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La novia de mi hijo me señaló delante de doscientos treinta invitados y gritó: “¡Sácala de mi boda!” Una boda que yo pagué hasta el último peso. No le levanté la voz. Solo le dije que me iba… pero que alguien más tenía algo que decir. Y cuando se abrieron las puertas del salón, la novia se quedó sin aire.

Capítulo 9 de 16

El video

El viernes 16 de octubre, a las ocho de la noche, Grecia subió un video a su Instagram.

Yo no la sigo. Me lo mandó mi comadre Delfina, la madrina de bautizo de Diego, con un mensaje: “Ay, Irma. ¿Ya viste esto?”

Grecia estaba sentada en una cama, con una sudadera gris, sin maquillaje, con la luz de una lámpara de lado. Lloraba bonito. Hablaba a la cámara.

“Nunca pensé que iba a hacer este video. Pero ya no puedo más. El sábado era el día más feliz de mi vida, y mi suegra lo destruyó. Contrató a un actor para arruinar mi boda. Un señor que yo nunca había visto en mi vida. Me inventó un pasado. Delante de doscientos invitados. Todo porque nunca aceptó que su hijo se casara con una muchacha sin dinero, huérfana, de provincia.”

Luego ponía un pedazo de video del salón, grabado con el celular de algún invitado. Se veía a Grecia señalándome, pero sin sonido. Se veía a Ernesto entrando por las puertas blancas. Se veía a Grecia tapándose la cara.

Al final, Grecia miraba directo a la cámara.

“Y ahora me acusa de robar. A mí. Ya hay una denuncia en la Fiscalía, pero no contra mí. Contra ella. Porque la verdad siempre sale.”

Para el sábado en la mañana tenía cuatrocientas mil reproducciones. Lo compartieron páginas de chismes de Guadalajara. Una página de Zapopan le puso de título: “SUEGRA MILLONARIA PAGA A ACTOR PARA ARRUINAR BODA DE SU NUERA”. En los comentarios había de todo. “Qué señora tan mala.” “Pobrecita.” “Esas suegras de joyería se creen dueñas del mundo.” Alguien puso el nombre de la joyería. Alguien puso la dirección del local.

El domingo, en misa de doce en la parroquia del Santuario, dos señoras que me saludan desde hace veinte años se voltearon hacia el otro lado. Otra, en el atrio, me dijo bajito, para que yo oyera:

“Qué corazón tan duro.”

El lunes 19, en la joyería, tres clientes cancelaron pedidos. Una señora que nos encargaba las medallas de bautizo de toda su familia desde 1998 mandó a su chofer por el anticipo.

Y en el grupo de joyeros, pasó lo que yo no me esperaba.

Ramsés no había escrito nada en público. Pero alguien escribió por él. Un joyero de la calle Libertad, compadre de Ramsés, mandó un mensaje al grupo: “Compañeros, con mucha pena les informo que la señora Irma Galván está pasando por un momento difícil de salud. La familia pide que no se tomen en cuenta sus mensajes sobre piezas falsas. Es un tema familiar.”

Dos horas después, el administrador del grupo me sacó. “Por respeto a la familia”, me escribió en privado.

Mi comadre Delfina vino a la casa esa tarde. Trajo pan de dulce y una veladora de San Judas Tadeo.

“Irma, déjalo así. Por Dios santo. Ya perdiste la boda, ya perdiste a tu hijo, no pierdas también la joyería. Llega a un arreglo con Ramsés. Dale lo que quiera. Que se calme esto.”

“Delfina, ¿tú crees que yo cambié esas piezas?”

“Yo no creo nada, comadre. Yo nomás veo que todos están en tu contra. Y que tú sola contra todos, a tu edad…”

No terminó la frase. No hacía falta.

Esa misma noche, a las siete y media, tocaron la cortina de la joyería cuando yo estaba cerrando. Era don Gil Arámbula. Lo acompañaba un abogado joven, de traje gris, con un portafolios.

Don Gil y yo nos conocemos desde hace veinte años. Fue a la misa de cuerpo presente de Lisandro. Me abrazó en el panteón. Esa noche no me abrazó. Se quedó parado junto al mostrador, con el sombrero en la mano, sin mirarme a los ojos.

“Doña Irma, perdóneme. Yo no sé qué pasó en su bóveda. Ni quiero saber. Pero de las treinta y siete piezas, veintidós eran mías. Ochocientos sesenta mil pesos.”

El abogado puso un papel sobre el vidrio.

“Tiene una semana, señora. Para el lunes 26. Si no, procedemos.”

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