HomeHistoriasMi exesposo levantó su copa en el baby shower de su nueva...

Mi exesposo levantó su copa en el baby shower de su nueva esposa y dijo, delante de todos, que perdió siete años con una mujer que no pudo darle hijos. Algunos se rieron. Yo dejé mi copa en la mesa y me fui sin decir una palabra. No sabía que, por el pasillo, venían corriendo dos vocecitas a contestarle por mí.

Capítulo 3 de 16

Salí perfecto

Esa noche, cuando los niños se durmieron, me senté en el piso de la recámara, entre sus dos camitas, y me puse a recordar desde el principio.

Conocí a Mauricio en 2012, en una boda en Salón Peregrina. Yo era la prima de la novia. Él era el hijo del dueño, el que andaba de mesa en mesa asegurándose de que a nadie le faltara nada. Me sacó a bailar “La Bikina” y me pisó dos veces. Pidió perdón las dos.

Nos casamos el sábado 5 de abril de 2014, en la parroquia de San Pedro Tlaquepaque, con fiesta, claro, en el salón de su familia. Yo tenía veintisiete años y acababa de entrar al Laboratorio Clínico San Rafael. Química farmacobióloga. Mi trabajo es ver lo que hay dentro de una muestra de sangre y escribirlo sin equivocarme.

Durante cinco años no nos preocupamos. “Ya llegará”, decía mi suegra. “Cuando Dios quiera.”

Dios no quiso. En marzo de 2020, en plena pandemia, con cubrebocas y gel en la entrada, fuimos por primera vez a la Clínica de Fertilidad Bracamontes.

La doctora Raquel Bracamontes nos pidió estudios a los dos. A mí me tocaron hormonas, ultrasonidos y un estudio de trompas que todavía recuerdo con escalofríos. Salió que mi reserva ovárica era algo baja para mi edad. “Algo baja”, subrayó la doctora. “No imposible.”

A Mauricio le tocaba un espermiograma. Un estudio de quince minutos.

Le ofrecí hacérselo en mi laboratorio, gratis, con el mejor equipo. Me dijo que no, que le daba pena que mis compañeros lo vieran. Fue solo, a un laboratorio de andrología en la Minerva, un lunes de septiembre. Yo estaba en turno.

En la noche llegó con una pizza y me dio un beso en la frente.

“Salí perfecto, flaca. Puros campeones.”

No me enseñó el papel. Dijo que lo había mandado directo a la clínica. Yo, que me paso la vida pidiendo que me enseñen los resultados, no se lo pedí. Lo abracé. Me sentí aliviada y, al mismo tiempo, culpable. Si él estaba perfecto, la del problema era yo.

Así empezó todo.

Tres ciclos de tratamiento. Inyecciones en la panza que me ponía yo sola en el baño, porque a él le daban miedo las agujas. Ultrasonidos cada tercer día. Esperas de dos semanas. Pruebas negativas. Lloraba en la regadera para que no me oyera. Él me abrazaba poco y me hablaba menos.

En la familia, la culpa ya tenía dueña.

El sábado 13 de febrero de 2021 fue el cumpleaños sesenta y dos de doña Rosalba, en el jardín de su casa en Jardines del Country. Mole, birria, mariachi. Las tías en una mesa larga. A media comida, la tía Cuca me agarró del brazo.

“¿Y el bebé pa’ cuándo, mija? Ya van siete años. ¿Ya fuiste con el doctor? Porque luego son cosas de la mujer que se arreglan con un tecito.”

Llevaba un año de inyecciones. Estaba cansada. Y por primera vez, no sonreí.

“Todavía no sabemos de quién es el problema, tía.”

La tía Cuca soltó una carcajada y volteó hacia Mauricio.

“¿Y si eres tú, Mauricio?”

Toda la mesa se rio. Hasta el mariachi se rio.

Mauricio se puso blanco. Luego rojo. Dejó la cerveza en la mesa con cuidado, se levantó y se fue a la cocina.

“Ay, Cuca, no digas tonterías”, dijo otra tía. “Con aquellas paperas que le dieron de chamaco, pobrecito, y mira qué grandote quedó…”

“¡Ya, Tere!”, la cortó doña Rosalba. Muy rápido. Demasiado rápido. “¿Quién quiere más mole?”

Nadie volvió a tocar el tema. Yo no le di importancia. ¿Qué tenían que ver unas paperas con nada?

Esa noche, en el coche, Mauricio no me habló. Al llegar a la casa me dijo, sin mirarme:

“Me exhibiste delante de toda mi familia.”

“Mauricio, yo nomás dije la verdad. No sabemos…”

“Yo sí sé. Salí perfecto. Te lo dije.”

Desde ese día dejó de llegar a cenar. Empezó a quedarse “cerrando eventos” hasta la una. Yo pensé que era el trabajo. Que era el dolor. Que se le pasaría.

Hoy sé que no fue el trabajo.

Sentada entre las camitas de mis hijos, cuatro años después, me di cuenta de algo que me dio vergüenza: nunca vi ese resultado. Ni una vez. Yo, que guardo todo.

Porque eso sí: yo guardo todo. Es deformación profesional. En el clóset tengo una pila de carpetas, una por mes, desde junio de 2022. Cada ticket de farmacia, cada recibo del kínder, cada zapato, cada consulta del pediatra. Mi mamá se burla. Dice que soy la única mujer de Tlaquepaque que tiene archivados los recibos de los pañales.

Y en lo más alto del clóset, detrás de las cobijas, hay una caja más.

Me paré en una silla. La bajé. Una caja de zapatos de cartón, con un listón azul.

Esa noche bajé del clóset una caja de zapatos con un listón azul. Llevaba casi cuatro años sin abrirla.

Continúa en la siguiente página