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La novia de mi hijo me señaló delante de doscientos treinta invitados y gritó: “¡Sácala de mi boda!” Una boda que yo pagué hasta el último peso. No le levanté la voz. Solo le dije que me iba… pero que alguien más tenía algo que decir. Y cuando se abrieron las puertas del salón, la novia se quedó sin aire.

Capítulo 15 de 16

La estrella

El martes 3 de noviembre, a las seis de la mañana, la Fiscalía entró a la casa de Ramsés en Tlaquepaque con una orden de cateo firmada por un juez de control.

Yo no estuve ahí. Me lo contó la licenciada Paz por teléfono a las once.

En un clóset, detrás de unas cajas de zapatos, encontraron una caja fuerte. Adentro había seiscientos diez gramos de piezas de oro. Muchas todavía con la etiqueta de la Joyería Ibarrola. Y un cuaderno. Ramsés también apuntaba. Fechas, piezas, gramos, a quién se las vendía, por cuánto. Desde 2023. Puebla incluida.

“Su sobrino aprendió de usted, doña Irma”, me dijo la licenciada. “Nomás que para lo contrario.”

El lunes 9 de noviembre fue la audiencia ante el juez de control. Yo fui con Diego. Nos sentamos en la última fila de la sala, como se sientan los que no quieren que los vean.

Ramsés entró con su abogado, con un pantalón de mezclilla y una camisa que no le quedaba. No me miró. Grecia entró después, con su abogado, sin esposas, vestida de negro. Se sentó lejos de él.

El Ministerio Público expuso todo. Duró dos horas. El juez escuchó, preguntó, leyó. Al final dijo lo que yo esperaba oír desde el 7 de octubre:

Que había datos suficientes para vincular a proceso a Ramsés Ibarrola y a Grecia Arzate Tovar. Que el proceso seguiría. Que mientras tanto, a los dos se les imponían medidas cautelares. A Ramsés, no acercarse a la joyería ni a mí ni a mi familia, y no salir del estado. A Grecia, firmar cada quince días y no salir del país.

Esa misma semana, la Fiscalía de Puebla sacó del archivo temporal la carpeta de la Joyería Robles. Ernesto me habló llorando. Llevaba tres años y medio esperando esa llamada.

La denuncia de Ramsés contra mí se quedó sin nada que la sostuviera. La licenciada Paz se encargó del resto.

Grecia borró su video el día 10. No pidió perdón. Solo lo borró.

El administrador del grupo de joyeros me escribió el 11: “Doña Irma, le debemos una disculpa. La volvemos a agregar, si usted quiere.” Y luego, uno por uno, empezaron a llegar mensajes al grupo. Joyeros del Bajío, de Guadalajara, de Puebla, que revisaron sus aparadores y sus bóvedas buscando una estrellita. Dos la encontraron.

Mi comadre Delfina vino a la casa con pan de dulce. No traía veladora esta vez. Se sentó en la cocina y no dijo nada durante un rato. Luego me agarró la mano.

“Perdóname, comadre. Te dejé sola.”

“Me dejaste, Delfina. Pero aquí estás.”

Diego vino el sábado 14. Se sentó en la silla de su papá. Le quedaba mejor que antes.

Habló mucho rato. De la clave que yo no le di en 2024. De lo que sintió. De cómo Grecia llegó justo a ese hueco y lo llenó. “Me decía que yo valía más de lo que tú pensabas. Y yo le creí, porque quería creerle.”

“Yo sí sabía lo que valías, mijo. Lo que no supe fue decírtelo.”

“Ya me lo dijiste. Con treinta y siete cruces rojas.”

Se rio, por primera vez en un mes. Luego se puso serio. Metió la mano en la bolsa de su chamarra. Sacó un papel doblado y lo puso sobre la mesa, frente a mí.

Era rosa. Lo reconocí antes de tocarlo. La boleta del Monte de Piedad.

Sujeto con un clip, había un sobre del banco. Adentro estaba el dinero completo para sacar lo de su papá.

“Ya no la debes, mamá.”

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