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Mi exesposo levantó su copa en el baby shower de su nueva esposa y dijo, delante de todos, que perdió siete años con una mujer que no pudo darle hijos. Algunos se rieron. Yo dejé mi copa en la mesa y me fui sin decir una palabra. No sabía que, por el pasillo, venían corriendo dos vocecitas a contestarle por mí.

Capítulo 9 de 16

Banco de donantes

El lunes 20 de octubre, Mauricio contestó la demanda. El martes en la mañana la licenciada Gallegos me la leyó en su despacho, con la taza de “No es personal, es procesal” fría entre las manos.

Treinta y una páginas. Negaba todo. Que los niños fueran suyos, que yo lo hubiera buscado, que hubiera recibido ninguna carta. Decía que la separación había sido “por la imposibilidad de la señora de concebir” y que, después de que él dejó el domicilio, yo “buscó por su cuenta un embarazo por medios ajenos al matrimonio”.

Y anexaba una prueba.

La licenciada me pasó la copia. Era un recibo con el logotipo de la Clínica de Fertilidad Bracamontes, el mismo colibrí azul que yo había visto cien veces en la puerta de cristal.

“Folio CB-21-0612. Fecha: 02/11/2021. Paciente: Lucía Zepeda Aranguren. Concepto: Banco de donantes. Muestra de donante A-117. Inseminación intrauterina. Total: $14,800.00 MXN.”

Abajo, un código largo de letras y números, el folio fiscal.

Lo leí tres veces. Se me secó la boca.

“Lo presentaron como documental privada”, dijo la licenciada. “Con eso pide que se suspenda la pensión provisional y que se le libere de la presunción de paternidad. Dice que lo obtuvo de ‘una persona que trabajó en la clínica’.”

También anexaba una constancia firmada por el contador del salón, Arnoldo Pimentel: sueldo mensual del señor Peregrina, doce mil pesos.

“¿Y la jueza?”

“No le suspendió la pensión. Pero ordenó la prueba de ADN en el Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses. Y reiteró a la clínica que mande el expediente completo.” Me miró. “Es buena noticia, Lucía. Él solito acaba de abrir la puerta que no quería abrir.”

No me sentí con buenas noticias.

El miércoles 22, a las nueve de la noche, Paola publicó otra vez. La foto del recibo, con mi nombre y el código borrosos, pero el logotipo de la clínica y la palabra “DONANTES” bien claros.

“No quería llegar a esto. Pero ya basta de mentiras. Aquí está la verdad sobre esos niños. Mi esposo no tiene por qué cargar con los hijos de un desconocido. Pido respeto para mi familia.”

Tres mil comentarios en una noche.

Alguien encontró la página del Laboratorio San Rafael y empezó a dejar reseñas de una estrella. “Aquí trabaja la mentirosa del baby shower.” “¿Así manejan mis muestras?” “No confío en una mujer que miente sobre sus propios hijos.”

El jueves, el maestro Alonso Covarrubias, director del laboratorio, me llamó a su oficina. Es un buen hombre. Me contrató en 2014, cuando yo no sabía ni poner un torniquete. No me podía ver a los ojos.

“Lucía, nadie aquí cree nada de eso. Pero los dueños están nerviosos. Tómate dos semanas. Con goce de sueldo. Mientras se calma.”

Dos semanas sin trabajar. Tres mil seiscientos pesos de pensión. Una hipoteca del Infonavit. Mi mamá con la presión alta. Dante sin querer ir al kínder. Tobías preguntando por qué la gente me gritaba.

Esa fue la semana en que toqué fondo.

Una tarde me encontré parada frente a la estufa sin saber cuánto tiempo llevaba ahí, viendo hervir el agua del arroz que ya se había consumido. Mi mamá me apagó la lumbre sin decir nada y me sentó en una silla.

“Ya, mija”, me dijo. “Ya diste mucho.”

“No he dado nada, amá. Todavía no he hecho nada.”

A las dos de la mañana del viernes seguía en la mesa de la cocina, con la copia del recibo bajo la lámpara. La miraba como miro una muestra que no cuadra. Soy química: cuando un resultado no tiene sentido, no se discute con el resultado. Se revisa de dónde salió.

Abrí la página de la clínica en el celular para comparar el logotipo. Era el mismo colibrí. Bajé por la página sin buscar nada en particular: “Nuestros servicios”, “Nuestro equipo”, “Nuestra historia”.

Luego volví al recibo. A la fecha. Dos de noviembre de 2021.

Y me levanté de la silla tan rápido que la tumbé.

Busqué en la caja de zapatos. La beta. Lunes 25 de octubre de 2021. Positivo. Cuatrocientos doce.

El 2 de noviembre de 2021 yo ya llevaba ocho días sabiendo que estaba embarazada.

Nadie se insemina con un donante estando embarazada. Ni la clínica más corrupta del mundo lo haría.

Yo no había vuelto a pisar esa clínica después del 25 de octubre de 2021. Pero alguien había fabricado un papel que decía lo contrario.

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