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Mi exesposo levantó su copa en el baby shower de su nueva esposa y dijo, delante de todos, que perdió siete años con una mujer que no pudo darle hijos. Algunos se rieron. Yo dejé mi copa en la mesa y me fui sin decir una palabra. No sabía que, por el pasillo, venían corriendo dos vocecitas a contestarle por mí.

Capítulo 15 de 16

La audiencia

La sala de audiencias del Juzgado Quinto de lo Familiar es más chica de lo que uno se imagina. Paredes blancas, una mesa en forma de U, una pantalla, una cámara que lo graba todo. Y la jueza Patricia Olague al frente, con su toga negra y unos lentes que se quitaba cada vez que alguien decía algo importante.

Miércoles 10 de diciembre de 2025, diez de la mañana.

Yo estaba con la licenciada Gallegos. Mauricio con el licenciado Ruezga, que ya no tenía voz de locutor. Atrás, en las sillas, doña Rosalba con su blusa verde jade, la misma del baby shower. Y Marlene.

Los niños se quedaron con mi mamá. No quise que vieran nada de esto.

La jueza abrió el dictamen del Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses. Noventa y nueve punto noventa y nueve. Luego el expediente de la clínica. Luego, por videollamada, la doctora Bracamontes confirmó la inseminación del 11 de octubre de 2021, con muestra del señor Peregrina, y que no hubo ningún otro procedimiento.

Después le tocó a doña Rosalba.

Se sentó frente a la cámara con la espalda derecha. Dijo su nombre completo. Dijo que era la dueña de Salón Peregrina desde la muerte de su esposo. Y que su hijo ganaba treinta y ocho mil pesos de nómina más unos cuarenta y cinco mil al mes en retiros de caja, que ella anotaba en un cuaderno que entregó al juzgado.

“Mi hijo es mi hijo, señora jueza”, dijo al final. “Pero esos niños también son mis nietos. Y los dejamos solos tres años. No voy a dejar que los dejemos solos con doce mil pesos.”

Mauricio no levantó la vista.

El contador Pimentel, citado como testigo, aguantó cuatro preguntas. A la quinta reconoció que había firmado la constancia de doce mil “por instrucciones del señor Peregrina”, y pidió que constara que lo sentía.

Entonces el licenciado Ruezga pidió la palabra.

“Su señoría, mi cliente se desiste del documento exhibido como recibo de la clínica. Manifiesta que lo recibió de su esposa, de buena fe, sin conocer su origen.”

La jueza se quitó los lentes.

“Se tiene por desistido, licenciado. Y se da vista al Ministerio Público con copia certificada, que ya tiene una denuncia sobre el mismo documento.”

Después hubo un receso de cuarenta minutos. Cuando volvimos, el licenciado Ruezga traía una propuesta escrita y Mauricio había firmado cada hoja.

Reconocía a Dante y a Tobías como sus hijos. Pensión de veinticuatro mil novecientos pesos mensuales, el treinta por ciento de sus ingresos reales. Alimentos retroactivos desde el nacimiento: la licenciada Gallegos había presentado mis cuarenta carpetas, una por cada mes desde junio de 2022, con cada ticket de farmacia, cada recibo del kínder y cada zapato. Un millón doscientos doce mil cuatrocientos pesos en tres años y cuatro meses. Mauricio pagaría la mitad: seiscientos seis mil doscientos, a una cuenta de ahorro para los estudios de los niños. Y me devolvería los ciento ochenta mil pesos de mi tanda.

La jueza preguntó por los apellidos.

El licenciado Ruezga dijo que lo natural era “Peregrina Zepeda”.

“Los niños se llaman Zepeda desde hace tres años”, dijo la licenciada Gallegos. “En el kínder, en el IMSS, en su casa. Es su nombre.”

La jueza me miró.

“¿Qué quiere usted, señora?”

“Que lleven los dos”, dije. “Pero el mío primero. Porque fui yo la que estuvo.”

La jueza tardó. Escribió algo. Y resolvió que, atendiendo al interés superior de los menores, se inscribirían como Dante y Tobías Zepeda Peregrina.

Salí de la sala sin sentir las piernas, igual que aquella tarde de 2021 en el salón. Pero esta vez por otra razón.

En el pasillo de la Ciudad Judicial, junto a la máquina de café, Mauricio me alcanzó. Sin abogado. Con las manos en los bolsillos.

“Lucía.”

Me detuve.

“¿Puedo conocerlos?” La voz le salió rota. “Aunque sea de lejos.”

Lo miré. El hombre que levantó una copa para decir que había perdido siete años conmigo. El que se paró a llorar en el sillón de su papá con un ultrasonido en la mano.

No le contesté. Todavía no.

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