Capítulo 14 de 16
Las lágrimas de Paola
El miércoles 26 de noviembre, a las seis de la tarde, la sala de doña Rosalba estaba llena como en un cumpleaños. Pero nadie había llevado mole.
Estaban Cristina y su esposo. La tía Cuca, la tía Tere. Mauricio, de pie junto a la ventana. Doña Rosalba en su sillón. Y yo, en una silla del comedor, con una carpeta en las piernas, porque doña Rosalba me había pedido que llevara “los papeles”.
Paola llegó a las seis y cuarto. Traía a Julia en un portabebé, envuelta en una cobijita rosa. Ocho días de nacida. Se veía cansada y bonita, con el pelo recogido.
Me vio y se le borró la sonrisa. Luego se le llenaron los ojos de lágrimas, muy rápido, como si las tuviera listas.
“¿Ella qué hace aquí? Suegra, acabo de parir. No puedo creer que me hagan esto. Esta mujer me está acosando desde el baby shower. Me tiene de los nervios, se me va a ir la leche…”
La tía Cuca se levantó a ayudarle con la pañalera. Cristina le acercó una silla. Así funcionaba Paola. Así había funcionado siempre.
Doña Rosalba no se movió.
“Siéntate, Paola. Nadie te va a hacer nada. Nomás queremos que nos expliques unas cosas.”
Me miró. Abrí la carpeta y puse sobre la mesa de centro las capturas del chat de Jessica, impresas, con su permiso. 25 de octubre de 2021, 12:14. “No le digas a nadie. Yo me encargo.”
Paola las miró. Se secó los ojos con la manga.
“Jess está loca. Siempre me ha tenido envidia.”
“Jessica ya declaró en la Fiscalía”, le dije. “Y le escribió a la clínica para confesar que rompió la confidencialidad. Nadie hace eso por envidia.”
Puse la guía de Estafeta. “Recibió: P. Esquer.” Puse la hoja con la marca de agua de la jacaranda.
Paola volteó hacia Mauricio.
“Él me lo pidió.” La voz le cambió. Ya no lloraba. “Él me dijo que no quería saber nada de ella. Que la bloqueara. Que le regresara todo. ¿Verdad, Mau? ¡Dile!”
“Yo no sabía que estaba embarazada”, dijo Mauricio desde la ventana, sin voltear. “No me lo dijiste. Nunca.”
“¡Porque tú no lo querías saber! ¡Tú me dijiste que ella era un error, que habías perdido siete años!”
“¡Tú me dijiste que la habías visto con otro! ¡Tú me dijiste que la invitara! Que te vio en su laboratorio, que iba a andar contando lo de la in vitro, que todos tenían que ver quién era la del problema.”
“¡Y tú escribiste la tarjeta, Mauricio! ¡Con tu letra!”
La tía Tere se persignó. Julia empezó a llorar en el portabebé. Cristina la cargó y se la llevó al patio.
Puse el recibo falso sobre la mesa. Y la constancia de la clínica. Y la captura del verificador del SAT.
“¿Y esto, Paola?”
“Eso me lo dio Jessica.”
“Jessica trabajó en la clínica hasta 2022. Ese recibo tiene un folio que la clínica empezó a usar en 2023. Y un folio fiscal de una factura de marzo de 2024.” Hice una pausa. “Karen Villalobos ya dijo que tú le pediste su factura en octubre.”
Paola se quedó callada. Miró alrededor. A la tía Cuca, que ya no le estaba sosteniendo la pañalera. A doña Rosalba. A Mauricio, que seguía de espaldas.
Y entonces se le cayó la cara. No las lágrimas: la cara entera. La que tenía para la familia.
“¿Y qué querían?” Se levantó. “¿Que me quedara de asistente toda la vida? ¿Que me regresara al sillón de mi padrastro? Ustedes nunca me quisieron. Nunca. Para usted, suegra, la nuera buena siempre fue esta.” Me señaló con la barbilla. “La que no podía darle nietos. Yo sí se los di. ¡Yo sí!”
Nadie le contestó. Era lo peor que le podía pasar a Paola: decir la frase más fuerte de su vida y que nadie aplaudiera.
Doña Rosalba se puso de pie despacio. Fue al patio, regresó con Julia en brazos y se la puso a Paola en los suyos, con mucho cuidado.
“Mi nieta se queda con su mamá. Siempre. Y va a tener a su abuela.” Le acomodó la cobijita. “Pero en esta familia ya nadie va a mentir por ti, Paola.”
Paola salió sin despedirse. Oímos arrancar el taxi.
Mauricio se sentó en el piso, junto a la ventana, con la espalda en la pared. Como un niño castigado.
Doña Rosalba sacó del cajón de la cómoda un cuaderno de pasta verde y un fólder. Me los dio.
“Las nóminas del salón. Treinta y ocho mil al mes. Y aquí, mi cuaderno de retiros. Cada semana Mauricio saca efectivo de la caja ‘para gastos’. Cuarenta y cinco mil al mes, en promedio, desde hace tres años. Yo lo anoto todo, como Clemente.” Me sostuvo la mirada. “Doce mil pesos. Qué vergüenza, Mauricio. Con tus propios hijos.”
Luego se volvió hacia la familia entera.
“Treinta y un años guardé el secreto de mi hijo”, dijo doña Rosalba. “El 10 de diciembre lo voy a decir delante de una jueza.”
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