Capítulo 8 de 16
Casi firmo
Lo pensé toda la semana: en el camión, en la toma de muestras, en la regadera.
El martes, una paciente me reconoció en la toma de muestras por la foto que alguien había subido a un grupo, y le pidió a otra química que la atendiera. El miércoles llegó el primer descuento de la pensión provisional: tres mil seiscientos pesos. Según el salón, Mauricio ganaba doce mil al mes. El administrador de un salón de eventos en Providencia. Doce mil.
El jueves, mi mamá amaneció con la presión en ciento setenta. Pasó la mañana en urgencias del IMSS, con un suero en el brazo y el rosario en la otra mano. La cuidó Marlene, porque yo no podía faltar. Cuando pasé por ella en la tarde, todavía con el brazalete del hospital, me agarró la mano en el estacionamiento.
“Haz lo que te deje dormir, mija”, me dijo. “Lo que sea. Yo te voy a querer igual.”
No supe si me estaba pidiendo que firmara o que no.
Esa noche, Tobías me preguntó, mientras le ponía la pijama:
“Mami, ¿por qué la gente te grita en el teléfono?”
Porque sí me gritaban. Números desconocidos. “Interesada”. “Mentirosa”. Una señora me dejó un audio de dos minutos rezándome el rosario para que “me arrepintiera”.
Quinientos mil pesos. Pensé en la casita de Tlaquepaque, que todavía debía al Infonavit. Pensé en la universidad de los niños. Pensé en que podía cerrar mi Facebook otra vez, cambiar de número, mudarme a Querétaro como dijo Paola. Desaparecer y que se olvidaran de nosotros.
El sábado 11 de octubre, a las once de la mañana, fui al despacho del licenciado Ruezga en avenida Chapultepec. No le avisé a mi abogada. Me dio vergüenza.
Era una oficina de vidrio en un sexto piso, con aire acondicionado demasiado frío. El licenciado era bajito, de traje café, con un anillo de graduación enorme. Me ofreció agua de una botella de vidrio.
Puso el convenio frente a mí. Cuatro páginas. Una pluma negra encima.
“Nada más firme en las cuatro, señora. El cheque está listo.”
Leí. Porque leo todo, aunque ese día me hubiera gustado no hacerlo.
En la cláusula segunda, yo “reconocía que el señor Mauricio Peregrina Salcido no tenía vínculo biológico ni jurídico con los menores”. En la tercera, me comprometía a “no solicitar a ninguna institución pública o privada información médica relacionada con el señor Peregrina”.
Tomé la pluma. La destapé. Apoyé la punta en la línea.
Y me acordé de Dante con su corbata de cartulina en el camión. “Mami, ¿mi papá existe?”
Si firmaba eso, la respuesta iba a ser no. Con mi firma. Para siempre.
Y me acordé de otra cosa. De la voz de locutor del licenciado por teléfono: “antes de que se empiecen a pedir papeles a la clínica”.
¿Por qué le daba tanto miedo a Mauricio un expediente médico? Si él había “salido perfecto”. Si los niños no eran suyos. Un expediente así no le hacía daño a nadie.
A menos que dijera algo que él no quería que nadie leyera.
Dejé la pluma sobre la mesa. Tomé el convenio con las dos manos y lo rompí por la mitad. Luego otra vez.
El licenciado Ruezga ni se inmutó. Se quitó los lentes, los limpió con la corbata.
“Está cometiendo un error, señora. Mi cliente tiene pruebas de que esos niños no son suyos. Pruebas documentales. El día veinte las va a presentar en el juzgado, y entonces ya no habrá medio millón.”
Me levanté.
“Su cliente le tiene miedo a un papel, licenciado”, le dije. “Y yo quiero saber cuál.”
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