Capítulo 6 de 16
Para Matilde
Esa noche no dormí nada.
“Por fin te ibas a ir.”
Tavo no quería que yo llorara. Quería que me fuera. Que me peleara con mi hija para siempre. Que me encerrara en mi coraje, lejos de esa casa y de esa mesa, antes de que se me ocurriera sentarme con Tania y enseñarle lo que yo había empezado a sospechar desde septiembre.
Un pleito sirve para eso. Después de un pleito, lo que digas suena a venganza.
El miércoles 14, a las diez de la mañana, regresé a mi casa por primera vez desde el domingo.
Escogí la hora. Los miércoles Tania va al gimnasio de la avenida Américas de diez a doce. Julieta está en la escuela. Y Tavo, desde el lunes, sin coche y sin teléfono, salía temprano a no sé dónde.
Abrí con mi llave. La casa olía a cigarro. En la mesa de ocho sillas seguían los platos del desayuno. Mi plato del domingo no estaba. Alguien lo había lavado.
Fui a mi cuarto por ropa. Luego fui al cuarto de Cirilo.
El escritorio era de cedro, de los que ya no se hacen. El cajón de en medio tenía chapa. La llavecita la tengo yo en mi llavero, desde siempre.
No la necesité. La chapa estaba botada. La madera, astillada alrededor, como si le hubieran metido un desarmador.
Abrí el cajón.
La pluma fuente de Cirilo estaba ahí. Sus anteojos de repuesto. Una estampita de san Judas.
La tarjeta de la cuenta de la imprenta no estaba. La chequera vieja tampoco.
Me senté en la silla de mi esposo. Me quedé ahí un rato, con la mano sobre la madera rota.
Luego fui a mi buró, saqué mi Biblia y busqué entre las hojas de los Salmos.
El sobre de papel kraft seguía ahí. “Para Matilde.”
“A menos que no quede de otra”, me había dicho Cirilo.
Ya no quedaba de otra.
Lo abrí con el cuchillo de la mantequilla, sentada en la orilla de mi cama.
Adentro había tres cosas.
La primera, un pagaré. Un pagaré de los de papelería, llenado a mano. “Debo y pagaré incondicionalmente a la orden de Cirilo Arreola Gallo la cantidad de $186,000.00.” Fecha: 17 de noviembre de 2023. Firma: Gustavo Lepe Ornelas.
La segunda, una hoja de cuaderno con la letra apretada de Cirilo. Una lista. Veintitrés nombres, veintitrés cantidades. “Boda Ruiz, $9,000. XV Ochoa, $12,400. Primera comunión Gómez, $3,800…” Todos anticipos de 2023. Todos de clientes que Tavo había atendido. Todos cobrados en efectivo. Ninguno había entrado a la caja.
La tercera era una carta.
“Vieja:
Si estás leyendo esto es porque ya no estoy y porque Tavo volvió a hacer lo que hizo.
En noviembre le encontré veintitrés anticipos que se quedó. Ciento ochenta y seis mil pesos. Se los cobré en un pagaré y lo saqué del taller sin escándalo. No le dije nada a Tania. Ella lo quiere, y la niña lo necesita. Le dije a todos que renunció por algo mejor.
Por eso no se la dejes a él. La imprenta véndesela a Chencho, a nadie más. Él la va a cuidar como la cuidé yo.
Y por eso te pido que no le enseñes esto a Tania, a menos que ya no haya de otra. Si se lo enseñas, que sea porque es más grande el daño de callarte que el de hablar.
Tú siempre fuiste la que lee, vieja. Lee esto dos veces.”
Lo leí dos veces. Lloré las dos.
Ahí estaba la razón de todo. La venta a Chencho. El “no” a Tavo. Tania odiándome dos años por algo que su papá me mandó hacer para protegerla.
Y yo me había quedado callada, como siempre. Como me pidió él. Como me gusta a mí, porque callar es más fácil.
Doblé la carta para guardarla. Entonces vi que había un renglón más, abajo, casi en la orilla. Escrito con otra pluma, como si Cirilo lo hubiera agregado después, otro día, ya más cansado.
“Ya robó dinero, vieja. Lo que sigue es un nombre. No le prestes nunca el tuyo.”
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