Capítulo 7 de 16
Trescientos días
La licenciada Nora Gallegos tenía su despacho en un segundo piso de avenida Hidalgo, encima de una papelería. Cuarenta y seis años, lentes de armazón rojo, una taza que decía “No es personal, es procesal”.
El lunes 22 de septiembre le conté todo. Desde la pizza de “salí perfecto” hasta Paola en la salita de la curva de glucosa. Le enseñé la caja: la beta, el ultrasonido, el sobre de Estafeta cerrado.
Me escuchó una hora sin interrumpirme. Luego tomó una calculadora.
“¿Fecha de la sentencia de divorcio?”
“Martes 18 de enero de 2022.”
“¿Fecha de nacimiento de los niños?”
“Jueves 9 de junio de 2022.”
Tecleó.
“Ciento cuarenta y dos días.” Me miró por encima de los lentes rojos. “Lucía, en Jalisco el Código Civil presume que los hijos nacidos dentro de los trescientos días siguientes a la disolución del matrimonio son hijos del marido. No tiene usted que probar nada todavía. Es él quien tendría que probar que no son suyos.”
“¿Y cómo lo probaría?”
“Solo con una prueba de ADN. Y si se niega a hacérsela, la Corte ya dijo que la negativa hace presumir la paternidad. La ley ya está de su lado, Lucía. Nomás hay que pedirle que lo diga en voz alta.”
Sentí que el piso se movía un poco. Para bien.
“Y una cosa más”, dijo. “Los alimentos. La pensión no se debe desde que usted demande. Se debe desde que nacieron los niños. La Suprema Corte también lo dijo. Tres años de pensión atrasada.”
“No quiero su dinero, licenciada.”
“Ya sé. Pero sus hijos sí tienen derecho a él. Usted no decide por ellos en eso.”
Me quedé callada. Luego le pedí una cosa que no estaba en su lista.
“Quiero que el juzgado pida el expediente de la clínica. Completo. Mauricio firmó un consentimiento para la inseminación. Llevó su muestra con su INE. En un laboratorio nada se tira, licenciada. Todo tiene folio. Si alguien dice que esos niños son de otro, ahí está la prueba de que no.”
Ella me miró distinto.
“Me cae que usted debió ser abogada.”
“Soy química. Es casi lo mismo. Las dos cosas son pruebas.”
El jueves 25 de septiembre presentamos la demanda en el Juzgado Quinto de lo Familiar, en la Ciudad Judicial de Zapopan. Reconocimiento de paternidad y alimentos. Con la petición del expediente de la clínica.
El viernes 3 de octubre, la jueza Patricia Olague fijó alimentos provisionales: treinta por ciento de los ingresos del demandado, descontados de su nómina en Salón Peregrina.
El lunes 6 notificaron a Mauricio en el salón.
El jueves 9 me llamó un número que no conocía.
“¿Señora Lucía Zepeda? Habla el licenciado Benito Ruezga. Represento al señor Mauricio Peregrina. Mi cliente quiere evitarle a usted, y sobre todo a los menores, un proceso largo y desgastante.”
Voz suave, de locutor de radio.
“Le propone lo siguiente. Quinientos mil pesos en una sola exhibición. A cambio, usted se desiste de la demanda y firma un convenio de confidencialidad. Ni usted ni sus hijos vuelven a mencionar el nombre de mi cliente en ningún medio, ni a buscarlo, ni a su familia.”
“¿Y los niños? ¿Él no quiere conocerlos?”
Silencio. Un papel que se movía.
“Mi cliente considera que lo más sano para todos es cerrar esta etapa. Y, si me permite el consejo, lo más conveniente es cerrarla antes de que se empiecen a pedir papeles a la clínica. Esas cosas se ponen feas para todos.”
Colgué sin decir sí ni no.
Medio millón de pesos por olvidar que mis hijos tenían papá. Lo peor es que lo pensé.
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