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La novia de mi hijo me señaló delante de doscientos treinta invitados y gritó: “¡Sácala de mi boda!” Una boda que yo pagué hasta el último peso. No le levanté la voz. Solo le dije que me iba… pero que alguien más tenía algo que decir. Y cuando se abrieron las puertas del salón, la novia se quedó sin aire.

Capítulo 10 de 16

Tres perlas

El martes 20 de octubre saqué mis cuentas en la mesa de la cocina, con la libreta y la calculadora de Lisandro.

En el banco tenía doscientos treinta mil pesos. Lo demás se había ido en la boda. La joyería no tenía liquidez: el dinero estaba en el oro, y una parte del oro ya no existía. Diego no me contestaba. Ramsés seguía yendo a trabajar todos los días, como si nada, porque la denuncia era contra mí y no contra él, y la licenciada Paz me había pedido que no lo corriera todavía. “Si lo corre ahora, parece venganza.”

Abrí la caja fuerte de mi recámara.

Ocho centenarios de oro que Lisandro y yo fuimos juntando, uno por cada año bueno. Mi anillo de bodas y el de él, que me quedé cuando lo enterramos. Su reloj, un Omega de oro que se compró en 1995 cuando abrimos la segunda vitrina.

Y el collar de perlas.

Fui al Nacional Monte de Piedad de la avenida Juárez a las diez de la mañana. Hice fila con señoras que llevaban licuadoras, jóvenes con laptops, un señor con una guitarra. El valuador pesó los centenarios, uno por uno, en una báscula igualita a la mía. Los anillos. El reloj.

“¿Y el collar, señora?”, me preguntó, cuando vio que lo traía puesto.

Me toqué las perlas. Conté tres.

“El collar no.”

Me dieron quinientos dos mil pesos y una boleta rosa. Seis meses para desempeñar.

Esa tarde le entregué a don Gil quinientos mil en una transferencia, con una carta firmada: el resto, en cuanto la Fiscalía aclarara qué pasó. Don Gil la leyó y me llamó por teléfono. No dijo nada durante un rato.

“Doña Irma, ¿empeñó lo de Lisandro?”

“Sí, don Gil.”

“Ay, señora.”

El miércoles 21 fui a la entrevista en la Fiscalía, con la licenciada Paz. La agente del Ministerio Público se llamaba Yesica Plascencia. Era joven, muy seria, con las uñas cortas y sin pintar. Me escuchó una hora entera. Vio la libreta. Vio el recibo del señor Higareda. Vio el video de Puebla. Tomó nota de todo.

“Señora Galván, le voy a ser sincera”, me dijo al final. “Usted explica muy bien lo que hizo el 7 de octubre. Y la libreta es impresionante. Pero hasta ahora, lo único que tengo que une a alguien con las piezas falsas es su clave en esa bitácora. Si usted dice que fue su sobrino, necesito algo que lo una a él. No a Puebla. A las piezas.”

Salí de la Fiscalía y me senté en una banca del jardín de enfrente.

Pensé que a lo mejor Delfina tenía razón. Que a lo mejor lo sensato era llegar a un arreglo. Firmar lo que Ramsés quisiera. Dejarle la joyería, que al fin y al cabo él decía que también era de su papá. Recuperar a mi hijo. Vivir tranquila mis últimos años.

Saqué de la bolsa una de las piezas falsas. Una esclava. La había traído para enseñársela a la licenciada Plascencia.

La vi a contraluz. La estrellita en el broche.

Lisandro siempre decía que una pieza falsa es como una mentira: alguien la tuvo que hacer con sus manos. Y quien hace algo con las manos, deja huella.

Alguien había grabado esa estrella. Treinta y siete veces aquí. Quién sabe cuántas en Puebla.

Le marqué a Ernesto.

“Ernesto, ¿quién graba esa estrella?”

“No sé, señora. Nunca lo supe. La Fiscalía de Puebla nunca lo preguntó.”

“Mañana voy para allá. Llevo una pieza. Usted conoce a los talleres de Puebla. Ayúdeme a buscar al que la hizo.”

Hubo un silencio.

“Señora Irma, lléveme una foto bien clara del broche. Con lupa.”

Le mandé la foto desde la banca. Tardó dos minutos en contestar. Luego sonó el teléfono.

“En 2023 nunca supe quién la hacía. Pero un compañero valuador me dijo ayer dónde la había visto. Es de un maestro de Xanenetla.”

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