Capítulo 2 de 16
Lo que pasó en Puebla
Ernesto no le dio el sobre a Grecia. Se lo dio a mi hijo.
Diego sacó las hojas con las manos torpes. Yo estaba a dos metros. Alcancé a ver todo, porque ya lo había visto la noche anterior por WhatsApp, foto por foto, sentada en mi cocina hasta las dos de la mañana.
La foto de la catedral. Al reverso, con letra de mujer: “Isaac y Grecia. Pedida. Octubre 2022”.
Una invitación de boda, de papel grueso con letras doradas: “Grecia Tovar e Isaac Robles. Sábado 17 de junio de 2023. Parroquia de San José, Puebla.”
Copias de un expediente de la Fiscalía de Puebla, con sellos y firmas. Una denuncia del 5 de junio de 2023 por el robo de mil trescientos gramos de oro de la Joyería Robles, calle 3 Norte, centro de Puebla.
Y fotos de piezas de joyería. Cadenas, esclavas, anillos. Al lado de cada una, una pieza idéntica. En una de las fotos, una lupa sobre el broche. Dentro del broche, chiquitita, una estrella grabada.
Diego levantó la cara. Ya no estaba pálido. Estaba gris.
“¿Grecia Tovar?”
“Me están confundiendo.” La voz de Grecia salió aguda, rara. “Ese no es mi nombre. Yo me llamo Grecia Arzate.”
“Tovar es el apellido de tu mamá”, dijo Ernesto, sin levantar la voz. “Así te presentaste con mi hermano. Y eras güera.”
“¡Esto es una mentira! ¡Ella le pagó!” Grecia me señaló otra vez. Pero ya no se reía. “Diego, tu mamá nunca me quiso. Contrató a este señor para arruinarme el día.”
En ese momento entró el juez. El licenciado Rogaciano Pérez, con su carpeta de actas bajo el brazo y su secretaria detrás. Se detuvo en la orilla del pasillo. Vio las caras. Vio el sobre abierto. Llevaba treinta años casando gente. Supo leer el salón en dos segundos.
“¿Procedemos, joven?”, le preguntó a mi hijo, con mucha calma.
Diego miró las fotos. Miró a Grecia. Me miró a mí.
“Hoy no firmo, licenciado.”
Grecia se quitó el velo de un jalón. Lo aventó sobre la mesa del juez, sobre las actas en blanco. Se fue por la puerta lateral, sin mirar a nadie, con el vestido arrastrando. Dalia corrió detrás de ella.
Los doscientos treinta invitados empezaron a hablar todos a la vez.
Ernesto se acercó a Diego. Le puso una mano en el hombro.
“Lo siento, muchacho. De verdad. Pero mi hermano no tuvo a nadie que llegara a tiempo.”
Diego no contestó. Se sentó en una silla dorada de la primera fila, con las hojas en el regazo, y se quedó viendo la foto de la catedral.
Yo no me acerqué. Una madre sabe cuándo su hijo necesita que no lo toquen.
Fue entonces cuando apareció Ramsés.
Ramsés Ibarrola es mi sobrino. El hijo de Celso, el hermano menor de mi esposo. Treinta y ocho años. Trabaja en la joyería desde 2017, encargado de compras y de la bóveda. Le dice “tía Irma” con una dulzura que a veces me empalaga.
Esa noche se me acercó con mi bolsa en la mano.
“Tía, vámonos. Aquí ya no tiene nada que hacer. La llevo a su casa.”
Antes de que pudiera decir que no, ya me había tomado del brazo.
En la camioneta fue amabilísimo. Me puso el aire acondicionado. Me ofreció agua. Me dijo que qué barbaridad, que pobre Diego, que quién se iba a imaginar. Y luego, en el semáforo de Ávila Camacho, preguntó como si nada:
“¿Y ese señor le dejó copias, tía? De los papeles. ¿Dónde los guardó?”
“No me dejó nada”, le mentí.
“Ah. Mejor. Esas cosas nomás traen problemas.”
Me dejó en la puerta de mi casa, en la colonia Ladrón de Guevara. Esperó a que yo abriera. Me mandó un beso por la ventana.
Me quité los zapatos. Me quité el collar. Me senté en la cocina con la luz apagada.
A las 11:50 de la noche sonó el teléfono. Era Ernesto, desde un hotel de la avenida Vallarta.
“Señora Irma, hay algo que no le dije en el salón. No quise decirlo delante de su hijo.”
“Dígame.”
“En Puebla ella no lo hizo sola. Alguien vino de Guadalajara por el oro.”
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