Capítulo 16 de 16
Arroz rojo
La fiesta de Danna fue el sábado 5 de diciembre, en un salón de Tlaquepaque con techo de lámina y luces de colores. Danna bailó el vals con su papá y luego, para sorpresa de todos, sacó a bailar a Tania, su madrina. Tania lloró todo el vals.
Yo me senté en una mesa con Femi y con Chencho, que por primera vez en treinta años se puso corbata.
Tania ya trabaja en la imprenta. En el mostrador, cuatro días a la semana. Chencho necesitaba a alguien que supiera de redes y de clientes, y Tania, resulta, sabe mucho de las dos cosas. Fue idea de él.
“Su papá la traía aquí de chiquita”, me dijo Chencho. “Se dormía arriba de las resmas. Ya era hora de que volviera.”
Tania abrió una página nueva para la imprenta. La de verdad. Arriba de todo puso un aviso: “Imprenta Arreola no tiene otra página ni otro número. Si te ofrecen paquetes en nuestro nombre, avísanos.” Y debajo, una foto de Cirilo en su offset, en 1998.
Yo también volví. Dos mañanas a la semana, martes y jueves, llevo las cuentas del taller. Me siento en el escritorio del fondo, el que era de Cirilo, con mi libreta azul. Chencho me paga con café de olla y conchas de la panadería de la esquina. Yo no le cobro más. Bastante me pagó ya.
La libreta azul se llenó. Compré otra. Del mismo color. En la primera hoja no anoté gastos. Anoté nombres: Judith, Arantxa, Zulema, Danna, don Wilfrido, Chencho, Femi. La gente que se paró junto a mí cuando mi nombre era una palabra fea en internet.
El domingo 13 de diciembre hice arroz rojo.
Jitomate asado, cebolla, ajo. El arroz frito hasta que suena como arena. Julieta lo frió conmigo, parada en un banquito, con un delantal de la imprenta que le quedaba hasta los tobillos. Le enseñé a no menearlo de más. Le enseñé a oír cuándo está.
“Ya suena, abuelita.”
“Ya suena.”
Antes de servir, me quité el delantal y me vi las manos. Todavía traigo el anillo de Cirilo. Ya no me lo voy a quitar. Pero esa tarde, por primera vez en casi tres años, no lo sentí pesado.
Pusimos la mesa de ocho sillas. Tania, Julieta y yo. Femi, que vino con un pastel de tres leches. Chencho y su esposa. Seis platos. La silla de Cirilo, en la cabecera de enfrente, la dejamos vacía. Sobre el respaldo puse el rebozo de Santa María del Río, que al fin encontré en el fondo de mi clóset.
Antes de que yo pudiera pararme a servir, Julieta agarró mi plato. Lo llenó con mucho cuidado, con las dos manos, sacando la lengua de la concentración. Lo trajo despacito por toda la mesa. Me lo puso enfrente.
Luego, en vez de irse a su lugar, se quedó parada junto a mi silla.
Me acordé del 11 de octubre. Del ruidito. Del tenedor en el aire.
Ella me miró con sus ojos negros. Y me sonrió. No como esa noche. Como sonríe una niña que por fin entendió cuál era la misión.
“Abuelita. Mi mamá dice que te lo mereces.”
Volteé a ver a mi hija.
Tania no se tapó la boca esta vez. Tenía los ojos llenos y la mano sobre la mesa, junto a la mía. La apretó.
“Todo, mamá. Te lo mereces todo.”
Esa noche, cuando se fueron, abrí la libreta nueva y apunté, con mi letra de siempre:
“13 de diciembre. Arroz rojo. Seis platos. Pagó: nadie. Sobró: todo.”