Capítulo 5 de 16
La versión de Grecia
Le enseñé a Diego el recibo del señor Higareda, firmado a las 18:05 del 7 de octubre. Le enseñé la libreta, con mi letra: treinta y siete renglones con una cruz roja y la palabra “chapa”. Le enseñé la cadena con su estrellita.
“Abrí la bóveda porque encontré esto, mijo. No al revés.”
Diego lo vio todo. Tocó la cadena con la punta de los dedos, como si quemara. Luego se levantó.
“Necesito pensar, mamá.”
Se fue sin decirme si me creía.
El lunes 12, a las once de la mañana, tocaron el timbre de mi casa. Era Grecia. Sola. Con lentes oscuros, jeans y una blusa blanca. Sin una gota de maquillaje se veía de su edad: treinta años. Se veía cansada.
“¿Me deja pasar, señora?”
La dejé. Se sentó en la orilla del sillón de la sala, junto a la foto de Lisandro. No la miró.
“Vengo a ofrecerle un trato”, dijo. “Usted escribe una carta. Dice que ese señor se equivocó de persona. Que usted se dejó llevar. Yo se la enseño a Diego, y yo la perdono. Nos casamos en diciembre, en otra fecha, y aquí no pasó nada.”
“¿Y si no?”
Se quitó los lentes. Tenía los ojos rojos, pero la mirada dura.
“¿Sabe qué es lo que más coraje me da? Que usted me juzgó desde el primer día. Desde la pedida me vio como ratera. Me lo dijo con los ojos cuando le pregunté por su collar. Yo nomás quería platicar.” Se le quebró la voz, y no supe si era de verdad. “El Día de las Madres me humilló delante de toda su familia. ‘Las llaves no se dan por anillo.’ Su cuñada se rio en mi cara. ¿Y quería que en mi boda la sentara en primera fila?”
Me quedé callada. Porque una parte de lo que decía era cierta. Yo sí desconfié de ella desde el principio. Yo sí dije esa frase delante de veinte personas. Y a ninguna mujer le gusta que la traten de interesada frente a la familia de su novio.
Lo que no era cierto era todo lo demás.
“Grecia, ¿tú abriste la bóveda en agosto?”
“Yo tomo fotos para el Instagram. Diego me dio la clave para eso.”
“¿Y en julio?”
Parpadeó. Fue apenas un segundo.
“En julio no tenía clave. Ya lo sabe.”
“Ya lo sé.”
Se puso los lentes. Se levantó.
“Piénselo, señora. Usted ya no tiene edad para pleitos.”
Esa tarde fui a la joyería. Por primera vez en cuarenta años, me dolió entrar.
Ramsés estaba atendiendo a una pareja que buscaba anillos de compromiso. Cuando los clientes se fueron, me abrazó.
“Tía, qué bueno que vino. Tenemos que hablar de lo de don Gil.”
Don Gil Arámbula nos surte en consignación desde hace veinte años. Para diciembre siempre manda un lote grande: cadenas, esclavas, dijes de la Virgen, medallas de bautizo. Este año eran tres kilos doscientos gramos. Unos cuatro millones de pesos en oro. Llegaba al día siguiente, el 13.
“No lo vamos a recibir todavía”, le dije.
Ramsés dejó de sonreír.
“Tía, es temporada. Los clientes de diciembre. Las posadas, las primeras comuniones, los quince años. No podemos tener la vitrina vacía.”
“Hasta que yo sepa qué pasó con treinta y siete piezas, no entra un gramo más a esa bóveda.”
Lo vi apretar la quijada. Luego volteó hacia Yuliana, la empleada, que estaba limpiando el mostrador.
“Yuliana, el anillo de la vitrina dos se da en catorce mil, no en doce. Ya se lo dije a la señora mil veces.”
Delante de la empleada. A mí. En mi tienda.
Yuliana me miró. Yo no dije nada. Conté tres perlas.
Esa noche, a las nueve, me habló don Gil.
“Doña Irma, ¿todo bien? Me extrañó lo de mañana.”
“Nada más es una pausa, don Gil. Le explico después.”
Hubo un silencio en la línea.
“Es que Ramsés me habló hace rato. Me dijo que usted ya no manda en la joyería. Que ahora los pedidos los ve él.”
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