Capítulo 4 de 16
Trailero con suerte
Gerardo llegó a mi departamento el 26 a las seis de la tarde.
Traía una bolsa de pan dulce de la panadería de su esquina y la cara de no haber dormido. Se sentó en el sillón donde se sentaba su papá. Le quedó grande.
“Perdóname, amá.”
Lo dejé hablar. Así me enseñó Eliud. A la gente hay que dejarla llegar sola a lo que viene a decir.
“No te defendí. Lo sé. No tengo cara.”
“¿Por qué, Gerardo?”
Se frotó la cara con las dos manos.
“Porque si abría la boca, se iba a saber todo. Delante de su papá. Delante de toda su familia.”
“¿Saber qué? ¿Que tu mamá te ayudó cuando estabas hundido? Eso no es vergüenza, mijo.”
“Para ellos sí.”
Y me contó lo que yo ya medio sabía.
El 20 de octubre de 2018, en su boda, en una quinta de Santiago, don Eustaquio Guajardo, el papá de Marcela, se paró a dar el brindis. Yo estaba ahí. Me acuerdo de todo. Levantó la copa y dijo, muy risueño:
“Por mi yerno. Un trailero con suerte.”
Se rieron todos. Gerardo también. Yo vi cómo se le apretó la quijada.
“Desde ese día me juré que esa gente no me iba a ver para abajo”, dijo mi hijo. “Cuando nos cambiamos a la casa de Contry, don Eustaquio me preguntó cómo la había comprado. Le dije que con un crédito de la empresa. Que yo la pagaba. Y Marcela se lo creyó. Y luego ya no supe cómo desdecirme.”
“Seis años, Gerardo.”
“Seis años.”
“¿Y lo que yo pagaba? ¿El predial, el seguro, la viga, la escuela de la niña?”
Bajó la mirada.
“Le dije que tú nos habías prestado para el enganche. Y que ya te habíamos pagado.”
Ahí estaba. Por eso Marcela me veía como a una visita que se mete donde no la llaman. Por eso “aquí tú no pagas nada”. En la versión que mi hijo le contó, yo era una señora que prestó un dinero hace años y luego se quedó a mandar.
No me dio coraje con ella. Me dio tristeza. Me dio una tristeza tan grande que tuve que pararme a poner el café.
Desde la cocina lo oí. El teléfono de Gerardo vibraba sobre la mesita. Lo dejó vibrar. Volvió a vibrar.
Regresé con dos tazas. La pantalla seguía encendida.
“Iván”, decía. Cuatro llamadas perdidas.
“Contéstale a tu cuñado.”
“Luego.”
“Cuatro veces en una hora, Gerardo. ¿Qué quiere Iván contigo el 26 de diciembre?”
“Cosas de la empresa. Él me ve lo del SAT desde hace tres años.”
No se rascó la ceja. Se puso a ver la taza.
Hay muchas formas en que un hijo miente. La de Gerardo siempre fue no mirar.
“Amá, por favor.” Dejó la taza. Se inclinó hacia mí, con las manos juntas, como cuando de niño pedía permiso para ir al Parque Fundidora. “Firma el 28. Como lo tenías pensado. Yo hablo con Marcela, la hago que te pida perdón, que te pida perdón delante de todos si quieres. Pero firma.”
“Ayer me pediste el sobre antes de preguntarme cómo estaba.”
“Estaba asustado.”
“¿De qué?”
No contestó.
“Te voy a decir lo que vi, Gerardo. Vi a tu esposa quitarme el plato. Vi a treinta personas callarse. Vi a mi hijo pedirme que no hiciera pleito. Y vi al hermano de tu esposa grabándome y sonriendo. Sonriendo, Gerardo. Como si ya hubiera ganado algo.”
Mi hijo se quedó blanco. Igual que en la cena.
“No le hagas caso a Iván. Así es él.”
“¿Así cómo?”
Se levantó. Agarró las llaves. En la puerta se dio vuelta. Ya no tenía voz de niño pidiendo permiso. Tenía voz de hombre que se está ahogando.
“Si no firmas el 28, mamá… no sabes lo que va a pasar.”
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