Capítulo 5 de 16
La versión de Tania
No me colgó. Me dijo que el martes iba a pasar por la ropa de Julieta que había dejado en mi coche. Se la había llevado yo sin saber, en una bolsa del asiento de atrás.
Llegó a casa de Femi el martes 13, a las cinco. Con Julieta de la mano, todavía de uniforme: falda de cuadros, suéter azul, su cola de caballo alta.
Femi le abrió. Tania la saludó de beso. A mí no.
Julieta me vio y se escondió detrás de su mamá.
Femi se llevó a la niña al patio, con el pretexto de enseñarle unos pollitos que tiene en una jaula. Tania y yo nos quedamos en la sala, entre los cuadros de santos y la tele apagada.
Le puse enfrente los estados de cuenta. Los recibos de la cajuela. El sobre de muestra de Danna.
Ni los tocó.
“Ya sé qué es eso”, me dijo. “Tavo me lo explicó. Vende invitaciones por comisión para Chencho. Chencho le dejó usar el nombre. Y tú le prestaste la cuenta vieja de la imprenta para que le depositaran ahí, porque Tavo tiene buró. ¿No te acuerdas? Ya se te olvidan las cosas, mamá.”
“Yo nunca le presté nada.”
“Claro que sí. Me lo dijo él.”
“Tania. Chencho no sabe nada de esto. Hay una señora que fue a su taller a gritarle que la robaron.”
“Porque la señora es una escandalosa. Tavo me contó.”
Tavo le había contado todo. Antes que yo. A su manera.
Me di cuenta de que no estaba hablando con mi hija. Estaba hablando con la versión que él le había dejado.
“¿Por qué no me dijiste que no habías pagado la colegiatura?”
Ahí sí parpadeó.
“Sí la pagué. Le daba el dinero a Tavo y él la pagaba por transferencia. Por los puntos.”
“La escuela dice que no.”
“La escuela se equivoca.”
Se levantó. Caminó hasta la ventana. Se cruzó de brazos igualito que su papá cuando estaba enojado.
“¿Sabes qué es lo que me da coraje, mamá? Que te hagas la víctima. Le vendiste la imprenta de mi papá a un empleado, por la mitad, el mismo mes que Tavo te pidió una oportunidad. Y me escondiste que mi papá se estaba muriendo. Me robaste sus últimos meses. ¿Y la mala soy yo por reírme una vez?”
No le contesté. Era verdad. No toda, pero era verdad.
“Yo no le enseñé a la niña a escupirte”, siguió, más bajito. “Te lo juro. Eso no fue mío. Pero no voy a llorar porque te haya tocado un poquito de lo que tú haces.”
En el patio, Femi le gritó a Tania que el tráfico en el periférico estaba feo, que mejor se fueran antes de las seis. Tania agarró su bolsa.
“Voy al baño y nos vamos.”
Salí al patio. Julieta estaba en cuclillas frente a la jaula, metiendo un dedito entre los alambres. Un pollito amarillo le picoteaba la uña.
Me senté en la banquita de cemento. No le dije nada. Esperé.
Se tardó. Luego, sin voltear, me dijo:
“¿Estás enojada conmigo, abuelita?”
“Estoy triste, mi amor.”
Se quedó callada. El pollito seguía picoteándole.
“Fue una misión secreta”, dijo de pronto.
“¿Una qué?”
“Una misión. Papá me dijo. Tenía que pasar por abajo de la mesa sin que nadie me viera, como espía. Y llegar a tu silla. Y escupir en tu plato. Y decirte lo que dice mi mamá.” Volteó a verme con sus ojos negros, enormes. “Mi mamá le dijo a la tía Zulema que te lo merecías. Yo la oí en el patio. Papá dijo que eso tenía que decir.”
Se me hizo un nudo.
“¿Y por qué aceptaste, Juli?”
“Porque si cumplía la misión me llevaba a Selva Mágica. El sábado.” Se le quebró la boquita. “Pero ya no me llevó. Dice que porque te llevaste el coche.”
La abracé. Se dejó abrazar. Olía a sudor de escuela y a crayola.
Con la cara metida en mi hombro, me dijo lo último. Lo dijo como dicen los niños las cosas más terribles: como si fuera nada más un dato.
“Papá dijo que ibas a llorar, abuelita. Y que por fin te ibas a ir.”
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