su despacho. Iván sabía que la casa era mía. Lo puso por escrito.
“¿Por qué no me lo dijiste, Gerardo?”
“Porque el 22 de noviembre me dijiste lo de la sorpresa en Nochebuena. Me imaginé que era la casa. Pensé: si mi mamá nos la da, ya es mía. Ya no le mentí a nadie. Ya puedo cumplirle a Iván o pagarle sin que nadie sepa.” Se tapó los ojos. “Por eso no te defendí en la cena. Porque pensé que nomás faltaban cuarenta minutos para que todo se arreglara.”
Me quedé callada mucho rato.
“Y luego te fuiste”, siguió. “A las 11:58 me habló Iván. Estaba en el jardín, a diez metros, y me habló por teléfono. Me dijo: ‘Ya se fue, ¿verdad? Ahora sí vende.’ Y luego, en el pasillo, me dijo que me acordara de lo que firmé.”
Así que eso era. Mi hijo no calló por miedo a su esposa. Calló porque estaba esperando que su madre le salvara la vida a medianoche.
Nunca me había sentido tan madre y tan sola al mismo tiempo.
Le pedí la foto del acuse de abril. Me la reenvió.
Era un papel con el logotipo del SAT, un sello digital y un número de operación largo. Debajo, una cadena original.
Treinta y un años viendo folios y números de entrada. Una aprende cómo se ven los números de verdad. Tienen un orden. Una lógica. Un lugar para el año, otro para la oficina, otro para el consecutivo.
Este no.
“Gerardo”, le dije. “¿Quién es tu contador?”
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