Capítulo 10 de 16
El expediente
El sábado 1 de noviembre pusimos el altar en la sala de mi mamá.
Papel picado naranja y morado, cempasúchil del mercado de Tlaquepaque, un vaso de agua, sal, pan de muerto. Y la foto de mi papá, don Isidoro Zepeda, al que todos en el barrio le decían Yeyo: con su gorra de las Chivas, sentado en el cofre de su Tsuru.
Los niños pusieron, cada uno, un carrito de juguete al lado de la foto.
“¿Para que el abuelo Yeyo maneje en el cielo?”, preguntó Dante.
“Para que no se aburra”, dijo Tobías.
Les conté que su abuelo vendía refacciones en la calle Juárez y que silbaba “Guadalajara” desafinado. Que me llevaba en hombros a ver los fuegos artificiales de las fiestas de Tlaquepaque. Que cuando yo me casé, en la fiesta, me dijo al oído: “Si algún día no eres feliz, mija, tu cuarto sigue aquí”.
No le hice caso. Me quedé siete años en un lugar donde no era feliz, porque tenía miedo de que la gente dijera que la que fallaba era yo.
Tobías se quedó dormido en mis piernas frente a las veladoras. Dante le acomodó el pelo, el remolino rebelde de la coronilla, igualito al de la foto del caballito de madera.
El lunes 3 de noviembre, a las diez de la mañana, la licenciada Gallegos me llamó.
“Llegó el expediente de la clínica. Ciento doce fojas. Véngase a la Ciudad Judicial. Lo tiene que ver usted.”
Nos lo prestaron en una mesa del área de consulta del juzgado, con un secretario mirándonos desde su escritorio. La licenciada lo abrió. Yo pasaba las hojas.
Mis estudios. Mis hormonas. Mis ultrasonidos. Mi reserva ovárica “algo baja”. Tres ciclos de estimulación, tres negativos.
Luego una hoja con el logotipo de un laboratorio de andrología de la Minerva. Fecha: lunes 14 de septiembre de 2020.
Paciente: Mauricio Peregrina Salcido.
Concentración espermática: 2 millones por mililitro. Valor de referencia: 16 millones o más.
Motilidad progresiva: 8 por ciento.
Diagnóstico: oligoastenozoospermia severa.
Leí la palabra dos veces. La conozco. La he escrito en informes de otros hombres. Sé lo que significa.
Debajo, una nota a mano de la doctora Bracamontes, del 21 de septiembre de 2020: “Se comenta resultado con paciente masculino. Antecedente de orquitis por parotiditis a los 14 años. Solicita no compartir el resultado con su pareja por el momento. Se le explica la importancia de informarla. Se recomienda ICSI”.
Orquitis por parotiditis. Paperas. Aquellas paperas de chamaco.
Pasé otra hoja. Cotización ICSI, noviembre de 2020: ciento ochenta y dos mil pesos. Abajo, un sello: “No se realizó pago”.
Otra: inseminación intrauterina, lunes 11 de octubre de 2021. Dieciocho mil quinientos pesos, pagados con tarjeta de crédito, titular Mauricio Peregrina Salcido. Consentimiento informado firmado por los dos. Muestra recibida a las 8:10, “identificación del paciente verificada con INE”. Y una nota: “Se informa a la pareja probabilidad de éxito aproximada de 5 por ciento por factor masculino severo”.
A la pareja. A mí nadie me dijo “factor masculino”. Yo estaba en la camilla. Él estaba en la oficina de la doctora.
Beta del 25 de octubre: positiva. Ultrasonido del 3 de diciembre: “embarazo gemelar, dos latidos”. Y una última línea: “Paciente no regresa a control. Se refiere a IMSS. No se registran procedimientos posteriores”.
No se registran procedimientos posteriores. Ni el 2 de noviembre, ni nunca.
Cerré el expediente. Me temblaban las manos, pero no de miedo.
Siete años. Siete años de inyecciones en la panza, de tecitos de la tía Cuca, de “algo baja” repetido como si fuera mi nombre. Siete años de pedir perdón. Y él tenía el papel desde el primer año. Con su letra no: con la de un laboratorio. Lo escondió, me dejó cargar con todo, y luego se paró con una copa en la mano a decir que había perdido siete años conmigo.
Ahora entendía su cara en el estacionamiento. “Esos niños no pueden ser míos.” Él sabía que tenía cinco por ciento de probabilidad. Se fue cinco días después de la inseminación, convencido de que había fallado. Y cuando vio a dos niños de tres años con su remolino, prefirió creer que yo lo había engañado antes que creer en ese cinco por ciento.
La licenciada me puso una mano en el hombro.
“¿Está bien?”
“Sí”, dije. Y era verdad. Por primera vez en años, la culpa no era mía.
Pero había algo más en esa hoja, algo que no me dejaba levantarme de la silla. La cotización de la ICSI. El sello. “No se realizó pago”.
Si nunca pagó los ciento ochenta y dos mil… ¿dónde quedaron los ciento ochenta mil que yo le di?
Continúa en la siguiente página