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Mi exesposo levantó su copa en el baby shower de su nueva esposa y dijo, delante de todos, que perdió siete años con una mujer que no pudo darle hijos. Algunos se rieron. Yo dejé mi copa en la mesa y me fui sin decir una palabra. No sabía que, por el pasillo, venían corriendo dos vocecitas a contestarle por mí.

Capítulo 13 de 16

Dos latidos

El domingo 23 de noviembre, doña Rosalba me pidió que fuera a su casa. “Mauricio quiere hablar contigo. Paola está con su mamá, por la cuarentena. Nadie más.”

Fui sola. Marlene se quedó afuera, en el coche, con la radio prendida.

La casa de Jardines del Country olía igual que siempre: a cera para muebles y a café de olla. En la sala, sobre la cómoda, ya no estaba la foto del niño del caballito de madera. Estaba en mi casa, en el buró de Tobías.

Mauricio estaba sentado en el sillón de su papá. Flaco, sin rasurar, con los ojos rojos. Cuando entré se levantó, como se levantaba en los eventos cuando llegaba un cliente importante. Luego no supo qué hacer con las manos y se volvió a sentar.

“Vi el resultado”, dijo. “Lo vi diez veces.”

No contesté. Saqué de mi bolsa el sobre de Estafeta. Cerrado. Con la hoja impresa pegada al frente. Lo puse sobre la mesa de centro, frente a él.

“Esto te lo mandé el 13 de diciembre de 2021. Me lo regresaron cerrado el 20. Nunca lo abrí. Ábrelo tú.”

Lo miró como si fuera a morderlo. Leyó la hoja del frente. “No vuelva a escribir. M.”

“Yo no escribí esto.”

“Ábrelo.”

Rompió el sello con el dedo, despacio. Sacó tres hojas escritas a mano con mi letra de química, apretada y derecha. Y el ultrasonido. Dos círculos negros. Dos manchitas blancas. “Dos latidos. 9 semanas 4 días.”

Leyó la carta completa. Yo la recordaba de memoria. “Mauricio, sé que no quieres saber de mí. Pero esto no es mío, es de los dos. Si no quieres estar, dímelo tú. No me lo mandes decir.”

Cuando llegó al final se tapó la cara con las dos manos. Doña Rosalba, en la puerta de la cocina, se agarró del marco.

Le pasé una hoja más. La guía de Estafeta con el acuse que me había llegado por correo electrónico en 2021 y que yo, claro, había impreso y guardado. “Entregado: miércoles 15/12/2021, 11:42. Domicilio: Salón Peregrina. Recibió: P. Esquer.”

“Paola recibía todo mi correo”, dijo, casi sin voz. “Todo. Yo ni lo abría. Ella me decía qué era importante.”

“La hoja del frente está impresa en papel del salón. Con la marca de agua de la jacaranda.”

La tomó. La puso contra la luz de la ventana. Ahí estaba.

Luego, sin que nadie se lo pidiera, sacó su celular. Lo vi buscar en WhatsApp, en ajustes, en privacidad. Contactos bloqueados. Volteó la pantalla hacia mí.

Uno solo. “Lucía 💛”. Así me tenía guardada desde que éramos novios.

“Yo nunca te bloqueé, Lucía. Te lo juro por mi papá. Ella manejaba mi teléfono cuando yo estaba en junta. Contestaba a los clientes. Yo nunca…”

“Ya sé”, le dije. “Jessica me enseñó el chat. ‘Yo me encargo’. Paola lo supo antes de que yo terminara de llorar en la escalera de la clínica.”

Se quedó callado. Y entonces, como hacía siempre que algo le salía mal, buscó por dónde defenderse.

“Tú me exhibiste delante de toda mi familia, Lucía. En el cumpleaños de mi mamá. ‘Todavía no sabemos de quién es el problema.’ Toda la mesa se rio de mí. Yo nomás me defendí.”

“Tú ya sabías de quién era el problema. Desde septiembre de 2020. Lo tienes con tu nombre en un expediente de ciento doce hojas.” Me salió tranquilo. Eso fue lo que más le dolió, lo vi. “Tú no supiste de tus hijos porque ella te lo escondió. Yo no supe nada de nada porque tú me lo escondiste a mí. Siete años, Mauricio. Me inyecté la panza siete años por algo que tú sabías.”

Doña Rosalba entró a la sala. Se sentó a mi lado, no al de él.

“Y yo lo sabía desde antes”, dijo. “Desde 1994. Le dieron paperas a los catorce años, muy fuertes, y se le complicaron. El doctor del Hospital Civil me dijo que podía tener problemas para ser papá. Nunca se lo dije a nadie. Ni a Clemente. Cuando no llegaban los nietos, dejé que todos pensaran que eras tú, Lucía. Era más fácil. Mi hijo era mi hijo.”

Me tomó la mano. La de la venda ya sin venda.

“Treinta y un años guardé eso. Perdóname.”

No le dije que sí. Todavía no podía. Pero no le solté la mano.

Mauricio miraba el ultrasonido. Le pregunté lo último que me faltaba.

“¿Y los ciento ochenta mil pesos de mi tanda? La clínica dice que nunca pagaste la in vitro.”

Tardó mucho en contestar. Cuando lo hizo, fue tan bajito que doña Rosalba tuvo que inclinarse.

“Los ciento ochenta mil… se los di a ella. El departamento. Los muebles. Un viaje a Vallarta. La inseminación la pagué con lo que sobró.”

Doña Rosalba se levantó. Se alisó la blusa. Tenía la cara que ponía cuando un proveedor le quedaba mal con un evento.

“El miércoles, Paola viene a esta casa”, dijo. “Con su bebé, si quiere. Y va a estar toda la familia.”

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