Capítulo 14 de 16
Lo que firmó Lisandro
El lunes 26 de octubre, a las nueve de la mañana, Diego y yo entramos juntos a la Fiscalía del Estado de Jalisco.
Él cargaba la caja con los papeles. Yo cargaba la libreta.
La licenciada Yesica Plascencia nos recibió en la misma oficina. Esta vez no tomó notas en una hoja. Abrió una carpeta nueva.
Le entregamos todo, en el orden que la licenciada Paz y yo armamos el domingo en mi comedor, como se arma un expediente.
La declaración por escrito del maestro Celedonio Tlatelpa, que había viajado desde Puebla el sábado para firmarla ante notario y que se ofreció a venir a ratificarla. Su cuaderno de pedidos, en copia. Las fotos del terciopelo con el bordado de la joyería. Los comprobantes de las transferencias de la cuenta de Ramsés. El catálogo de don Gil y el pedido de sesenta piezas del 28 de septiembre. Los mensajes de Grecia a Dalia. El video de Puebla. La copia de la carpeta de investigación de Puebla. Y los mensajes que Grecia, por su propia voluntad, entregó ese mismo día por medio de su abogado, porque había decidido colaborar.
Y la bitácora de la bóveda. Completa. Diego la descargó de la aplicación.
La licenciada Plascencia la comparó con las fotos que Ramsés le mandó al maestro por WhatsApp. Lo hizo en silencio, con una regla, renglón por renglón.
14 de marzo, 19:52. Apertura de bóveda, clave de Ramsés. 19:58, foto enviada al maestro: una cadena sobre el terciopelo azul.
2 de abril, 20:15. Clave de Ramsés. 20:21, foto.
Así treinta y siete veces. Siempre de noche. Siempre con su clave. Siempre una foto seis o siete minutos después.
Y luego las entregas. Cada vez que el maestro mandaba un paquete por paquetería a Guadalajara, en los días siguientes aparecía otra apertura con la clave de Ramsés. Cuatro, cinco minutos. El tiempo de cambiar una pieza por otra.
“¿Y la del 7 de octubre a las 21:40?”, preguntó la licenciada.
Le puse enfrente el recibo del señor Higareda, firmado a las 18:05. Y la libreta, con mis treinta y siete cruces rojas y la hora en que terminé: 23:50. El señor Higareda ya había dicho por teléfono que estaba dispuesto a declarar.
La licenciada cerró la carpeta.
“Señora Galván, voy a solicitar lo que corresponda ante el juez de control. No le puedo decir más.”
No necesitaba más.
Esa tarde fui sola a casa de mi cuñado Celso. Vive en la colonia Oblatos, en una casa de un piso con un patio lleno de jaulas vacías. Ya no tiene gallos. Tiene setenta años, diabetes y una tele prendida a todo volumen.
Le dije a qué iba. No se sorprendió. Ya sabía. Ramsés le había hablado el domingo, gritando.
Saqué de mi bolsa la libreta de 2009. La abrí en la primera hoja. Desdoblé el papel que Lisandro me pidió guardar.
Era un recibo. Escrito a mano, con la letra apretada de un hombre que no estaba acostumbrado a escribir.
“Recibí del señor Lisandro Ibarrola la cantidad de $400,000 (cuatrocientos mil pesos) para saldar la totalidad de las deudas de su hermano Celso Ibarrola. Guadalajara, 3 de marzo de 2009.”
Abajo, la firma del prestamista. Y abajo de eso, con otra tinta, con la letra de Celso:
“Hermano, gracias. Que esto quede entre nosotros. Que mi Ramsés nunca sepa.”
Seiscientos mil en el contrato. Cuatrocientos mil por debajo de la mesa, para que Celso no tuviera que decirle a su esposa y a su hijo que se había jugado todo en los palenques. Un millón de pesos. Lo que valía su parte. Lisandro le pagó completo. Y yo puse el precio de seiscientos en el papel porque así me lo pidió mi esposo, para que su hermano no quedara en vergüenza.
Celso tomó el recibo con las manos temblando. Lo leyó. Lo volvió a leer. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Apagó la tele.
“Yo le dije a mi hijo que ustedes me robaron”, dijo. “Era más fácil que decirle lo de los gallos.”
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