Capítulo 11 de 16
El folio
El miércoles 5 de noviembre extendí todo sobre la mesa de la cocina, como hago en el laboratorio cuando un resultado no cuadra: el recibo falso de un lado, las copias del expediente de la clínica del otro.
En el expediente venían los recibos de 2020 y 2021. Todos tenían el mismo tipo de folio: dos letras y cuatro números. RB-0884. RB-1102. El de la inseminación: RB-1187.
El recibo de Mauricio decía CB-21-0612. Dos letras, un guion, el año, otro guion, cuatro números.
Era otro formato.
Busqué en la página de la clínica. En “Nuestra historia” había una línea del tiempo con fotos. 2009: abrimos en avenida Chapultepec. 2016: primer bebé por FIV. 2023: “Cambiamos de nombre comercial a Clínica de Fertilidad Bracamontes (antes Reproducción Bracamontes) e inauguramos nuestro Banco de Donantes, el primero certificado de la zona”.
2023.
En 2021 la clínica no tenía banco de donantes. Ni siquiera se llamaba igual. Por eso los folios de entonces decían RB: Reproducción Bracamontes. El que hizo ese recibo copió uno de 2023 en adelante y le cambió la fecha. No sabía que el folio también tenía edad.
Lo tercero lo aprendí con la licenciada Gallegos, que me llamó por teléfono mientras yo seguía en la cocina.
“El código largo de abajo, Lucía. El folio fiscal. Todas las facturas electrónicas tienen uno, y se pueden verificar en la página del SAT. Métase al verificador y póngalo.”
Lo hice. La página me pidió el folio fiscal, el RFC de la clínica y el RFC del receptor. Puse el mío, el que venía impreso en el recibo.
“No se encontró el comprobante con los datos proporcionados.”
Lo intenté otra vez, letra por letra. Lo mismo.
Ese mismo día, la licenciada le pidió a la clínica, por escrito, una constancia sobre el recibo. La respuesta llegó el viernes 7 en la mañana, en papel membretado, firmada por la doctora Raquel Bracamontes: el folio CB-21-0612 no existía en su sistema; la clínica no ofrecía servicios de banco de donantes antes de marzo de 2023; el folio fiscal anotado en el recibo correspondía a una factura real, emitida en marzo de 2024 a otra paciente, cuyo nombre no podía revelar sin orden judicial. Y la paciente Lucía Zepeda Aranguren no tenía ningún procedimiento registrado después del 25 de octubre de 2021.
Esa tarde, la doctora me llamó a mi celular. No a la abogada. A mí.
“Lucía, soy Raquel Bracamontes.”
Hacía cuatro años que no escuchaba su voz. Me acordé de su mano en mi hombro el día de la inseminación.
“Le debo una disculpa”, me dijo. “En 2020 le pedí a su esposo que le dijera la verdad. Le insistí dos veces. Él me dijo que lo iba a hacer, que necesitaba tiempo. Y en las consultas yo hablaba de ‘el factor’, creyendo que usted sabía. Debí asegurarme. Debí preguntarle a usted directamente. No lo hice, porque es incómodo. Y usted pagó lo incómodo por mí.”
No supe qué decir. Le di las gracias. Las dos lloramos un poco por teléfono, como dos tontas.
“¿Y los niños?”, me preguntó al final.
“Tienen tres años. Uno es igualito a él.”
“Cinco por ciento”, dijo ella, y se rio bajito. “Siempre le digo a mis pacientes que cinco no es cero.”
En la noche, ya acostada, pensé en el recibo. Alguien había tenido en sus manos una factura real de la clínica, de 2024, de otra paciente. Alguien que conocía el logotipo, el formato, el colibrí. Mauricio decía que se lo había dado “una persona que trabajó en la clínica”.
¿Quién?
El sábado 8 de noviembre, a las siete y media de la mañana, me llegó un mensaje de un número desconocido. Ya me había acostumbrado a no abrirlos. Este lo abrí porque empezaba con mi nombre.
“Señora Lucía. Soy Jessica Nava. Trabajaba en la recepción de la clínica. Necesito hablar con usted antes de que Paola diga que fui yo.”
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