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Mi nieta de ocho años escupió en mi plato y me dijo: “Mi mamá dice que te lo mereces.” Mi hija se tapó la boca para reírse y mi yerno me pidió que me calmara, que la niña solo estaba jugando. No grité. Me levanté de mi propia mesa, tomé las llaves del coche… y esa misma noche, en la cajuela, encontré lo que mi yerno llevaba meses escondiéndome

Capítulo 13 de 16

Impresos Mina

El lunes 26, a las diez, Tania se sentó frente a la licenciada Cuevas.

No llevaba lentes oscuros. Llevaba un sobre con las fotos de la maleta: el teléfono de Invitaciones Arreola, la libreta de clientes, los fajos y el contrato de Tijuana. No sacó nada del clóset, para que Tavo no se diera cuenta. Entregó también una ampliación de su declaración.

“Lo que dije el miércoles lo dije porque mi esposo me lo explicó así”, dijo. “Yo no sabía nada de las cuentas. Ni de las señoras. Quiero corregirlo.”

La licenciada Cuevas la escuchó sin interrumpir. Cuando Tania terminó, cerró la carpeta y nos miró a las dos.

“Esto ayuda. Pero todavía falta.”

Yo ya lo sabía. Por eso el sábado en la tarde, después del café, había ido a la calle Javier Mina con la nota de remisión que encontré en la cajuela.

Impresos Mina es un local de tres metros por seis, con dos impresoras digitales y un ventilador. Lo atiende don Wilfrido Esparza, de cincuenta y ocho años, con los dedos manchados de tóner.

Le enseñé la nota. Le enseñé el sobre de muestra con la prensa de la manivela chueca. Se le puso la cara gris.

“Ese muchacho me trajo dieciséis pedidos, de enero a junio. Yo se los imprimía baratito. Luego dejó de traer. Yo pensé que había encontrado otro proveedor.”

“¿Él le dijo para quién eran?”

“Que era para la imprenta de su suegra. Que la señora ya estaba grande y ya no podía con las máquinas, que él le ayudaba.” Bajó la vista. “Un día le pregunté si la señora sabía de lo que él cobraba. Y me dijo, riéndose: ‘La señora no sabe nada, don Wil. Ni le diga.'”

“¿Usted podría contar eso en la Fiscalía?”

Don Wilfrido se quedó viendo su ventilador mucho tiempo.

“Yo tengo una hija de catorce, señora. Cumple quince en marzo.” Asintió. “Sí. Lo cuento.”

Don Wilfrido declaró el martes 27, a las once. Esa misma tarde, la licenciada Cuevas me llamó.

“Señora Camarena, ya nos llegaron los videos del banco.”

Me senté.

“De treinta y ocho retiros, en treinta y uno se ve claramente al señor Gustavo Lepe Ornelas. Gorra, lentes, pero es él. En seis no se ve la cara. En uno hay una persona con cubrebocas que no se puede identificar.”

“¿Y yo?”

“Usted no aparece en ninguno, señora.”

Me tapé la boca. No lloré. Ya había llorado mucho.

“Hay más”, siguió ella. “Su yerno presentó ayer, por medio de su abogado, la carta de autorización de 2022. Dice que trabajaba para usted. Que usted lo autorizó a recibir pagos.”

“Esa carta es real, licenciada.”

“Lo sé. Lo que su yerno no previó es que habláramos con el señor Inocencio Vallejo.” Oí que pasaba hojas. “El señor Vallejo declaró hoy en la mañana, con copia de la escritura notarial. Imprenta Arreola, con todo lo que tenía, su nombre, su clientela y su domicilio, es de él desde el 14 de junio de 2024. La empresa que firmó esa autorización ya no es suya, señora, ni de su difunto esposo. Esa carta se quedó en el taller el día que usted lo vendió.”

“Entonces…”

“Entonces la autorización no sirve para lo que él quiere. Y ese pagaré de 2023, junto con la lista de su esposo, me dice que esto no es la primera vez. Señora, con lo que tenemos, ya solicitamos al juez de control una orden de aprehensión. Por fraude. Treinta y una víctimas, más las que se sumen.”

“¿Cuándo?”

“El juez tiene que valorarla. Pero hay riesgo de fuga. Hay un boleto. Lo vamos a pedir con urgencia.”

Hizo una pausa.

“Una cosa más. Él no sabe que su esposa vino a declarar otra vez. No se lo diga nadie.”

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