Capítulo 11 de 16
Un solo boleto
El viernes 23 llegué a la escuela de Julieta a las dos menos diez. Me paré junto a la reja verde, entre las mamás que esperan con sus termos y sus celulares.
Algunas me reconocieron. Las vi codearse. Una le enseñó a otra algo en su celular; me imaginé qué. Mi foto con el rebozo. “Estafadora de quinceañeras.” No me moví. Una abuela tiene derecho a esperar a su nieta afuera de la escuela.
A las dos y cinco llegó Tania. Con lentes oscuros, aunque estaba nublado. Me vio y se quiso dar la vuelta.
“Tania. Cinco minutos. Por tu papá.”
Se quedó quieta. Por su papá, nada más por eso, se quedó.
Nos sentamos en una banca de la plaza de enfrente, junto a un puesto de raspados que estaba cerrado. Saqué tres hojas de la carpeta. Se las fui dando una por una.
“Esta es de la escuela. Constancia de pagos. Julio, agosto, septiembre y octubre: no pagados. Pagados por mí el lunes 12. Tú le diste el dinero a Tavo cada mes. Yo tengo apuntado cuándo te lo di a ti.”
La leyó. Se quitó los lentes.
“Tavo me dijo que la colegiatura ya estaba pagada.”
“La escuela dice que en julio les dijiste que la abuela ya no quería pagar.”
“Yo nunca les dije eso.” Se le quebró la voz. “Él les habló. Me dijo que él se encargaba. Que yo no me preocupara.”
“Esta es de la compañía de teléfonos. La cuarta línea del plan. La que Tavo me pidió en enero ‘para la tableta de Julieta’. Usuario registrado: Tania Arreola Camarena. Con tu credencial. En ese teléfono está el WhatsApp de Invitaciones Arreola. Desde ahí les escribe a las treinta y una señoras.”
Tania se quedó viendo la hoja. Con su nombre. Con su número de credencial.
“Yo nunca firmé eso.”
“No hacía falta. Tavo tiene copia de tu credencial.”
“¿Y esta?”
La tercera hoja era el estado de cuenta de octubre. Con una línea subrayada en rojo.
“Un boleto, Tania. A Tijuana. El sábado 31, a las once y media de la noche. Comprado el 3 de octubre con la tarjeta de la cuenta de la imprenta. Con el dinero de las quinceañeras.”
Ella leyó. Releyó.
“Uno”, dijo.
“Uno.”
“¿Para quién?”
No le contesté. No hacía falta.
Tania se quedó callada mucho tiempo. Pasó un señor vendiendo globos. Un niño lloraba porque no le compraban uno. Sonó la campana de la escuela.
“Tú lo odias”, dijo al fin, sin mirarme. “Siempre lo odiaste. Desde la boda. Esto lo puedes haber armado tú. Tú sabes de papeles.”
“Ve a tu casa, Tania. Revisa tú. No me creas a mí. Créele a lo que encuentres.”
Se levantó. Fue por Julieta, que salió corriendo con la mochila de unicornio y me vio de lejos.
“¡Abuelita!”
Tania la jaló de la mano antes de que llegara conmigo. Julieta volteó dos veces mientras se la llevaban. Le dije adiós con la mano. Ella me dijo adiós con la suya, chiquita, desde la puerta del coche de una vecina.
Esa noche no esperé nada. Ya había hecho lo único que me quedaba: dejarle a mi hija los papeles y la pregunta. Lo demás le tocaba a ella. Cené un pan con café en la cocina de Femi. Recé el rosario con ella. A las diez y media me acosté.
A las 11:10 me vibró el teléfono. Tania.
Contesté. No dijo nada. Oí su respiración, rápida. Oí una puerta que se cerraba muy despacio.
Luego oí su voz. Muy bajita. Un susurro, como cuando era niña y me hablaba desde su cama porque había tenido una pesadilla.
“Mamá.”
“Aquí estoy, mi amor.”
“Encontré la maleta.”
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