Capítulo 9 de 16
Comisiones
La Fiscalía del Estado está en la Zona Industrial, en un edificio gris con rejas en todas las ventanas. Llegué a las once, con la licenciada Becerra a mi lado y la carpeta azul abrazada contra el pecho.
La licenciada Mayra Cuevas tendría cuarenta años, un escritorio lleno de expedientes con ligas. No sonrió. No fue grosera. Fue peor: fue neutral.
“Siéntese, señora.”
Antes de que me preguntara nada, la licenciada Becerra puso su escrito sobre el escritorio.
“Mi clienta viene a presentar denuncia por hechos que pudieran constituir fraude y uso indebido de su identidad y de su cuenta. Y a rendir su declaración en la carpeta que usted tiene abierta.”
Fui sacando todo, en orden.
El contrato de venta del taller, del 14 de junio de 2024, con el sello de la Notaría 32. Los estados de cuenta, con los cuarenta y siete depósitos subrayados en amarillo. El block de recibos. El sobre de muestra de Danna. La nota de Impresos Mina. Las seis cajas, que Femi me ayudó a subir en un diablito hasta el segundo piso. La libreta azul. Y, al final, en un folder aparte, la carta de Cirilo y el pagaré de 2023.
La licenciada Cuevas lo fue viendo todo. Despacio. Sin hacer caras. Cuando terminó, se recargó en su silla.
“Señora, le voy a decir lo que veo. Veo una cuenta a su nombre. Veo dinero que entró a esa cuenta. Veo retiros en cajero con su tarjeta. Veo una carta de su esposo que acusa a su yerno de algo de hace tres años. Y veo a una suegra que se peleó con su yerno el domingo pasado.”
“Yo no saqué ese dinero.”
“Puede ser. Pero necesito más que su palabra.”
“Entonces pídale al banco los videos de los cajeros”, le dije. Me salió solo. “Ahí está la fecha y la hora de cada retiro. Treinta y ocho retiros. Que le enseñen quién estaba frente a la máquina.”
La licenciada Cuevas me miró por primera vez como a una persona y no como a un expediente.
“Eso se puede solicitar. Tarda.”
“Yo espero.”
El martes 20 me avisó el banco que la cuenta estaba asegurada por orden del Ministerio Público. No me importaba. Ahí no había nada mío. Pero sentí que me ponían un candado en el nombre.
Esa misma noche, a las nueve y media, tocaron la puerta de Femi.
Era Tavo. Bañado, con camisa blanca y un ramo de girasoles.
Femi lo quiso correr. Yo le dije que lo dejara pasar. Quería verle la cara.
Se sentó en el sillón de Femi como si fuera suyo. Me dio los girasoles. No los agarré. Los dejó sobre la mesita.
“Suegra, qué pena todo esto. De veras. Se nos salió de las manos.”
“¿A quién?”
“A todos.” Sonrió. Esa sonrisa le funciona con las cajeras, con las maestras, con mi hija. “Mire, vengo a proponerle algo. Usted retira su denuncia. Yo hablo con las señoras, les explico que fue un problema con un proveedor, les voy pagando poquito a poco. Y todos en paz.”
“¿Con qué les vas a pagar, Tavo?”
“Pues con lo que le paga don Chencho, suegra. Usted tiene ese dinero. Es de la familia.”
Ahí lo entendí todo. No venía a pedir perdón. Venía por los pagos de la imprenta.
“Ese dinero es de la venta del taller de mi esposo.”
La sonrisa se le fue apagando como se apaga un foco viejo. Se le quedó la boca sola.
“El taller de su esposo.” Se inclinó hacia mí. “¿Sabe qué es lo que más coraje me da? Que yo le subí las ventas un treinta por ciento. Yo le hice la página, las redes, el WhatsApp. Antes de mí, la imprenta Arreola no existía en internet. Y su esposo me corrió como a un ratero por unas comisiones que me tocaban. Delante de Chencho. Delante del que barría.” Se le marcó una vena en la frente. “El nombre Arreola en internet lo hice yo, suegra. Nomás lo usé otra vez.”
“Firmaste un pagaré, Tavo. Por ciento ochenta y seis mil pesos.”
Se le congeló la cara. No sabía que yo lo tenía.
Se recompuso rápido. Esa es su gracia: se recompone rápido.
“Piénselo, ¿sí? Piénselo por Julieta. Porque si usted no retira esa denuncia, yo también tengo papeles.”
Se levantó. Antes de irse, sacó del bolsillo de la camisa una hoja doblada en cuatro y la puso junto a los girasoles.
Cuando la puerta se cerró, la desdoblé.
Era la copia de una carta. Membrete de Imprenta Arreola. “Autorizamos al señor Gustavo Lepe Ornelas a recibir pagos y anticipos de clientes en la cuenta de la empresa.” Fecha: 3 de marzo de 2022.
Abajo, dos firmas.
La de Cirilo. Y la mía.
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