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Mi exesposo levantó su copa en el baby shower de su nueva esposa y dijo, delante de todos, que perdió siete años con una mujer que no pudo darle hijos. Algunos se rieron. Yo dejé mi copa en la mesa y me fui sin decir una palabra. No sabía que, por el pasillo, venían corriendo dos vocecitas a contestarle por mí.

Capítulo 2 de 16

Esos niños

“¡Mami!”

Las puertas blancas se abrieron de golpe. Tobías entró primero, con la playera amarilla de fuera y la cara roja de tanto correr. Dante venía detrás, con un zapato desamarrado, gritando lo mismo.

Me quedé parada un segundo, sin entender. Ellos no tenían que estar ahí. Luego los tuve encima, colgados de mi cuello, de mis brazos, de mi vestido, y me fui agachando sin soltarlos.

“Escuchamos los aplausos”, me dijo Dante al oído, muy orgulloso. “Pensamos que ya te ibas a ir sin nosotros.”

Me reí y lloré al mismo tiempo. No pude evitarlo.

Entonces se oyó un cristal romperse.

Levanté la cara. Doña Rosalba había soltado su copa. El champán se le había regado en los zapatos beige y en el pantalón blanco, y los pedazos brillaban en el piso. Ella ni los miraba. Tenía la boca abierta y los ojos fijos en Tobías.

Tobías, con su playerita amarilla, se había parado justo al lado del tablero de fotos. Justo al lado de un niño de tres años con la misma playera, el mismo pelo oscuro peinado de lado y el mismo remolino en la coronilla.

Doña Rosalba miró a mi hijo. Luego la foto. Luego a su hijo.

Mauricio había bajado la copa. Paola se agarraba de la orilla de la mesa con las dos manos.

Nadie hablaba. Hasta el de la música había parado.

“¿Lucía?”, susurró doña Rosalba, como si le costara respirar. “Esos niños…”

Me levanté con uno de cada mano. Tuve que pasar junto a ella para salir. Me detuve.

“Tienen tres años y tres meses, doña Rosalba”, le dije, bajito, nada más para ella. “Haga las cuentas.”

Y salí.

Marlene me esperaba en el pasillo, pálida, con las llaves en la mano.

“Perdón, perdón, Lucy. Se me soltaron. Fui al baño con Dante y Tobías se fue corriendo, y Dante detrás…”

“Ya, Marle. Vámonos.”

Estábamos subiendo a los niños a las sillitas cuando oí pasos rápidos en la grava del estacionamiento.

Era Mauricio. Sin copa, con la camisa más abierta que nunca.

“Lucía. Espérate.”

Cerré la puerta del coche para que los niños no escucharan. Me quedé recargada en ella.

“¿Qué es esto? ¿Qué numerito es este?”

“No es ningún numerito. Tú me invitaste.”

“¿De quién son?”

Lo dijo así. No “¿son míos?”. “¿De quién son?”.

Me dolió más de lo que esperaba.

“Hace cuatro años fui a decírtelo, Mauricio. A tu oficina. Y te mandé una carta.”

Frunció la frente. De verdad la frunció.

“¿Decirme qué? Yo nunca recibí nada.”

“No me mientas. No ahora.”

“No te estoy mintiendo.” Se pasó la mano por la cara. Respiró. Y luego dijo, en voz baja, con una seguridad que me heló la sangre: “Esos niños no pueden ser míos, Lucía. No pueden.”

“¿Por qué no?”

Abrió la boca. La cerró.

“¡Mauricio!” Era la voz de Paola, desde la puerta del salón, alta y dulce. “¡Amor! ¡Te está buscando tu mamá! ¡Se cortó con el vidrio!”

Él volteó. Volvió a mirarme.

“Esto no se queda así”, dijo. Y se fue corriendo hacia ella.

Marlene arrancó. En el asiento de atrás, Tobías pegó la cara a la ventana.

“Mami, ¿por qué esa señora tiró su vaso?”

“Porque se espantó, mi amor.”

“¿De nosotros?”

“No. De algo que ella sabía y nosotros no.”

No sé por qué le dije eso. Me salió solo.

En el semáforo de avenida México me acordé de golpe de dónde conocía a la muchacha de pelo rizado. La recepción de la Clínica de Fertilidad Bracamontes, en avenida Chapultepec. Durante año y medio, cada vez que yo llegaba a una inyección, a un ultrasonido, a un análisis, ella me sonreía detrás del mostrador y me decía “Ánimo, señora Lucía”. Se llamaba Jessica. Tenía su nombre en un gafete.

¿Qué hacía la recepcionista de mi clínica en el baby shower de Paola?

Lo anoté en el celular, como anoto todo. Soy química. En un laboratorio, lo que no se anota no existió.

Pero esa noche, lo que no me dejaba dormir no era Jessica.

Era la cara de Mauricio en el estacionamiento. Yo lo conocía. Siete años casados. Conocía su cara de mentir, de presumir, de hacerse el ofendido.

Esa no era ninguna.

Mauricio no estaba fingiendo. Lo vi en sus ojos: de verdad creía que esos niños no podían ser suyos. Y yo no entendía por qué estaba tan seguro.

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