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Mi nieta de ocho años escupió en mi plato y me dijo: “Mi mamá dice que te lo mereces.” Mi hija se tapó la boca para reírse y mi yerno me pidió que me calmara, que la niña solo estaba jugando. No grité. Me levanté de mi propia mesa, tomé las llaves del coche… y esa misma noche, en la cajuela, encontré lo que mi yerno llevaba meses escondiéndome

Capítulo 8 de 16

La estafadora

Para la mañana del viernes, la captura estaba en todas partes.

En los grupos de Facebook de quinceañeras de Guadalajara. En los de novias de Zapopan. En una página de chismes de Tlaquepaque con sesenta mil seguidores. “ESTAFADORA DE QUINCEAÑERAS. Esta señora se quedó con el dinero de más de treinta familias. Comparte para que no le pase a nadie más.”

Mi foto. Mi rebozo. Mi nombre completo.

A las nueve, Tania me mandó un mensaje. El primero desde el martes.

“Hay gente en la puerta de tu casa. Están gritando.”

Llegué a las diez, con Femi manejando su Tsuru porque a mí no me respondían las manos.

Había como quince personas frente a mi casa. Mujeres, sobre todo. Un señor con una niña. Dos con cartulinas: “DEVUELVE NUESTRO DINERO”. Judith Moya estaba en la orilla, sin cartulina, con los brazos cruzados.

En la puerta de mi casa, adentro de la reja, estaba mi hija. Con Julieta escondida detrás de ella.

Tania no abrió la reja. No salió. Me vio bajar del coche y se quedó mirándome, igual que en la cena.

“¡Ahí está!”, gritó alguien.

Me rodearon. No me tocaron. Pero me rodearon.

“¡Señora, la quinceañera es en tres semanas!”

“¡Era el dinero del vestido!”

“¿No le da vergüenza, a su edad?”

Yo levantaba las manos. Decía “yo no sabía”, “yo también”, “déjenme explicarles”. Nadie oía nada. Cuando treinta personas te gritan, no hay explicación que pase.

Entonces la vi. Zulema Íñiguez. Pelo pintado de rojo, lentes de sol en la cabeza. Se abrió paso entre las señoras hasta quedar enfrente de mí.

“Doña Matilde.” No gritaba. Era peor. “Yo pagué nueve mil ochocientos. Porque su hija me lo recomendó. Me dijo: ‘Es de mi esposo, amiga, es seguro, es la imprenta de mi papá.'”

Volteó hacia la reja. Hacia Tania.

“¿Verdad, comadre?”

Tania no contestó. Se puso pálida. Agarró a Julieta y se metió a la casa.

La puerta se cerró.

Femi me sacó de ahí. Me subió al Tsuru como se sube a una niña, empujándome la cabeza para que no me pegara con el marco.

El sábado 17, Judith me escribió.

“Doña Matilde, perdóneme, pero las demás ya fueron a la Fiscalía. Presentamos denuncia. Yo les dije que usted vino al taller, que usted no se escondió. Pero en la cuenta está su nombre. No pude hacer más.”

El domingo fui a misa de siete, para que hubiera menos gente. En San José de Analco, donde me casé, donde bauticé a Tania, donde despedí a Cirilo.

En la banca de siempre se sentó a mi lado doña Petronila, la de los tamales. Me conoce desde hace treinta años. Cuando llegó la paz, no me dio la mano. Se cambió de banca.

En el atrio, a la salida, unas señoras del grupo de la vela perpetua me vieron y bajaron la voz. Una dijo “pobre muchacha, la hija” y otra le dijo “la hija ha de saber”.

Ese domingo no hice arroz.

Me senté en el patio de Femi, viendo los pollitos, con la libreta azul en las piernas. Por primera vez en cuarenta años, no tenía nada que apuntar.

El lunes 19, a las 8:40 de la mañana, cuando ya iba en el coche rumbo al despacho de la licenciada Becerra, sonó mi teléfono. Un número fijo, con lada de Guadalajara.

“¿Señora Matilde Camarena Partida? Habla la licenciada Mayra Cuevas, agente del Ministerio Público de la Fiscalía del Estado. Tenemos una carpeta de investigación por fraude. Treinta y un denunciantes.”

Hizo una pausa.

“Señora, usted aparece como titular de la cuenta y como dueña del negocio.”

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