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Mi nieta de ocho años escupió en mi plato y me dijo: “Mi mamá dice que te lo mereces.” Mi hija se tapó la boca para reírse y mi yerno me pidió que me calmara, que la niña solo estaba jugando. No grité. Me levanté de mi propia mesa, tomé las llaves del coche… y esa misma noche, en la cajuela, encontré lo que mi yerno llevaba meses escondiéndome

Capítulo 10 de 16

La firma de 2022

Me acordaba de esa carta.

En marzo de 2022, Tavo llevaba un año en el taller y los clientes empezaron a pagar por transferencia. Cirilo, que no sabía usar la banca en línea, le pidió a Tavo que se encargara de confirmar los depósitos con los clientes. El banco pedía una carta firmada por los titulares. La firmé en la mesa de la cocina, entre un café y otro, sin pensarlo.

Una carta de trámite. Tres renglones.

El miércoles 21 se la llevé a la licenciada Becerra. La leyó dos veces. Se quitó los lentes.

“Es auténtica, ¿verdad?”

“Sí.”

“Entonces es peligrosa. Él va a decir que nunca dejó de trabajar para usted. Que usted lo autorizó a recibir dinero en esa cuenta. Que él atendía a los clientes y usted cobraba. Que es usted la que no entregó.”

“Eso es mentira.”

“Ya lo sé. Pero una mentira con una firma suya pesa más que una verdad sin papeles.”

Ese mismo miércoles, a las cinco, la licenciada Cuevas me llamó. Su voz ya no era neutral. Era fría.

“Señora, le informo que hoy rindió declaración su hija, Tania Arreola Camarena. Declaró que usted administró siempre las cuentas de la familia y de la imprenta. Que usted le dio a su esposo la cuenta para que trabajara. Y que usted llevaba el control de todo el dinero en una libreta.”

No pude hablar.

“¿Señora?”

“Aquí estoy.”

“Le sugiero que esté localizable.”

Colgué. Me senté en el piso de la sala de Femi. No sé por qué en el piso. Las rodillas se me doblaron solas.

Mi hija había ido a la Fiscalía a decir que yo controlaba el dinero. Lo cual era verdad. Y que yo le di la cuenta a Tavo. Lo cual era mentira. Pero ella lo creía.

Él se la había dejado bien aprendida.

Femi se sentó a mi lado, en el piso también, con sus rodillas peores que las mías.

“Mati. Escúchame. Págales a las señoras. Tienes lo de Chencho. Tienes tus ahorros. Págales y ya. Que se calle la gente. Que se calme tu hija. ¿Para qué quieres pelear con un hombre así? Te va a comer viva.”

Seiscientos doce mil cuatrocientos pesos. Era casi todo lo que tenía. Lo que Chencho me había pagado en dos años. La vida que me quedaba.

Pensé en hacerlo. De verdad lo pensé. Agarré el teléfono para hablarle al banco. Pensé: me quedo sin nada, pero me quedo en paz.

Luego pensé en la última línea de la carta de Cirilo. “No le prestes nunca el tuyo.”

Si pagaba, me estaba declarando culpable. Le estaba prestando mi nombre otra vez. Para siempre.

Y Tavo se quedaba con el dinero de las señoras. Y con mi hija.

Me levanté del piso. Me costó. Femi me ayudó.

“Comadre, préstame tu mesa de la cocina.”

Esa noche extendí los estados de cuenta sobre la mesa de Femi. Treinta y ocho retiros. Al lado, la libreta azul. Y mi agenda de papel, la de la Virgen, donde apunto mis citas del Seguro y mis misas.

Fui uno por uno.

“9 de marzo, 17:42, cajero de avenida Federalismo.” En mi agenda: “9 mar, terapia de la rodilla, clínica 2 del Seguro, 17:00.” Con el carnet sellado.

“5 de abril, 12:15, Plaza del Sol.” Domingo. Misa de doce en San José de Analco. Todas las señoras de la vela perpetua me vieron.

“16 de mayo, 13:30, aeropuerto.” Yo estaba en Chapala, en la comida de cumpleaños de Femi, con veinte testigos y fotos.

Seguí. A las dos de la mañana llevaba once retiros con coartada. Los otros eran a horas en que yo estaba en mi casa, sola, durmiendo o viendo la novela. Eso no se prueba. Pero once sí.

Ya me iba a acostar. Junté las hojas. Entonces vi uno de los cargos que había leído sin leer en la banca de Chapultepec.

“3 de octubre. Autobuses. 1 boleto GDL–TIJ. Salida: sábado 31 de octubre, 23:30. $1,780.”

Un boleto.

Uno solo.

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